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- 29. Octubre 2009: Ataque contra los distintos.
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Ataque contra los distintos.
29. Octubre 2009 by admin.
Los propios padres de la iglesia[1], entre los que podemos destacar a Clemente de Alejandría, estaban dispuestos a considerar que “la filosofía, esta cosa tan útil, floreció por tanto en épocas antiguas entre los bárbaros, manifestándose según las razas, y sólo más tarde llegó a los griegos. Los que la presiden son los profetas de Egipto y los caldeos de Asiria y los druidas de la Galia y los filósofos de los celtas y los magos de los persas y gimnosofistas de la India, y aún añadiría otros filósofos bárbaros que formas dos familias, los sármatas y los brahamanes. Entre los indios están también los que obedecen los preceptos de Buda”[2].
Ahora bien, se cuidaban muy mucho de considerar que dichas visiones fueran anteriores a la de los profetas judíos, por lo que rompían el continuo histórico sin ningún pudor. Es una situación absolutamente Kafkiana pero real, porque sólo se utiliza el arma concreta que conviene, pero se niega la contemplación de lo que no encaja, lo que supone que nunca se va a llegar a la verdad, porque la explicación necesita de todos los datos, no sólo de los que son adecuados a nuestras ideas.
En un ejercicio de bastante cinismo, se señala que[3], “si bien es cierto que ha de haber enseñanza, preciso es que haya también un maestro. Cleantes reconoce a Zenón, Teofrasto a Aristóteles y Platón a Sócrates. Pero si me remonto a Pitágoras., a Ferecicles y a Tales y a los primeros sabios, busco incesantemente a su mestro. Y si tú dices que son los egipcios y los indios y los babilonios y los magos, no dejaré de buscar al maestro de éstos. De este modo te hag;o remontarte hasta la creación del hombre. Y entonces empIezo de nuevo a buscar quién es el maestro, y no será un hombre, y no habrán sido todavía instruidos; ni siquiera es un ángel, pues hemas recibido que los ángeles mismos han sido instruidos en la verdad. Sólo nos queda, después de habernos elevado sobre nosotros mismos, desear el maestro de éstos”[4].
[1] Ver, J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 62 ss.
[2] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, i,15,71,3-6.
[3] Ver, J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 68.
[4] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, vi,7,57,2-3.
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Cristianos no cristianos VII. Platón
30. Septiembre 2009 by admin.
PLATÓN[1].
Pasó otro siglo y nació un nuevo iniciado. Platón[2], que vivió entre 427 y 347 antes de nuestra Era. Es el filósofo más antiguo del que se conservan obras escritas completas. Fue discípulo de Sócrates quien no dejó escrito alguno, aunque Platón transmitió la doctrina de su maestro en muchas de sus obras, utilizando diálogos para explicarla mejor. De él aprendió Platón la preponderancia del espíritu, algo que Sócrates puso de relieve en un mundo en el que los filósofos creían saberlo todo y solamente él tuvo conciencia de no saber nada, en un momento en el que aquellos mismos filósofos hablaban mucho y muy alto sobre la naturaleza, pero ninguno se acordaba de mencionar el espíritu. Platón no solo fue un gran filósofo y maestro, sino que proveyó al pueblo griego de nuevas leyes y nuevas creencias. Tradujo la religión egipcia al pensamiento griego, pero despojándola de antemano de todo vestigio de superstición y magia. El hombre que concibió Platón es similar al egipcio porque está formado por cuerpo y espíritu, un espíritu que contiene un elemento inmortal, que emana de Dios. Puesto que el conocimiento permite conocer la Verdad, la verdad con mayúsculas que buscan siempre los filósofos, y es Dios quien infunde esa verdad en el ser humano, la única posibilidad de alcanzarla es liberarse de la influencia de la materia, porque el conocimiento se encuentra únicamente en el mundo de las ideas, mientras que al mundo sensible se le escapa. El hombre tiende a Dios porque tiende al conocimiento en el que se fundirá el alma después de morir. Según los egipcios, solamente se puede llegar a poseer el conocimiento librándose de la materia, es decir, después de la muerte, por tanto, la muerte es la vida verdadera. No tenemos más remedio que volver a recordar a nuestros místicos, a Santa Teresa, para quien: «aquella vida de arriba es la vida verdadera y hasta que esta vida muera no se goza estando viva». Para Platón, Dios es causa y fin de todos los seres y la moral consiste en parecerse a él. Dado que Dios es virtud, verdad y justicia, la manera de parecerse a él es practicar ls virtud, la justicia y la verdad[3].
[1] Cfr., C. WILSON, Lo Oculto, Madrid 2006, pág. 239.
[2] Ver, K. ARMSTRONG,
[3] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 91 - 92.
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Mis pobres ediciones.
20. Febrero 2009 by admin.
Esto es lo último de este escritor.

DERECHOS CONSTITUCIONALES DE LOS PACIENTES.
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9. Febrero 2009 by admin.
Edita en LULU.
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Publicación electrónica de Una Luz distinta
12. Enero 2009 by admin.
Aquí podéis encontrar el libro:
http://www.lulu.com/content/5676484
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Ya tenemos editorial
7. Enero 2009 by admin.
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Nuevos conceptos en una nueva sociedad.
20. Octubre 2008 by admin.
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8. Mayo 2008 by admin.
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La Diosa en los evangelios.
7. Mayo 2008 by admin.
En un incidente posterior, Jesús se encuentra con una samaritana adúltera, que representa a la Sofía caída. Jesús le revela que él es Cristo y le ofrece las «aguas de la vida». El relato lleva más allá la relación entre Sofía, que representa la psique, y Jesús, que representa la conciencia. Aquí, Jesús ofrece directamente la enseñanza que lleva a la gnosis, representada por las aguas de la vida eterna, y revela que es Cristo. Esto representa un estado en el que los iniciados perciben un primer atisbo de su verdadera naturaleza y comprenden la posibilidad de acceder al conocimiento. La escena tiene lugar en el pozo de Jacob, lo que pretende reforzar la alusión al mito de Sofía. En la mitología judía, Rebeca, madre de Jacob, saca agua de ese pozo, cosa que, según Filo, representa la recepción de la sabiduría de Sofía[2].
En el siguiente episodio nos encontramos con dos importantes representaciones de Sofía, Marta y su hermana María. Su hermano Lázaro ha muerto, pero creen que si Jesús hubiera estado allí lo podría haber salvado. Conmovido por su fe, Jesús va a la cueva donde está sepultado Lázaro y milagrosamente lo hace regresar de entre los muertos. En esta notable anécdota, Lázaro representa el estado hylico de estar espiritualmente muerto en el inframundo. El poder de Cristo, que representa la conciencia, lo devuelve a la vida gracias a la fe de Marta y María, que representan los estados del des- pertar psíquico y pneumático[3].
Los estudiosos modernos sugieren que el amado discípulo que narra la historia no es Juan, sino María Magdalena[4].
Se cuenta que Jesús expulsó «siete demonios» de «María, llamada Magdalena». El número siete es muy significativo. En el esquema mítico gnóstico, el cosmos consta de siete niveles, representados por el sol, la luna y los cinco planetas visibles. Éstos se imaginaban a veces como fuerzas demoníacas que nos atrapan en lo material. Por encima de ellos está la ogdoad u «octava», representada por el cielo estrellado, hogar mitológico de la diosa. El viaje gnóstico del despertar de la encarnación a veces se concibe como la ascensión por una es- calera de siete peldaños hasta la ogdoad. Que María haya sido librada de siete demonios representa que Jesús la ha ayudado a ascender los siete peldaños de la escalera hasta los cielos[5].
Como culminación de la historia de Jesús, María Magdalena es quien encuentra la tumba vacía de Jesús y es ella la primera a quien se le aparece el Cristo resucitado. Esto representa el cumplimiento del proceso de iniciación. Para los gnósticos, el cuerpo es una «tumba» en la que vivimos como si estuviésemos espiritualmente muertos. Que María encuentre esa tumba vacía representa la comprensión de que no somos el cuerpo físico. Su encuentro con el Cristo resucitado da a entender que nuestra naturaleza esencial es la conciencia única de Dios[6].
Varias leyendas y documentos antiguos afirman que María Magdalena, lejos de ser la meretriz reformada que nos dice la tradición católica, fue en realidad la esposa de Jesús. Otros aseguran que era de alto linaje, quizá incluso de sangre real. Michael Baigent, Henry Lincoln y Richard Leigh resumieron las pruebas que apuntan a la veracidad de esta tradición. Esencialmente, su argumento consiste en que la falta de información sobre el estado marital de Jesús en el Nuevo Testamento aboga a favor, más que en contra, de que Jesús se había casado. En el contexto de la tradición judía de la época, si Jesús hubiera predicado y practicado el celibato habría llamado mucho más la atención, y los autores de los evangelios no podrían haber dejado de consignar esta información por escrito. Además, Jesús es llamado el “rabí” o “maestro” en muchas partes del evangelio. Pudo tratarse de un “título honorífico” otorgado a un autoproclamado orador y maestro de la gente, pero es improbable. El hecho de que la palabra traducida como “carpintero” en la versión autorizada de la Biblia deba traducirse más exactamente como “erudito” indica que Jesús había recibido una preparación formal y era un verdadero rabino - y la normalmente hostil literatura judía también apoya esta conclusión. De ser así, Jesús tuvo que estar casado, pues la ley de la Mishná así lo exige y hace del matrimonio un prerrequisito para la práctica de la carrera rabínica: “Un hombre soltero no puede ser un maestro”. En base a esto, y si María Magdalena fue realmente la esposa de Jesús, se ha sugerido que de la unión pudieron haber nacido hijos que hubieran llevado el linaje de Jesús y la estirpe real de David. Como iba a descubrir más adelante, existe una referencia “perdida” a los hijos de Jesús en antiguas escrituras judías, aunque su existencia nunca ha sido reconocida hasta ahora[7].
[1] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006.
[2] Ibidem., pág. 140.
[3] Ibidem.
[4] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006.
[5] Ibidem., pág. 142.
[6] Ibidem., pág. 142.
[7] K. LAIDLER, La cabeza de Dios. Tesoro oculto de los templarios, Madrid 2007, pág. 134.
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Cosmología IV.
21. Abril 2008 by admin.
Pero con las mercancías orientales también venían al Oeste los mercaderes orientales, trayendo con ellos sus formas de adoración. Éstas eran bastante aceptables a las necesidades del Occidente, por razón del hecho de que ya habían existido en el Oriente similares condiciones sociales, aunque quizá no desarrolladas en las proporciones desastrosas que habían alcanzado ahora en todo el Imperio romano. La idea de redención por una divinidad, cuya gracia se adquiría mediante una renunciación de los placeres terrenales, idea peculiar a casi todos estos cultos, se extendía ahora por el Imperio, especialmente el culto egipcio a Isis y el culto persa a Mitra[1]. “Particularmente Isis, cuya adoración había empezado en Roma en tiempos de Sila y había ganado favor especial bajo Vespasiano, se extendía ahora hasta los lugares más apartados del Oeste, alcanzando gradualmente un enorme y amplio significado, primero como una diosa de la curación, en el estrecho sentido físico [ …] .Su adoración era rica en magníficas procesiones y también en castigos, expiaciones, estrictas observancias, y particularmente en misterios. Era precisamente el deseo religioso, la esperanza del perdón en los pecados, el deseo de penitencias severas y la aspiración de ganar una inmortalidad llena de felicidad, por la sumisión completa a una divinidad, lo que animaba a propagar tan exóticos cultos en el Olimpo griego o romano, que anteriormente había sido más bien indiferente a semejantes ceremonias misteriosas, arrebatados éxtasis, prácticas mágicas, negación de sí mismo, ilimitada sumisión a la divinidad, renunciación y penitencia, como condición para la purificación y la santidad. Todavía más poderoso era el culto secreto de Mitra, diseminado especialmente por los ejércitos, y el cual también ofrecía redención e inmortalidad; este culto fue conocido primero en tiempos de Tiberio[2].
MAETERLINCK[3], partiendo del tenor de algunas expresiones del Rig – Veda, señala como principio del monoteismo
“No existían el Ser ni el No Ser. No había ni atmósfera ni cielo por encima. ¿Qué es eso que se mueve? ¿En qué sentido? ¿Bajo cuya guarda? ¿Existían aguas y el profundo abismo?
“Ni la muerte ni inmortalidad había entonces. El día no era una cosa aparte de la noche. Sólo respiraba el Uno, sin hálito extraño, de por sí y ningún otro sino Él existía.
“Se despertó entonces en Él por primera vez el deseo, y ese fue el primer germen del espíritu. El vínculo del Ser lo descubrieron en el No Ser los sabios, afanándose, llenos de inteligencia, en su corazón…
“¿Quién sabe, quién puede decirnos de dónde procede la creación, y si los dioses no nacieron sino después de ella? ¿Quién sabe de dónde procede la creación?
“¿De dónde procede esa creación, si fue creada o no lo fue? Tan sólo Aquel cuya mirada vela por ella desde el más alto cielo, tan sólo Ese lo sabe; y aun Ese mismo ¿lo sabrá?”.
Los egipcios eran, como hemos dicho, politeistas, pero en tiempos de Amenofis III[4], algo cambió en su religión. Amón-Ra[5], que hasta entonces había sido el Sol, el astro solar, empezó a aparecer en los himnos como el misterioso, el único, el que no tiene nombre, no tiene forma aparente, el que es uno e invisible. Todos los demás dioses no son más que distintos aspectos de Amón-Ra. De esto a la revolución religiosa que surgió en Amarna durante el reinado de Amenofis IV (1370-1352 antes de nuestra Era), hijo del anterior rey, no hay más que un pequeño impulso, el que propicio el primer faraón monoteísta de la Historia[6].
En el Libro de los Muertos, cuando después de la larga y terrible travesía de Duau, que no es el infierno egipcio, como han dicho algunos, sino una región intermedia entre la muerte y la vida etema[7], llega el alma al país de Menti, que más tarde se llamó de Amenti; se encuentra cara a cara con Maat o Mait, la divinidad más misteriosa de Egipto. Maat[8] es la línea recta, representa la ley, la justicia-verdad, la justicia absoluta. Todos los grandes dioses se dicen dueños de Maat, pero ésta no reconoce dueño alguno. Los dioses viven por ella, que reina sola en la tierra, en los cielos y en el mundo de ultratumba, siendo a la vez madre del dios que la creó, hija suya y él mismo. En presencia de Osiris sentado en su trono de juez, es colocado en uno de los platillos de la balanza el corazón del difunto que simboliza toda su naturaleza moral y una imagen de Maat en el otro. Cuarenta y dos divinidades, que representan los cuarenta y dos pecados cuyo castigo les está encomendado, están puestas en hilera, por detrás de la balanza, cuyo fiel vigila Horus, mientras Tehutin, el dios de las letras, anota la pesada. Salta a la vista que todo eso no es más que una representación alegórica, una suerte de exposición por medio de imágenes, una proyección, sobre la pantalla de este mundo, de lo que en el otro sucede, en el fondo de un alma o de una conciencia que después de la muerte se juzga a sí misma. Luego, si la prueba resulta favorable, ocurre una cosa extraordinaria que revela la significación arcana, inopinada y profunda de toda esa mitología; y es que el hombre se vuelve dios. Se convierte en Osiris mismo. Se descubre semejante al que le juzga. Suma su nombre al de Osiris, se llama desde entonces Osiris de tal y tal. Se encuentra por fin el dios ignoto que sin saberlo, era. Reconoce al Eterno oculto en el fondo de sí mismo, que durante toda su existencia anduviera buscando, y que, emancipado finalmente merced a sus buenas obras y desvelos espirituales, se revela idéntico al dios que había escuchado y adorado y al que quiso acercarse tomándolo por modelo[9].
[1] Ver, L. ANTEQUERA, El cristianismo desvelado, Madrid 2007, pág. 61 ss.
[2] K. KAUTSKY, El cristianismo. Sus orígenes y fundamentos, Barcelona 2006, pág. 175 – 176.
[3] M. MAETERLINCK, El gran secreto. Inquietudes filosóficas, Barcelona 2006, pág. 24.
[4] Cfr., P. RODRIGUEZ, Mentiras fundamentales de
[5] Ver, M. F. URRESTI, Los pecados de
[6] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 48 – 49.
[7] Ver, B. RUSSELL, “¿Sobrevivimos a la muerte?”, en Por qué no soy cristiano, recopilación de ensayos, Barcelona 2006, pág. 129 ss.
[8] Ver, M. FERNÁNDEZ URRESTI, La cara oculta de Jesús, Madrid 2007, pág. 62 ss.
[9] M. MAETERLINCK, El gran secreto. Inquietudes filosóficas, Barcelona 2006, pág. 66.
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