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Cristianos no cristianos VII. Platón
30. Septiembre 2009 by admin.
PLATÓN[1].
Pasó otro siglo y nació un nuevo iniciado. Platón[2], que vivió entre 427 y 347 antes de nuestra Era. Es el filósofo más antiguo del que se conservan obras escritas completas. Fue discípulo de Sócrates quien no dejó escrito alguno, aunque Platón transmitió la doctrina de su maestro en muchas de sus obras, utilizando diálogos para explicarla mejor. De él aprendió Platón la preponderancia del espíritu, algo que Sócrates puso de relieve en un mundo en el que los filósofos creían saberlo todo y solamente él tuvo conciencia de no saber nada, en un momento en el que aquellos mismos filósofos hablaban mucho y muy alto sobre la naturaleza, pero ninguno se acordaba de mencionar el espíritu. Platón no solo fue un gran filósofo y maestro, sino que proveyó al pueblo griego de nuevas leyes y nuevas creencias. Tradujo la religión egipcia al pensamiento griego, pero despojándola de antemano de todo vestigio de superstición y magia. El hombre que concibió Platón es similar al egipcio porque está formado por cuerpo y espíritu, un espíritu que contiene un elemento inmortal, que emana de Dios. Puesto que el conocimiento permite conocer la Verdad, la verdad con mayúsculas que buscan siempre los filósofos, y es Dios quien infunde esa verdad en el ser humano, la única posibilidad de alcanzarla es liberarse de la influencia de la materia, porque el conocimiento se encuentra únicamente en el mundo de las ideas, mientras que al mundo sensible se le escapa. El hombre tiende a Dios porque tiende al conocimiento en el que se fundirá el alma después de morir. Según los egipcios, solamente se puede llegar a poseer el conocimiento librándose de la materia, es decir, después de la muerte, por tanto, la muerte es la vida verdadera. No tenemos más remedio que volver a recordar a nuestros místicos, a Santa Teresa, para quien: «aquella vida de arriba es la vida verdadera y hasta que esta vida muera no se goza estando viva». Para Platón, Dios es causa y fin de todos los seres y la moral consiste en parecerse a él. Dado que Dios es virtud, verdad y justicia, la manera de parecerse a él es practicar ls virtud, la justicia y la verdad[3].
[1] Cfr., C. WILSON, Lo Oculto, Madrid 2006, pág. 239.
[2] Ver, K. ARMSTRONG,
[3] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 91 - 92.
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Cristianos no cristianos V. Confucio.
29. Mayo 2009 by admin.
CONFUCIO.
Confucio fue el moralista chino más conocido de la Antigüedad. Nació en 551 antes de nuestra Era y cuenta la leyenda que, tras darle a luz, su madre escuchó una voz celestial que le aseguraba que sus súplicas habían sido escuchadas por los dioses y que el hijo que acababa de nacer sería santo. Leyendas aparte, Confucio fue un maestro que creó su propia escuela. Una escuela encaminada a formar un nuevo orden social en que el estudio fuera aparejado a la práctica de la virtud, de manera que China llegase un día a ser gobernada por hombres virtuosos, sus discípulos, príncipes capaces de ofrecer a sus súbditos un ejemplo de honestidad y de bien hacer[1].
Confucio se sentía horrorizado por la guerra constante que amenazaba con destruir por completo los pequeños principados. Sin embargo, para su consternación, éstos no parecían conscientes de ese peligro. Lu no podía competir militarmente con un Estado grande como Qi, pero en lugar de dedicar todos sus recursos a enfrentarse a esa amenaza externa, las familias nobles {motivadas solamente por la codicia y la vanagloria) luchaban en una guerra civil autodestructiva. Si las «tres familias» hubiesen observado elli correctamente, ese estado de cosas nunca habría llegado a darse. En el pasado, los ritos habían ayudado a evitar el peligro de violencia y venganza, y habían mitigado el horror de la batalla. Debían hacerlo de nuevo. Como ritualista, Confucio había pasado mucho más tiempo estudiando las ceremonias y los clásicos que el arte principesco de la arquería y la conducción de carros. Ahora redefinía el papel de los junzi: el verdadero caballero debía ser un estu- dioso, y no un guerrero. En lugar de luchar por el poder, eljunzi debía estudiar las normas de la conducta correcta, tal y como las prescribía elli tradicional de la vida familiar, política, militar y social. Confucio nunca pretendió ser un pensador original. «yo he transmitido lo que me fue enseñado sin añadir nada de mi cosecha -dijo una vez-. He sido fiel a los antiguos y los he amado.» Sólo un sabio que hubiese recibido la bendición de la iluminación divina podía romper la tradición. «yo soy, sencillamente, uno que ama el pasado, y que es diligente investigándolo», y sin embargo, a pesar de todas sus protestas, la verdad es que Confucio sí que era innovador. Se sentía inclinado a «reanimar lo Antiguo para conseguir conocimientos de lo Nuevo». El mundo había cambiado, pero no habría ningún perfeccionamiento provechoso si no había una cierta medida de continuidad[2].
Confucio[3] fue una de las primeras personas que dejó meridianamente claro que la santidad era inseparable del altruismo. Solía decir: «Mi Camino tiene un hilo que corre recto por todo él». No había metafísica abstrusa ni complicadas especulaciones litúrgicas; todo volvía siempre a la importancia de tratar a las demás personas con un respeto absolu- tamente sagrado. «El Camino de nuestro Maestro -decía uno de sus discípulos- no es más que esto: hacer todo lo que puedas por los demás [zhong] y consideración [shu].» El Camino no era más que un esfuerzo constante y entregado por nutrir la santidad de los demás, que a su vez extraería la santidad inherente en uno mismo. «¿Hay algún dicho sobre el cual se pueda actuar todos los días, y todo el tiempo?», preguntó Zigong a su maestro. «Quizá el dicho de la consideración [shu] -dijo Confucio-. No hagas a los demás lo que no querrías que te hicieran a ti.» El shu realmente debería traducirse como «compararse consigo mismo». Otros lo han llamado la Regla de Oro; era la práctica religiosa esencial, y era mucho más difícil de lo que parecía. Zigong aseguró una vez que dominaba esa virtud: «Lo que no quiero que otros me hagan, no tengo deseo alguno de hacérselo a otros», anunció, orgullosamente. Uno casi puede ver la sarcástica, aunque afectuosa sonrisa de Confucio mientras meneaba la cabeza. «jAh, no! Todavía no has llegado a ese punto.»[4].
Mencio[5], nombre latinizado de Meng-tsé, vivió un siglo después de Confucio, siendo discípulo de un nieto de éste, fue de familia humilde, con su tesón y trabajo llegó a ser maestro y alcanzó cargos públicos. Propagó las ideas de Confucio tan activamente que se le considera equivalente a Pablo en el cristianismo[6].
El confucianismo no tiene dogmas, cree que el universo es uno en el que la sociedad y el hombre no son más que una parte. Es una doctrina animista con residuos del totemismo y de prácticas chamánicas, unida a la creencia de que el emperador, el “Hijo del Cielo”, es el intermediario entre el cielo y los hombres. El objetivo final es el Amor Universal entre todos los hombres por medio del perfeccionamiento de uno mismo. Para Confucio y Mencio, el hombre debe de estar en armonía con el Cosmos, para lo que es necesario conocerse a sí mismo mediante el estudio y la introspección. De esta forma se desarrolla el Li, un concepto que incluye los ritos y las ceremonias, lo que es de suma importancia para los chinos. Con el Li se desarrolla el Ren, que es la benevolencia, acompañada por la lealtad y la compasión o piedad. El que posee el Ren practicará la justicia, la generosidad y los buenos principios, es lo que se llama un Junzi, es decir, un hombre superior moderado en todo, hasta en lo bueno. La mayoría son Xiaorén, o sea hombres vulgares, “hombrecitos”[7].
[1] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 88.
[2] K. ARMSTRONG, La Gran Transformación, Barcelona 2007, pág. 286.
[3] Cfr., P. RODRIGUEZ, Mentiras fundamentales de la Iglesia católica, Sabadell 2000, pág. 122 ss.
[4] K. ARMSTRONG, La Gean Transformación, Barcelona 2007, pág. 291.
[5] Ver, K. ARMSTRONG, La Gean Transformación, Barcelona 2007, pág. 416 ss. En este punto, señala el autor en un momento dado:“Mencio no estaba de acuerdo en que las normas del ren eran arti- ficiales, sino que creía que era natural que la gente respondiese de forma compasiva al sufrimiento. Recordó al rey Xuan que él había perdonado recientemente la vida a un buey que iba a ser sacrificado. Cuando vio al pobre animal cruzando su salón y oyó su lastimero gri- to, llamó al encargado: «jDéjalo vivir! No puedo soportar ver cómo se encoge de miedo, como un hombre inocente que se dirige al lugar de su ejecución».52 Aquél había sido un buen impulso, pero no fue más que el principio. A continuación, el rey aplicaría su simpatía ins- tintiva a sus súbditos y les trataría de una forma más amable, y al fi- nal, extendería su preocupación a otros Estados. Mencio creía que la naturaleza humana básicamente era buena: que se inclinaba al ren de forma espontánea. Los mozistas creían que la gente solamente se podía mover por el interés propio, y que había que introducir la bondad en su interior desde fuera, pero Mencio aseguraba que para nosotros era normal comportarse moralmente, igual que para nuestros cuerpos era normal desarrollarse con una forma humana madura. Podíamos detener nuestro crecimiento tanto físico como moral mediante los malos hábitos, pero la tendencia instintiva hacia la bondad seguía existiendo”.
[6] F. DE ORBANEJA, Historia impía de las religiones, Madrid 2003, pág. 160.
[7] Ibidem., pág. 160.
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La encarnación del Poder VII.
21. Julio 2008 by admin.
Impresionante. Resulta que todo el castigo que se supone que esá sufriendo el ser humano por el pecado original se produce porque el primer humano era todavía como un niño, y no podía enfrentarse a ciertos problemas. Y soy padre de dos niños, por lo que intento que no deban luchar contra cosas que, claramente, les superan, como, por ejemplo, ir solos al colegio, sino que les llevo religiosamente.
Ahora nos dice el apologeta que, en el fondo, el hombre es que era un niño. Entonces ¿Por qué la consecuencia del comportamiento de un niño fue la condena de toda la raza humana?. Desde luego el Dios que ha hecho eso (Demiurgo) no es demasiado ecuánime y ponderado.
Sólo aceptando que la actuación del hombre fue en realidad la consecuencia de su propia conciencia del bien y del mal, lo que le supuso reconocer las situaciones que le rodeaban, es cuando, eliminando toda culpa y todo pecado, entendemos que el alcanzar la humanidad, como conocimiento implícito de una nueva forma de vida, no es un pecado, sino la entrada en una nueva relación de poder en la que el hombre asume, de todas todas, su condición de parte del Creador.
Como secuela de esta primera fala, en la naturaleza humana se in trodujo el desorden: “Tan pronto como el primer hombre hubo pecado y desobedecido a Dios, se volvió semejante a las bestias, por faltar a la razón. Es natural considerarlo a partir de ahí irracional y asimilarlo a las bestias” (Ped., i,13,101,3). Este pasaje exige ser entendido correctamente. Clemente nos dIce que a causa de la calda perdió el hombre su logos y se asimiló a los animales. Es un tema que viene de Platón y de Filón. No ha de interpretarse en el sentido de una pérdida de la razón y de una reducción a la animalidad. Muy al contrario, Clemente insiste en el hecho de que el hombre caído conserva sus facultades naturales intactas y es capaz de esfuerzo moral. Nuestro pasaje se refiere más bien al concepto de la jerarquía de las potencias en el alma según el platonismo: el alma comprende la parte superior, y las pasiones, cólera y deseo, que guardan relación con la naturaleza animal. Si las pasiones se mantienen sumisas al noüs, el hombre es el espíritu domina en él; si el voüs; se mantiene sumiso a las pasiones, el hombre se asemeja a las bestias porque es la naturaleza animal la que entonces detenta la primacía (Strom., v,8,53,1). Queda pendiente otra cuestión, la de saber cómo afectó la caída de Adán a los demás hombres. No hay que olvidar que los grandes adversarios de Clemente son los gnósticos y que lo peculiar de éstos es convertir el pecado o la gracia en necesidades sobre las que nada puede la libertad. Contra ellos Clemente declara que el pecado es necesariamente un acto de la voluntad y que en consecuencia no se puede considerar a un niño, que no ha hecho mal alguno, solidario en el pecado de Adán: «Que nos digan (los gnósticos) cómo el niño que acaba de nacer ya ha fornicado o cómo quien nada ha hecho todavía ha podido caer bajo la maldición de Adán. No les queda otra solución, pienso yo, que sacar la consecuencia y decir que la generación es maligna, no sólo la del cuerpo, sino la del alma, de la que se sigue la del cuerpo» (Strom., iii,16,100,5). y como el alma procede de Dios, estaríamos acusando Dios de producir el mal[2].
¿Equivale esto a afirmar que el pecado de Adán no repercute sobre sus descendientes? Clemente continúa: «Cuando David dice: He sido concebido en la iniquidad y mi madre me parió en el pecado, es a Eva a quien designa proféticamente. Pero Eva fue la madre de los vivientes. y si fue concebido en el pecado, él mismo no está en pecado ni mucho menos ha pecado. Lo que pasa es que todo hombre que se convierte debe apartarse de la solidaridad con una madre que en cier- to modo es pecadora y entregarse a la vida. No se trata por tanto de calumniar al que dijo: Creced y multiplicaos, sino que son las primeras impresiones según las que nos apartamos de Dios las que hacen al hombre impío» (Strom., iii,16,100,7). Se entiende bien el pensamiento de Clemente en este texto un tanto oscuro. Hablando en propiedad, no hay pecado sin acto libre. Pero el hecho de que el niño, desde antes de nacer, esté en contacto con una madre que siempre es pecadora hace que la naturaleza que recibe de ella esté impregnada de pecado y corrompa inevitablemente al alma que salió pura de las manos de Dios (Strom., vi,16,135,1-4)[3].
[1] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 390.
[2] Ibidem, pág. 399.
[3] Ibidem., pág. 400.
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La encarnación del Poder VI.
17. Julio 2008 by admin.
En el fondo la cuestión es dilucidar si hacemos el mal porque no conocemos el bien o lo hacemos porque aún conociendo el bien pensamos que nuestra posición quedará más fortalecida con esta actuación. El final, que puede ser el mismo, no nos debe importar, lo que nos importa aquí es la intención, y dentro de la intención, existe una clara tendencia dolosa del hombre, pues suele gustar de hacer el mal como forma de obtener beneficios o simplemente para disfrutar.
El mal es una cuestión de voluntad, pero no sólo de voluntad, sino de definición, de concepción. El mal es un concepto prácticamente relativo que lo único que significa es establecer limitaciones específicas a personas concretas con lo que se busca que los objetivos de otros sean obtenidos antes que los propios. El mal no es otra cosa que lo que a otro no le parece bien. Excepto conceptos determinados de forma general que todos aceptan, el resto es una forma de dominación que impide al hombre ser libre.
De esta forma, el mal es un simple producto, a veces de consumo, que determina el uso de la vida y de los tiempos de las personas. El mal se convierte en un esquema específico que no debe ser tocado, pero que resulta tan atractivo que, al final, se entra en el camino, de esta forma el que considera el mal puede controlar al que lo comete, utilizando la culpa, o, simplemente, utilizando la fe misma del pobre que acaba de realizar lo que verdaderamente desea, pero que no puede hacer porque lo tiene prohibido por unas reglas inútiles e incomprensibles.
Hay una idea en el principio del cristianismo que siempre me ha dejado asombrado, y que todavía me deja sin palabras, sobre todo porque parece que es el sistema adecuado para determinar la evolución humana. En este sentido, Ireneo lo expresa perfectamente cuando señala: “Dios pudo perfectamente dar desde el principio la perfección al hombre, pero éste, recién creado, no podía soportarla. y de ahí que el Hijo de Dios, que era perfecto, se hiciera niño con el hombre, no por conveniencia suya, sino a causa del hombre, para que el hombre pudiera recibirle… Segun el plan de Dios, el hombre ha sido creado para que exista a imagen y semejanza del Dios increado; el Padre aprobaba y ordenaba; el Hijo servía y creaba; el Espíritu nutría y el hombre progresaba poco a poco hasta alcanzar la perfección… Era preciso que primero fuera creado el hombre, que luego creciera, se fortaleciera, se multiplicara, fuero vivificado, después glorificado y, una vez glorificado, contemplara a Dios… No tienen razón, por tanto, los que no saben esperar el tiempo del progreso y atribuyen a Dios la debilidad de su propia naturaleza. Ignorando a Dios ya sí mismos, inquietos e ingratos, negándose a ser ante todo aquello que han sido hechos, es decir hombres capaces de pasión, y desbordando en cambio la ley de la naturaleza humana y antes de hacerse hombres, ya quieren ser iguales que el Dios creador» (iv,38,2-4)[2]
Sí lo pudo hacer, por qué no lo hizo. Estamos locos o qué. Debemos saber que la perfección es un camino, y el camino debe ser lógico, pero absolutamente lógico. Si pretendemos que la vida humana tienda a la existencia de la felicidad, lo que no podemos admitir es que el Creador, todo perfección, nos coloque en una posición inadecuada para cumplir con nuestros objetivos esenciales.
[1] M. CUETO, “Dramaturgias del mal”, en V. DOMÍNGUEZ (Coord.), Imágenes del mal, Madrid 2003, pág. 86.
[2] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 389164.
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La encarnación del Poder V.
4. Julio 2008 by admin.
No hay nada más maligno en el universo que el hombre. Su mundo es el Infierno, y él mismo es el Diablo[2].
Total, más de lo mismo. En los conceptos demonológicos que se implantan desde el nacimiento del cristianismo se identifica el demonio no sólo con el ser que engaña al hombre y le expulsa del paraiso, sino con todos aquellos dioses adorados por otras religiones que, de pronto, se convierten en la imagen misma del mal, única forma de establecer un sistema de control unificado de creencias y de concretar el centro de atención de los hombres, la existencia de un único Dios, siendo los demás seres que engañan a los hombres y, por lo tanto, diablos.
[1] R. DE GRIMSTON, “La humanidad es el Diablo”, en Cultura del Apocalipsis, Madrid 2002, pág. 66.
[2] Ibidem.
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La encarnación del poder II.
3. Junio 2008 by admin.
Después de soltar infinidad de iniquidades contra la religión cristina, como aquello era ya insalvable, el pobre hombre, sabedor de no poder acabar su vida en la senectud, dijo todo lo que sentía, todo lo que pensaba, porque ya nada tenía sentido. Así llegó a decir que rechazaba todos los sacramentos, incluido el bautismo, por ser invenciones del hombre, mercancías, instrumentos de explotación y de opresión por parte del clero. Por eso afirmaba que la ley y los mandamientos de la iglesia eran mercancías. Además entendía que cuando nacíamos ya estábamos bautizados por Dios, que había bendecido todas las cosas, por lo que el bautismo de los frailes y curas era una invención y los sacerdotes comenzaban a comerse el alma antes de que nacieran y las comen continuamente después de la muerte.
Siguió su diatriba, señalando que la confirmación era otra invención de los hombres, los cuales tienen todos el Espíritu Santo, y buscan saber y no saben nada. Además, para él, el matrimonio no lo había hecho Dios, lo habían hecho los hombres: antes el hombre y la mujer se daban fe y eso bastaba, y luego han llegado esas invenciones de los hombres, y lo mismo con las ordenaciones, la extremaunción, o las confesiones, que para él era como ponerse delante de un árbol[1].
Un hombre debe comprender que hay momentos en que el mundo debe fracturarse, debe romperse, porque si se sigue el camino que nos marcan los que deciden siempre sobre nosotros, al final sólo seremos marionetas en manos de los que gobiernan el mundo con el dolor y el miedo. Menocchio es el héroe de la historia, un héroe pobre, vencido, pero un héroe, porque defendió sus creencias por encima de las mentiras de la iglesia.
En un sistema de valores asolutamente nuevo, existen ciertos conceptos que equivocan a la gente, porque deben reconocer al que de verdad está en posición de explivar el conocimiento.
Todos hemos leído los cuatro evangelios, donde doce hombres, alguno de ellos sin conocimientos amplios, que se dedicaban a oficios humildes, lo que suponía en esa tierra el analfabetismo funcional más grande posible. En ese ambiente, sabiendo verdaderamente con lo que contaban y los que eran, así como el mensaje apocalíptico del supuesto Jesús, resulta difícil entender hasta donde ha llegado la Iglesia.
De esta forma, para tragarnos la historieta presentada, se supone que debemos aceptar que, unos cuantos años después de la muerte de Jesús, una banda heterogénea de pescadores iletrados y de campesinos semianalfabetos dudosos en su fe en Jesús fueron capaces de establecer una iglesia desarrollada, con obispos, diáconos, parroquias y rituales. Supuestamente hicieron todo esto, a pesar del hecho de que se afirmaba que Jesús había dicho que el fin del mundo estaba muy próximo[2].
[1] Cfr., C. GINZBURG, El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI, Barcelona 2001, pág. 48 ss.
[2] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 470.
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La encarnación del poder I.
22. Mayo 2008 by admin.
“Yo he dicho que por lo que yo pienso y creo, todo era un caos, es decir, tierra, aire, agua y fuego juntos; y aquél volumen poco a poco formó una masa, como se hace el queso con la leche y en él se forman gusanos, y éstos fueron los ángeles; y la santísima majestad quiso que aquello fuese Dios y los ángeles; y entre aquel número de ángeles también estaba Dios creado también él de aquella masa y al mismo tiempo, y fue hecho señor con cuatro capitanes, Luzbel, Miguel, Gabriel y Rafael. Aquel Luzbel quiso hacerse señor comparándose al rey, que era la majestad de Dios, y por su soberbia Dios mandó que fuera echado del cielo con todos sus órdenes y compañía; y así Dios hizo después a Adán y Eva, y al pueblo, en gran multitud, para llenar los sitios de los ángeles echados. Y como dicha multitud no cumplía los mandamientos de Dios, mandó a su hijo, al cual prendieron los judíos y fue crucificado”. “Yo he dicho simplemente que se dejó crucificar, y aquel que fue crucificado era uno de los hijos de Dios, porque todos somos hijos de Dios, y de la misma naturaleza que el crucificado; y era hombre con nosotros, pero de mayor dignidad, como si dijéramos hoy día el Papa, que es hombre como nosotros, pero con más dignidad que nosotros porque tiene poder; y el que fue crucificado nació de san José y la Virgen María”[1].
No me negarán ustedes que para ser un simple molinero el amigo era bastante inteligente. Como podemos observar, nos saca a todos de la misma masa cósmica, admitiendo la existencia de un Dios (demiurgo) que está frente a los demás porque es el primero en salir, no porque haya hecho nada más. Luego, eso sí, crea a los hombres, pero, y eso es lo importante, no es el ser esencial creador, es el segundo creador.
Esta hipótesis es, en todo momento, correlativa con las ideas de los gnósticos de todos los tiempos, y lo curioso, lo enormemente curios es que una persona alejada tantos siglos de esos hombres fuera capáz de aceptar por si misma dicha realidad y la utilizara para enseñar a los demás en un momento especialmente peligroso para la vida de los librepensadores. Ese hombre, todo un valiente, fue condenado, como otros muchos, pero mantuvo la ideá de una creación especial, una creación como la que cualquier científico puede defender ahora con sus teorías referidas a la formación del universo.
[1] Ver, C. GINZBURG, El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI, Barcelona 2001.
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La moral del siglo XXI, II.
11. Febrero 2008 by admin.
Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, la avaricia es el afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas.
Partiendo del concepto de avaricia, debemos entrar a analizar lo que se supone que es el nivel de vida de la sociedad occidental contemporánea. La idea es que el nivel de vida depende de la opulencia, entendida del siguiente modo: el nivel de vida está determinado por la cantidad de bienes que una persona tiene a su disposición. Por bienes se entienden el ingreso y la riqueza, esto es, la opulencia. Entonces el nivel de vida se identifica con el nivel de opulencia (M. D. FARRELL, “El nivel de vida”, en Doxa, Cuadernos de Filosofía del Derecho, núm. 9, 1991, pág. 119).
Estamos ante el individualismo entendido como puro egoísmo. La base es no preocuparse de los demás porque no voy a extraer ningún beneficio individual de tal preocupación. Lo que no nos concierne directamente no nos debe preocupar, no existe, porque esas cosas solo le pueden pasar a otros (Vid., V. CAMPS y S. GINER, Manual de civismo, 5ª edición, Barcelona 2004, pág. 131).
Las sociedades más ricas y las más indigentes generan en un extremo de la escala social personas considerablemente opulentas y, en el otro, pobres de solemnidad. Este hecho no es consecuencia de ninguna ley o certidumbre natural a la que no sería razonable oponer resistencia. La pobreza es una opción social, es el resultado agregado, unas veces muy mediato e indirecto, otras, no tanto, de decisiones que toman personas a veces, muy pocas de carne y hueso. Como opción social también es fabricar armas, o asegurar a determinado grupo el salario de por vida, o condenar a otros grupos a la más absoluta inseguridad laboral, o permitir que unos pocos acumulen fortunas fantásticas, o asignar una partida de los Presupuestos Generales a la Casa Real, o permitir la existencia de ejércitos. Justificables o infames, estos pocos ejemplos son opciones sociales (D. REVENTÓS PANELLA, “La renta básica: Introito”, en Cuadernos electrónicos de Filosofía del Derecho, núm. 4, 2001).
Construimos nuestra sociedad considerando que el beneficio es el rey, es el señor de todo lo que podemos ver y tocar. Si el beneficio es todo sólo aquél que es capaz de acumular el mayor beneficio posible es considerado como alguien respetable. Endiosamos a aquellos que son capaces de multiplicar el dinero sin pensar que existen otros valores más cercanos a la naturaleza humana, ni siquiera damos oportunidad a los que no optan por el beneficio para poder vivir su vida como quieren.
La lujuria es el vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales; aunque en la Academia también la conceptúan como el exceso o demasía en algunas cosas.
En nuestro sistema, la utilización sexual de las personas a explotado de forma insospechada, potenciada especialmente por el uso de la red, lo que ha conducido a multitud de menores y mujeres a ejercer la prostitución como único medio de mantener una vida que no puede llegar a ser considerada digna.
Hemos mandado la moralidad decimonónica a la basura, en aras a una libertad absolutamente justa y necesaria, pero hemos olvidado la dignidad de la persona, por lo que nos permitimos el lujo de explotar sexualmente a los más oprimidos, a las personas necesitadas.
Además hemos convertido la sexualidad en un negocio que mueve millones de euros, un negocio en el que mucha gente entra para poder vivir una vida de lujos, una vida que no podría tener si se dedicara a actuar de una forma diferente.
4.- IRA.
La Real Academia de la Lengua conceptúa la ira de estas formas:
1.- Pasión del alma, que causa indignación y enojo.
2.- Apetito o deseo de venganza.
3.- Furia o violencia de los elementos.
4.- Repetición de actos de saña, encono o venganza.
En nuestro sistema, las personas, convenientemente aleccionadas, son capaces de mostrarse agresivos con el resto de los mortales porque no pueden conseguir elementos totalmente superfluos o, simplemente, porque no son suficientemente rápidos a la hora de arrancar el coche en un semáforo.
En un sistema de prisas y de urgencias, todo aquél que no es capaz de convertirse en una persona agresiva es considerado como un ser desmotivado, que no puede asumir su posición en la sociedad, y es expulsado sumariamente.
Además, en una sociedad en la que el éxito es lo más importante, cualquiera que se interponga en el camino del que busca el beneficio acaba siendo arrastrado, porque la única respuesta admitida para conseguir el beneficio es la ira, la agresividad, el destruir a aquél que nos quiere destruir.
Según Marvin Harris (M. HARRIS, Caníbales y reyes, Madrid 2001, pág. 60), matamos porque esta conducta ha tenido éxito desde la perspectiva de la selección natural en la lucha por la existencia (…) La capacidad de tornarse agresivo y de librar batallas forma parte de la naturaleza humana. Pero cómo y cuándo nos volvemos agresivos es algo que más que de nuestros genes, depende de nuestras culturas (…) En los seres humanos no existen impulsos, instintos ni predisposiciones para matar a otros seres humanos en el campo de batalla, aunque bajo determinadas circunstancias se les puede enseñar fácilmente a que lo hagan.
Es, pues, lógico, que el hombre, en el ambiente cultural donde se mueve, necesite de la ira como instrumento esencial para evitar ser pisoteado, convirtiéndose en una de las armas más importantes del arsenal humano para consolidar su posición dentro de la especie y dentro del mundo.
La presión que está sufriendo el hombre moderno dentro de su entorno es una presión espeluznante, una presión que no puede ser comparada con nada a lo que se ha enfrentado hasta ahora. Cuando se luchaba con depredadores, tenía la posibilidad de matar o morir, con lo que el estrés y la presión desaparecían en un tiempo prudencial, pero ahora los depredadores son los del despacho de al lado, los de la oficina de enfrente, y nunca mueren, nunca desaparecen, siempre están ahí, junto con la presión, que siempre nos acompaña a todas parte. Por eso un hombre que, en opinión de muchos era un hombre bueno, fue capáz de matar a su hija de dos años en un ataque de ira. Resulta que dicho hombre, gran ejecutivo, trabajaba en la misma compañía de otro que, hacía unos meses, agobiado por la presión, se suicidó. ¿Coincidencia? No lo creo.
No podemos predicar que todo lo que sucede en el mundo es perfecto, que no tenemos problemas. Estamos viviendo en una sociedad donde el consumo de tranquilizantes y antidepresivos se ha disparado de tal forma que son los primeros medicamentos que se prescriben, por encima de los antigripales. Además, vivimos la necesidad del éxito como una obligación casí religiosa, lo que nos convierte en seres dementes que haríamos cualquier cosa por una oportunidad que, en verdad, ni siquiera necesitamos.
Nos endeudamos, nos lanzamos a comprar cosas, todo porque es necesario mantener el nivel de vida, el nivel de poder adquisitivo, porque esa es nuestra opción, y esa opción genera una tensión nerviosa en los seres humanos que acaban destrozados, abandonados en clínicas hasta su recuperación, que puede que no sea completa. Si te descubren, si saben que eres débil, estás muerto. Si no puedes con la presión, estás muerto. Si no tienes posibilidades de huir, estás muerto.
Pero cuando decimos que es le momento del egoismo, siempre nos sale un grupo de gente de “bien”, que se junta en una cena que cuesta un ojo de la cara para concienciar a los que tienen menos que deben dar dinero porque ellos dan la cara. Entonces esa gente nos dice lo que debemos hacer, como debemos comportarnos, como debemos someternos, y nosotros, apestosas ramas podridas de un árbol perdido, les dejamos que lo hagan y, encima, les hacemos caso.
Derrotar (o más bien, controla) a la bestia dentro del hombre es la razón de ser del cristianismo y su flor decadente, el capitalismo. El sacerdocio capitalista de la psiquiatría moderna, trabajando en conjunción con la burocracia del Estado, regula y administra la nueva Represión y los mecanismos de castración del deseo. Deseo condenable = infelicidad. Infelicidad = motivación para comprar cosas. El entumecimiento emocional, las adicciones en masa, la baja autoestima, la depresión, la apatía, la anomia, el estrés… todos los males modernos son síntomas de la lucha absurda y trágica para poner riendas al instinto. La culpa es engendrada por la imperfecta capacidad de los humanos para suprimir la rabia interior el ello reprimido (A. PARFREY, “Licantropía moderna”, en Cultura del Apocalipsis, Madrid 2002, pág. 30 - 31).
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Colaboración de otro Blog.
6. Febrero 2008 by admin.
El autor nos enseña que:
La existencia, tal como la conocemos, es un completo pesar. Ninguna religión ha fracasado por no prometer lo suficiente, lo que sucede ahora con las religiones es que la gente ha querido ver más seguridad en ellas.
Se debe comenzar dudando de toda afirmación, encontrando el modo de someter toda afirmación a una prueba experimental. ¿Qué sucede con las religiones? Parece que todas tienen algo en común, una omisión. Cada uno de los referentes de las religiones esenciales (Buda, Cristo y Mahoma) ha silenciado totalmente un tiempo de desaparición, regreso y de inmediato comienzo de la predicción de un nuevo mandamiento.
Elaborando toda deducción posible para la fábula o el mito, obtenemos esta primera coincidencia. Un don nadie se marcha y regresa como un alguien. Parece ser que ese ser consiguió mantener a buen recaudo la fuerza secreta del Mundo y la dominó”.
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El odio
30. Enero 2008 by admin.
Lo podemos comprobar, el odio parece más fuerte que cualquier otro poder. Si nos fijamos, con el odio se destruye a personas todos los días. Seres abyectos, deseosos de medrar y de acabar con otros, se dedican, todos los días, a extender rumores infundados y malintencionados, a hablar de forma cruel y a destruir reputaciones.
Como cada cual puede darse cuenta, eso es un instrumento, también, para el mago, para el que quiere controlar su vida. No debe permitir que esas incidencias afecten su vida, su trabajo, su existencia, sino que debe canalizarlas, porque el poder del odio de los demás es un instrumento increíble para acabar con muchos obstáculos.
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