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Una Luz distinta 54

17-3-02 Domingo.
Me siento de una forma extraña. Hace tiempo que no puedo escribir ningún relato, estoy perdido en una vana ilusión de escritor, pero en estos momentos no llego a ser sino alguien con un sueño demasiado grande para poder alcanzarlo.
Hoy he visitado a una vieja en un edificio perdido, en una cuarta planta sin ascensor en un lugar donde nadie podía vivir de una forma digna. Ha sido un ejercicio de autocomplacencia para descubrir hasta donde puedo llegar en mi pobre camino. La anciana no era capaz de moverse de casa y yo he cumplido mi misión y he acabado con su vida de una forma digna, consciente de mi situación de poder en un lugar como aquél.
Luego he recorrido la casa, vieja, cansada, tan cansada como su dueña. En una ventana había una pequeña figura, puesta en un lugar bien visible para que los pájaros no se comieran sus plantas. No era agradable ver el final de la escalera, el último sitio donde uno podía llegar, con el cuerpo que quedaba después de intentarlo todo para llegar a ser feliz sin alcanzar la felicidad. Mi acción fue concreta, absoluta, justa.

¿Y sí Dios está muerto? IX.1.

Con el tiempo la relación entre Marisa y Carlos fue perdiendo algo. La gente me puede decir que eso es natural, que toda relación pierde un poco de chispa al llegar a un punto determinado, pero ellos eran excepcionales, tal como lo era su relación, y algo no funcionaba, algo terrible e increíble a la vez, porque lo que sucedía era una prueba de amor infinito.
El tema principal era que ella no quería contagiar el SIDA a Carlos, por eso intentaba alejarse de su lado. Había tomado esa decisión un día en el que él, de forma completamente consciente, le dijo que quería hacer el amor sin preservativo, que no podía soportar estar separado de ella, que necesitaba sentirla, incluso aunque eso supusiera que él enfermara.
Con esa petición ella sintió, comprendió que tenía el amor de su vida, pero también supo que debía romper con él, porque tarde o temprano su amor sería tan inmenso que ella no podría controlarlo, entonces quizá regalara la muerte o la enfermedad eterna a la persona que más quería.
El problema era que ella no habló con nadie sobre sus pensamientos, se los guardó y los siguió cociendo, siguió pensando y pensando sin intentar entrar en la racionalidad, sin darse cuenta que las cosas nunca son tan extremas. Para ella todo era posible, incluso matar a la persona que más amaba por amor. Siendo esto así no pudo seguir aceptando su vida tal como era, una vida que debería llenarla hasta casi explotar, aunque no conseguía que fuera de esa forma, y decidió huir.
Tenía presente que su amor, que Carlos iba a perder la razón si ella desaparecía de su lado, él se había construido un mundo dentro de su mundo, un mundo que existía sólo para que ella tuviera medicinas, para que ella controlara todo lo que tenía que controlar, un mundo por y para ella en el que Marisa no quería participar.
El amor era extraño, siempre lo había sido, pero todo lo que Carlos hacía para que Marisa fuera feliz sólo era un clavo más en el sufrimiento de ella, porque ella no era capaz de dar nada, nada de lo que quería dar. Por supuesto que él estaba más que pagado con su existencia, con esa presencia maravillosa que llenaba noches y mañanas de amor infinito, de ternura y de esperanza, una esperanza, tal vez, fingida, pero esperanza al fin y al cabo, una esperanza que era demasiado bonita para ser expulsada del mundo de cualquiera y más del mundo de una persona que siempre había sufrido, una persona como Carlos.
Marisa tenía planes, unos planes llenos de dolor, de desesperación, de locura, unos planes de venganza, de sufrimiento compartido, compartido con aquellos que habían decidido que su vida no era lo suficientemente importante como para ser tenida en cuenta, porque ella pensaba que tenía derecho a la vida, pero esa vida se había escapado demasiado pronto.
A veces creía que no pensaba nada más que tonterías, pero esas tonterías la permitían seguir viva, la permitían pensar que todo se iba a solucionar, que iba a lograr ser, aunque sólo fuera durante unos segundos, unos infinitos segundos, feliz por realizar sus metas.
Ahora que sabía que no podría tener hijos, ahora que era consciente de la porquería de vida que le había tocado vivir, en esos momentos era cuando, por fin, había optado por ser ella misma y demostrar a los que la utilizaron y vejaron que tenía mucho que dar, tanto para lo bueno como para lo malo, si bien ellos habían elegido lo malo.
Su tierra estaba demasiado lejos, ella estaba demasiado cansada, demasiado perdida en su rencor, ella era sólo el poso que queda al rencor después de quemar la imaginación, la memoria y el recuerdo, todo lo que tenía estaba encerrado en un pensamiento infinitamente ruidoso, un pensamiento que la obligaba a ser cruel, no en vano ella había sufrido la crueldad del resto de los seres humanos.
Todo encajaba a la perfección, ella perdida en el basurero y los que la destruyeron vendiendo carne, siempre vendiendo carne, explotando, aprovechándose de la gente, utilizando el poder para hacer con los seres desesperados lo que les viniera en gana, nadie iba a impedir eso, nadie lo podía o lo quería impedir.
Carlos era una víctima, como ella, pero eso no le podía hacer olvidar el dolor, no podía dejar de pensar en lo que le habían hecho, en todo lo que había tenido que pasar, en todo lo que había luchado para no conseguir otra cosa que miseria, la triste miseria del que intenta ser mejor pero no es más que una basura sin importancia.
No tiene explicación la sorpresa que causa a la gente el desprecio hacia la humanidad que sienten ciertas personas, seres que no son humanos, son explotadores, represores, inquisidores, esas personas decidieron sobre la vida y la muerte de Marisa, aunque nosotros somos más culpables que ellos porque no hicimos nada para evitar el sufrimiento hasta que no fue demasiado tarde.
Marisa había decidido ser diferente, en su interior tenía la diferencia, igual que Carlos, igual que todos nosotros, pero ellos tuvieron la voluntad, el valor de hacer lo que querían, ese fue su único pecado, y eso era lo que tenía que solucionar ella, lo que tenía que hacer pagar a tanta gente que pensaba que ella no valía.
Por eso el final que pensó para su vida no era el final que todos creíamos, que sus “dueños” desearían, el final para su vida pasaba por la venganza, pasaba por el dolor ajeno, el dolor de aquellos que le habían llevado a la muerte en vida, esa muerte dolorosa que es la enfermedad eterna.

¿Y sí Dios está muerto? VIII.3

Con el tiempo la pareja acabó casándose, cosa que me alegró de una forma impensable. Yo fui quien preparó todo, ella estaba enferma para enfrentarse a tal trabajo y él tenía demasiado que hacer. Claro está, siempre preguntaba antes de hacer cualquier cosa, pero era necesario que alguien tomara las riendas, y ese alguien debía ser yo porque en la familia de Carlos le habían negado “el pan y la sal” después de que se fuera a vivir con Marisa.
La boda fue preciosa, al menos para mi gusto. Fue una boda civil celebrada en el Consistorio, en pleno centro de la Capital de España, aunque no fue demasiada gente, algunos nuevos amigos y clientes de Carlos, un par de médicos y enfermeras de la clínica, un pequeño grupo de “mis amigos” que ahora también eran amigos de Carlos, y yo.
Nadie de la familia de Carlos, nadie de sus antiguos amigos, ni tan siquiera Miguel, ni sus padres, nadie.
Fue una boda hermosa, algo lleno de cariño, privado, íntimo, tan íntimo que parecía una fiesta en la que todos se conocían, y quizá fuera así, quizá la vida de Carlos se había centrado en el nuevo mundo que le proporcionaron ciertas personas que no le tiraron a la calle en el momento más importante, lo cual no me parece mal.
Después de la ceremonia fuimos a un restaurante riojano que se encuentra cerca de la calle Princesa, un restaurante lleno de encanto, decorado como si de una casa antigua se tratase, donde nos dieron a comer la mejor carne que había probado en años, un vino de crianza tan perfecto que todos nos quedamos con el nombre, que no pronunciaré para que las ventas no se disparen, y un postre inolvidable.
Todos estuvimos en nuestro papel, deseamos felicidad a los enamorados, vivimos la fiesta como si fuera el preludio de algo imposible de comprender, un preludio de un desastre que queríamos que no ocurriera, aunque era algo de lo más posible.
De todas formas aquella noche maravillosa todo se convirtió en música y en luces, abrazos y besos, caricias y buenos deseos, regalos, todo lo que una b oda significa, todo lo que la vida puede significar.
Obviamente este escritor bailó con la novia en segundo baile, no en vano era el padrino de la boda. En un momento determinado me dijo al oído que todo iba a salir bien, que ahora sabía que todo iba a salir bien, como si hubiera leído el pensamiento general y temiera lo que todos temíamos.
Al final, acabado ese baile, yo me uní a un grupo que estaba charlando amigablemente, un grupo formado por dos médicos y tres enfermeras, convirtiendo la boda en un lugar ideal para encontrar algo más. Teniendo en cuanto el número que formábamos no fue extraño que acabáramos cada uno en una casa alargando la fiesta, disfrutando de cuerpos propios y ajenos. A mí me tocó una enfermera morena y pequeña, pero con un cuerpo impresionante, impensablemente atractiva, ese fue mi regalo, pues con el tiempo empezamos a tener relaciones, pero esa es otra historia que no viene al caso.
Los novios hicieron un viaje a Palma de Mallorca, donde yo había trabajado hacía un tiempo y donde poseía un chalet muy cerca de la playa, allí pasaron quince días de descanso, quince días en los que sólo tuvieron que pensar en ellos mismos, sólo nadaron y se amaron, sonrieron, olvidaron todo porque la felicidad, demasiado frecuentemente, está donde menos se la espera, y ellos descubrieron la felicidad en las islas.
Por una vez en la v ida algo les salió bien a la primera, sin ensayos, sin problemas, ni tan siquiera los aeropuertos españoles o las compañías aéreas que utilizaron se atrevieron a cometer fallos por lo que pudieron tomar el vuelo a la hora y recoger sus maletas sin que fueran extraviadas, la gente que yo conocía en Palma y que les recibió y les preparó todo fueron estupendos y les proporcionaron unos días llenos de todo lo que uno espera de una luna de miel, incluso mucho más.
Para mi gusto, sobre todo después de las cosas que me contaron los novios y la gente que yo conozco del lugar, esa luna de miel fue la mejor luna de miel que una pareja disfrutó jamás, y espero que mi enfermera y yo, al final, tengamos la mitad de la felicidad que ellos tuvieron en esos momentos.
Fue todo tan perfecto que la enfermedad de Marisa no supuso ningún problema, parecía como si la muerte que destruía su organismo se hubiera aliado con la vida en esos instantes para que la mujer pudiera disfrutar de algunos días de descanso. Lo malo es que la realidad siempre acaba llegando, las lunas de miel se acaban, la felicidad se pasa, y el dolor siempre esta ahí, esperando, sonriendo, viendo pasar el mundo.

¿Y sí Dios está muerto? VIII.2.

Mientras la vida de Carlos se empezaba a parecer a lo que él buscaba, la vida de Marisa había dado un cambio espectacular, un buen cambio desde el punto de vista de su situación anterior, pero un cambio al que faltaba algo, algo que jamás podría tener.
El momento de su esperanza había pasado, aunque tenía a Carlos para ser su apoyo, su sustento. El mundo, en sí mismo considerado, ya no le importaba, aunque podía desear cosas, podía ser y podía tener unos instantes diferentes, minutos de una eternidad, pero minutos, al fin y al cabo, y eso era importante, si bien para ella no tenía ningún valor.
Después de su desintoxicación su vida se convirtió en una extraña sucesión de tomas y más tomas de pastillas, a todas horas, prácticamente sin un descanso, hasta por la noche tenía que poner el despertador para tragarse las dosis nocturnas.
Algo así podía enloquecer a cualquiera, sobre todo porque no se podía permitir el lujo de olvidar ninguna toma, al menos eso era lo que le exigían sus médicos, todo estaba preparado para mantenerla con vida, pero esa vida llevaba a una esclavitud, la esclavitud de la química, de la producción del hombre, una producción que era, a la vez, vida y muerte.
Si a todo esto le añadimos los efectos de tanto compuesto en el organismo de una persona debilitada, entonces nos encontramos con alguien que casi no puede levantarse algunos días de la cama, que no puede comer sin sentir ganas de vomitar, que no puede hacer la menor actividad pues eso significaría para ella un esfuerzo demoledor.
Los médicos consideraban que su evolución era normal, todo lo normal que podía ser para una enferma que en otro caso estaría muriendo, pero todo eso no son más que palabras de médicos, ella se sentía como si muriera cada noche, cada mañana, como si todo lo que entrara en su organismo estuviera matándola, aunque había detenido la enfermedad, el principal enemigo.
Con el tiempo le descubrieron cuatro enfermedades consecuencia directa e inmediata de los medicamentos que estaba tomando, pero no podían hacer otra cosa que variar las dosis y darle más productos químicos, ese era el juego de la enfermedad, una lucha desigual en la que sólo la insistencia llevaba a la salvación, aunque la insistencia era un pozo sin fondo donde morían las ilusiones de los que creían que todo sería belleza hasta ese momento.
Otra de las cosas que preocupaba a Marisa era el hecho de la deuda que suponía su tratamiento para Carlos, pues toda su medicación iba a través de la clínica privada. Eran unos gastos enormes, tan enormes que no sé como Carlos podía hacerse cargo de ellos, pero estaba claro que podía hacerlo, y no sólo podía hacerlo sino que tenía para ahorrar.
Aunque esto era un hecho, Marisa no podía dejar de pensar en todo lo que suponía su existencia para Carlos, en la pesadilla que tenía que vivir viéndola luchar contra una enfermedad incurable, una lucha en la que, por el momento, habían quedado en tablas. Mañana sí y mañana también deseaba acabar con todo, morir de una vez, sin pensar, sin seguir el camino que la habían impuesto, quería apagar el aparato y dejar de pensar, de sentir.
Ella nunca había tenido estudios, apenas sabía leer o escribir, apenas podía sentirse inteligente, aunque lo era de una forma enorme, por eso pensaba en el final, en el verdadero final, especulaba sobre el destino de su alma si ella se quitaba la vida, sobre lo que podría o no podría pasar cuando ella muriera. Se imaginaba una muerte reparadora, una muerte que vendría después de un sueño, un sueño que acabaría en el más eterno de los sueños, un sueño sin pesadillas, sin imágenes, sólo un fundido en negro y un olvido total, incluso de la existencia, incluso de todo lo bonito que hubiera tenido la vida, un final que ansiaba más que cualquier otra cosa.
El problema que se le planteaba era que no podía enfrentarse a un posible error en sus teorías, no podía dejar que el destino le convirtiera en una perdedora y que el final de todo, cruelmente, fuera tal como lo enseñaban los curas, que el alma se encabezonara en existir y en querer ir al lugar que le correspondiera, el que fuese.
Era el eterno problema del suicida, el miedo, el aterrador sentimiento de desamparo, no en vano tenía en su mente la muerte, aunque también tenía unos datos más o menos equivocados sobre la vida que no casaban en su deseo de morir. Todo está muy bien hecho, demasiado bien, construyen una estructura de culpa con la que cargar a los que sufren y la imponen como forma de vida, una forma de vida que nos obliga a vivir el infierno o el paraíso, nos obliga a ser lo que no queremos ser.
Comprendo perfectamente la crueldad de la vida, la crueldad de todo lo que nos rodea, el deseo de escapar, sobre todo cuando la muerte y la vida se diferencias sólo en pequeñas sensaciones agradables, demasiado pequeñas como para merecer la pena, sobre todo después de los vómitos de la mañana, o durante los vómitos de la tarde.
Luego estaba la angustia de no poder tener hijos, no podía correr el riesgo de infectarles y tampoco podía adoptar a ninguno, todavía era una ilegal, una de esas personas a las que el sistema expulsaba del mundo porque no tenía el papel correcto, con una crueldad tan enormemente impactante que nada ni nadie podía cambiar.
Por supuesto que el problema de papeles se solucionaría, ese era un trabajo que sabían hacer muy bien los “amigos” que habían estado ayudando tanto sin pedir nada a cambio. Ellos movieron todos los papeles para que ella se pudiera quedar y vivir con Carlos, aunque ambos tuvieron que hacer algo que estaban deseando sin saberlo, pero eso vendrá después.
El caso es que le habían negado, se había negado ella misma, la posibilidad de tener descendencia, era un pequeño ladrillo en el amplio muro de los sufrimientos que amargaban su existencia, pero ese ladrillo le dolía más que cualquier otra cosa, porque siempre había soñado formar una familia normal, con problemas normales, un mundo que pudiera considerar suyo, un mundo sin estridencias, lleno de tranquilidad y amor, y, en cambio, tenía un mundo donde la muerte comía todos los días en su propia mesa.
Ella estaba siendo vencida por el dolor, por el sublime dolor de la imposibilidad, pues nada existía fuera de la enfermedad, del absoluto dolor, era el triunfo del mal sobre el bien, un bien completamente débil, como todo lo que se intenta hacer por el camino recto.
Cuando entró en su carrera, en la carrera de prostituta, nunca se le permitió elegir, y ahora pasaba lo mismo, ahora no podía optar por la vida, nunca. Veía a las parejas en el parque, a las mujeres sacando a los niños a pasear, a tomar el aire relativamente puro de esos pequeños pulmones que se han construido en una ciudad demasiado grande como para poder ser real, quería acercarse, abrazarlos, sentir el calor de una nueva vida entre sus brazos, cerca de su corazón, pero no podía hacerlo, tenía miedo, miedo de lo que pudiera pasar, miedo de lo que nunca tendría.
Necesitaba algo, pero ese algo estaba muerto. Esas caras delicadas sonriendo, esas manos buscando calor, lo peor era que ella había muerto el día en que entró la enfermedad en su ser, porque no era persona, no se sentía persona, se sentía rota.
A veces el sueño le vencía, un sueño apenas reparador, un sueño que le obligaba a sentirse mejor, pero que le intranquilizaba, siempre era el mismo sueño, se veía en una casa corriente, una de esas casas adosadas a las que la televisión nos tiene tan acostumbrados. Allí pasaba el tiempo en el habitual y tétrico jardín trasero, ese típico jardín que no es tal, es un simple rectángulo de césped cuidado según la voluntad o el tiempo que dispone el dueño. En el jardín había dos niños, niños de corta edad, que gateaban y disfrutaban de la vida como ella nunca había hecho.
De pronto, como si todo fuera normal, se abría el sueño y se tragaba a los dos niños, a esos dos infantes que, suponía, eran hijos suyos, sus hijos no natos, destruidos por la insensatez humana, por el egoísmo de ciertas personas que no tiene derecho a ser llamadas “personas”, seres que habían antepuesto su deseo a la felicidad de una persona.
En esos sueños llegaba a sentir tanto odio que se despertaba apretando las sábanas, completamente sudada, asustando incluso a Carlos, si bien éste se tranquilizaba cuando ella le explicaba que era normal en su estado, con su enfermedad. Si Carlos le hubiera mirado a los ojos, si hubiera profundizado en el interior de ese alma destrozada por la rabia, entonces hubiera sabido la verdad, la verdad del odio que empezaba a crearse en el alma de una persona que nunca fue capaz de odiar.
En este punto es curioso comprobar como algo tan alejado de lo que ella buscaba con anterioridad, el hecho de tener hijos, por la imposibilidad, quizá relativa, quizá absoluta, de tenerlos se convierte en el centro del universo, un centro despiadadamente caluroso y desenfrenado, un lugar común donde todos los que pasamos en infierno de vivir nos sentimos muertos por la muerte, por la misma muerte de las ilusiones.
Finalmente, aunque con mucha importancia, también estaba el problema del sexo, nadie puede imaginarse lo que suponía para Marisa tener que hacer el amor con preservativo en esos momentos en los que Carlos era parte de su vida, era “su hombre”. Sentía como si le estuviera robando algo que era suyo, se sentía, otra vez, como si fuera una prostituta, una prostituta con un solo hombre al que satisfacer, pero no podía evitar pensar en lo malo que había sido todo y en que no podía sentir a Carlos nada más que a través de un plástico entristecido con lubricante.
Para ella era una frustración todo aquello, aunque mucha gente puede pensar que no es más que una tontería, un pensamiento infantil, ella lo sentía así, no podía ser de otra forma para ella, y tenemos que aprender a respetar los pensamientos y sentimientos de los demás si luego pretendemos que el resto de la gente tenga en cuenta nuestros propios sentimientos.
Si a esto le unimos el miedo, racional o irracional, en eso no me voy a meter, que sentía Marisa cada vez que hacía el amor con Carlos, miedo de contagiarle la enfermedad, de entregarle al mismo infierno que ella estaba padeciendo, miedos tan reales que yo mismo lo pensaba a veces, estúpidamente, pero era algo que estaba ahí, algo que no podía olvidarse, dejarse de lado, si juntamos todo vemos como la pareja no se entregaba demasiado al desenfreno del sexo. Marisa tenía miedo, incluso, de besarle en la boca, porque pensaba que podía pasar algo, aunque le aseguraban que no pasaría nada, que era muy difícil que sucediera.
Esta era la perspectiva contra la que luchaba cada mañana, cada instante, cada minuto de su vida, una perspectiva tristemente real, tristemente construida en un mundo demasiado ocupado para preocuparse por los demás, demasiado gris como para ser vivido con alegría.
Como ya he señalado, el odio y el desprecio a la vida, a su propia vida y a la de los demás, estaba anidando en su alma, un alma que no podía contener el deseo de vivir una vida normal, una vida sin preocupaciones, algo que había sido negado por el destino, por dios, o por el diablo, poco importaba el culpable supremo.
Veía la felicidad y no la podía soportar, estaba siendo conquistada por el lado oscuro del alma, de la muerte, estaba siendo alcanzada por el rayo del mal, el eterno poder que todo lo crea y todo lo destruye, ella había sido destruida por él y ahora tocaba devolver la afrenta, aunque ni ella misma sabía que eso iba a suceder, ni ella misma sabía como hacer las cosas, como devolver el dolor a los que crearon el dolor.
Uno tras otro sus días se transformaron en “otro día perfecto”, porque su vida era perfecta, porque su mundo era perfecto, porque todo lo que hacía o tenía estaba en el alma del dolor, porque deseaba morir y no podía hacerlo, no se lo permitía hacer la propia vida, esa egoísta que nos quita el amor y nos da vacío para luego exigirnos pagar por algo que no queremos.
Tantos errores compartidos, tantos errores solitarios, todo lo que había hecho de su vida era una verdadera porquería, no tenía ni la menor intención de continuar así, pero algo la empujaba a vengarse, la venganza era lo único que tenía, lo único que podía tener.
El árbol del sueño, del suplicio, estaba siendo podado, podado por el gesto final de la muerte, la muerte de toda desesperación, la muerte de toda esperanza, la muerte del enemigo que destruyó la ilusión. Era el momento de cosechar lo que se había sembrado, el intenso dolor, la intensa muerte, la verdad que todos estaban esperando.
Al final todo volvía a su origen, y ella había nacido de la nada, del sufrimiento, y hacia el sufrimiento iba de cabeza, con las manos pegadas al cuerpo para poder entrar mejor en el lugar que le correspondía, en ese ataúd de piel verde que la habían construido.

Una Luz distinta 53.

16-3-02 Sábado.
Hoy mi querida Margalida estaba enfadada, pues su hermana pequeña le hacía la vida imposible con sus tonterías, no dejando que ella pudiera ser feliz. Lo peor era que sus padres parecían atender mejor a su odiosa hermana, algo que mi joven aprendiz de asesina no podía soportar.
Después del correspondiente revolcón mi amada me solicitó ayuda para acabar definitivamente con la vida de la asquerosa de su hermana. El problema era grande, pues ella no podía actuar de una forma tan violenta como yo, al vivir bajo el mismo techo que su potencial víctima.
Al final me decanté por el veneno. Como la circunstancia lo requería, eche mano de mi pequeño conocimiento sobre toxicología y me decanté por la vía más factible teniendo en cuenta los elementos tóxicos que disponíamos. Así las cosas el único instrumento más o menos mortal que podía entregar a Margarita era un producto que se comercializa como “colme”.
El citado “colme” es un producto incoloro, inodoro e insípido, cuyo principio activo es la cianamida cálcica, algo que, en dosis elevadas, podría causar serios daños en el organismo de la niña, si bien tenía el problema de tener una corta vida, por lo que la ingesta debía estar completamente predeterminada.
Mi amor agradeció mi dedicación con una “felatio” maravillosamente interpretada, para escaparse de forma inmediata a preparar la primera toma de veneno para su hermana.

Una Luz disinta 52.

15-3-02 Viernes.
Hoy he disfrutado de una tarde maravillosa con Margalida. He sentido su hermoso cuerpo entre mis brazos y he viajado al paraíso mientras mi pene regaba su cuerpo con mi esperma. No puedo entender como una joven como mi amada puede tener tanta habilidad con su cuerpo, pequeño y poderoso. Es flexible y voluptuosa, pero también demuestra una imposible capacidad para el cariño y el amor.
Después de acabar nuestro escarceo he contado mi aventura de ayer. Sus ojos han demostrado admiración mientras veía mi cuchillo, ya limpio, signo inquebrantable de poder. Luego, como muestra de sumisión, mi amada se entregó, de nuevo, a mis deseos.

Una Luz distinta 51.

14-3-02 Jueves.
He esperado demasiado tiempo para que, ahora, a estas alturas de mi imposible vida, los otros piensen que pueden controlar mi existencia determinando como y cuando puedo hacer yo algo, e imponiendo criterios que yo nunca aceptaría.
Hoy ha tocado la venganza contra Pepa. La muy zorra había decidido vivir la noche y había salido con unas amigas. Yo me encontré con ella en una pequeña discoteca y me sorprendió la actitud distendida que tenía, acostumbrado a contemplarla como una “vieja reprimida”.
Me escondí todo lo que pude y disfruté de su actitud general hacia la vida, bebiendo y fumando como nunca hubiera podido imaginar. Era extremadamente divertido contemplar a mi torturadora en un ambiente nuevo, incluso llegué a pensar en claudicar y dejar que viviera, pero una condena es una condena.
A eso de las dos de la mañana ella dejó la reunión y yo pude disfrutar con el comienzo de mi venganza. Las cosas me fueron especialmente bien, la asquerosa había decidido caminar hasta su casa y pasó por un solar oscuro y solitario. Era el lugar perfecto y no esperé otra oportunidad mejor.
Me abalancé sobre ella sin que pudiera hacer nada. Aunque sólo pretendía su muerte, en el momento de la verdad no pude evitar violar su cuerpo. Ella no abrió la boca, aunque me reconoció casi de forma instantánea. Parece que estaba acostumbrada a ser forzada, pues sólo cerro los puños y dejó que yo me despachara a mi gusto.
Luego la cosa se puso mejor cuando la guarra se fijó en el cuchillo que llevaba. Fue en esos instantes cuando comenzó a balbucear, pero ya era tarde, de un certero tajo segué su asqueroso cuello y me quedé un buen rato contemplando como su vida escapaba a borbotones sin que de su garganta destrozada pudiera salir ningún grito de auxilio.
Luego obtuve otro premio por mi constancia. En la calle desierta, mientras paseaba tranquilamente hacia mi casa, una furgoneta se para en un semáforo; de la misma, dejando el motor en marcha, sale un hombre para dejar un paquete de revistas al lado de un kiosco.
Me acerqué sonriente al hombre, que pareció agradecer tener alguien con quien conversar. Ese fue su error. Mi cuchillo, ansioso por devorar el alma de mis víctimas, segó la vida del asombrado trabajador, cuyo cuerpo cayó como un saco cargado de piedras.

¿Y sí Dios está muerto? VIII.1.

Cuando Marisa salió de la clínica, desenganchada de la droga, al menos todo lo desenganchada que podía estar una persona después de haber pasado por el infierno que había pasado, Carlos tenía preparada una sorpresa para ella. Con todo su amor, con todo su cariño, había creado un lugar donde compartir su vida, donde poder vivir ambos sin que nadie se metiera con ellos, había logrado tener un verdadero hogar que ofrecer a “su mujer”.
El amor de Carlos había crecido tanto que ni yo mismo podía creer lo que veía, era otra persona, una persona que era capaz de luchar, de romper todas la barreras que se encontrara, porque él era diferente, era mejor, más completo, se había construido interiormente a base de comprender que su vida se centraba en Marisa, su única esperanza para ser feliz.
Era plenamente consciente de sus limitaciones, de lo precario de su situación, una situación que le llevaba irremisiblemente a la muerte, a una muerte con la que había que convivir, porque ese era el problema, que aunque no muriera Marisa siempre estaría allí la enfermedad para demostrar que las cosas nunca son tan hermosas.
Todo aquello no le importaba a mi amigo, él era diferente, había cambiado, había asumido el cambio de vida que suponía convivir con una enferma de SIDA, no podía admitir que una simple enfermedad le apartase de una mujer como Marisa, no podía soportarlo. Yo creo que a mí, en sus circunstancias, me hubiera pasado lo mismo, pero yo soy un cobarde, no tengo el valor que Carlos atesora, soy demasiado triste y blando conmigo mismo.
Quizá ese sea mi problema, pero también es mi solución, porque siendo como soy no voy a meterme en líos, no en líos demasiado grandes, sólo en los que se pueden controlar, sólo me meto en cuestiones de las que soy capaz de salir, de otra forma mi cobardía me impide continuar con la mentira, me debo a mi forma de ser.
Por supuesto que muchos pensaran que lo que yo considero cobardía no es sino precaución, pero la precaución es algo demasiado aburrido, es un instrumento muy digno para circunstancias de peligro pero que no debe utilizarse en todos los casos, no como principio absoluto, a no ser que queramos hacer de nuestra vida algo cansado y sin sentido.
Creo que lo expresaba perfectamente Sabina en la canción “pastillas para no soñar” –creo que ese es el nombre- donde el hombre debía ser totalmente previsible y predecible para llegar a vivir cien años, pero vivir cien años en esas circunstancias es lo peor que le puede pasar a una persona. Yo soy de esas personas que va a vivir cien años de una forma tan aburrida que acabaré muriendo de mismo aburrimiento, algo tan horrible como la muerte misma, como la esperanza desperdiciada.
Por eso admiro a Carlos, siempre lo admiraré, porque ha sido capaz de admitir sus limitaciones y, aceptándolas, las ha dejado de lado para ser una persona completa, una persona como hay que ser, una persona que se entrega a los demás, que se deja querer y que quiere, algo que yo no voy a poder hacer completamente, me importa demasiado mi tranquilidad.
Eso sí, para dar consejos soy único, porque sé lo que debo hacer y no debo hacer, lo que pasa es que no me atrevo a hacer lo que debo, es algo superior a mis fuerzas, es un problema enorme, el problema de la cobardía, aunque tenga el conocimiento absoluto de la verdad.
La suerte le había empezado a sonreír de la mano de mis “amigos” y empezaba a ganar suficiente dinero, tanto como para dejar el negocio familiar y dedicarse a su propio negocio, un negocio que le sacaba de la esclavitud del agradecimiento, esa esclavitud con la que algunas personas pretenden controlar a los seres más allegados por el simple hecho de haber estado en el momento en que ese ser era indefenso.
Tenía casi todos los días cubiertos, sus precios eran buenos y su calidad perfecta, por eso podía hacer algo que siempre había deseado, romper con la inexistencia de su vida anterior y tomar de la mano la esperanza, una esperanza que tenía atada con un hilo demasiado fino, pero consistente, tan consistente como la voluntad, su voluntad.
Embarcado en una lucha desigual había asumido las funciones de líder, de líder de su vida, una de las cosas más complicadas que un ser humano puede hacer, y el caso es que lo estaba haciendo muy bien, demasiado bien, porque sabía lo que querría, lo que necesitaba, lo que estaba buscando.
En el almacén de los recuerdos acumulaba malas experiencias y las dejaba aparcadas, las abandonaba, las convertía en algo bueno, en algo diferente. Sabía lo que había pasado, sabía sus errores, pero no iba a dejarse dominar por el miedo, iba a construir un nuevo mundo a través de su esfuerzo, iba a ser diferente, a pensar diferente.
Fundamentaba su vida en la lucha como único medio de salir de la pobreza de espíritu que le embargaba, una pobreza que llenaba el mundo y el espacio, en un universo perdido, acabado, perfecto universo en perfecta armonía con la destrucción que todos llevamos dentro.
Grandes esperanzas para una vida sin esperanza. Momentos perdidos, siempre perdidos, porque el corazón no puede hacer lo que la cabeza quiere, y la cabeza, esa enorme mentira, piensa que no existe y de no existir queda callada, olvidada en un rincón, como pobre artefacto en desuso, almacenado en su embalaje.
Todos hemos pasado por hechos parecidos, todos hemos sido castigados por nuestra impericia, por nuestro atrevimiento, hemos construido sueños sin importancia y hemos pretendido darles realidad, pero la realidad se empeña en caminar por su propia vía, por una vía que no nos conviene, que no conviene a casi nadie, quizá sólo a los que quieren perder, pero pocas personas quieren perder realmente.
Pero él era un trabajador nato, una de esas personas que se esfuerzan constantemente para demostrarse, día a día, minuto a minuto, que merecen la oportunidad que se les ha ofrecido, y Carlos se la merecía más que cualquier otra persona que conozco, más que yo que, por supuesto, no había hecho nada en mi vida para ganarme la suerte que tenía.
La suerte suele ser muy poco considerada con sus hijos, suele buscarse a los peores para favorecerlos, como una madre que considera que el hijo bueno y trabajador ya tiene bastante con ser como es y sed vuelca en el que se dedica a parasitar y vivir de su historia, por todo eso resulta que, al final, parece como su fuera mejor ser un vago y un inútil, pues de esa manera se puede obtener mayores beneficios.
Carlos, como todos los que saben lo que quieren y tiene el valor y la fuerza de buscarlo, estaba en los albores de su triunfo, de ese triunfo particular y sordo que nos lleva a aceptar la vida como un juego, un juego al que hemos cogido las reglas y no nos resulta tan complicado jugar.
Es bien cierto que el triunfo de Carlos no era el triunfo, con mayúsculas, que todos creemos derecho a tener, ese triunfo, si se le puede considerar así, pues en el fondo no es más que una consideración social mal repartida, está vedado a unos pocos que tienen los contactos y las facultades necesarias para ser diferentes. El triunfo de Carlos era el triunfo de la constancia, el triunfo del luchador que, día a día, sordamente, se construye un pequeño escondrijo que puede considerar suyo y que le permite vivir de una forma común, sin presiones, sin preocupaciones excesivas, era el triunfo de la clase media.
Llega un momento en que una persona acaba deseando una vida de hogar, aunque en algún momento fuimos tan progresistas que quisimos vivir una vida diferente, una vida llena de emociones y sueños. Es en ese momento cuando el triunfo puede llegar, porque es ése el único triunfo que nos va a permitir la existencia.
Hay que agradecer que este tipo de triunfo exista, al menos es algo con lo que podemos contar la mayoría de las personas que poblamos esta aldea agrandada y despiadada, porque el otro, ese es un cuento para niños en noche de tormenta.
Desde esta perspectiva, la perspectiva del logro de los objetivos, el trabajo de Carlos era duro, demasiado duro, pero él lo hacía con gusto. Tenía que preparar bodas, comuniones y bautizos –sí bautizos, cada vez se hacen más reportajes sobre ellos, no me explico porque- ; iba a casa de la novia, le hacía fotografías, después en la iglesia y por último en el banquete, intentaba cubrir algo casi todos los días hábiles para estos eventos (viernes, sábados y domingos), después se iba directamente a revelar el material y preparaba el álbum para entregarlo al día siguiente, no importaba lo tarde que fuera la boda –había bodas que duraban hasta las dos y media o tres de la madrugada.
Esto tenía una explicación bastante lógica, todos los profesionales de la fotografía de ceremonias de este tipo saben que si no se coge a los novios y familiares en el momento más caliente, el día siguiente o el posterior, a más tardar, las ventas se resienten sensiblemente, sobre todo si los novios han vuelto de su viaje y resulta que se dan cuenta de la enormidad de los gastos que han tenido.
Así, finalizada la sesión de fotos, el revelado le llevaba unas dos horas, después descansaba un poco y al día siguiente, aunque fuera domingo, se dirigía al domicilio de la persona señalada como responsable de las fotos, el de los mismos novios, ahora feliz pareja, o el de los padres de alguno de ellos, incluso a horas tempranas –llegó a ir a las seis de la mañana porque los cónyuges debían salir muy temprano para el aeropuerto.
Cualquiera puede pensar que se estaba engañando a los novios, a la pareja, pero no era así, todos queremos recordar los momentos importantes de nuestra vida, pero también estamos condenados a vivir en una sociedad de recursos limitados, así que al profesional que ofrecía sueños sólo le quedaba la posibilidad de ser un poco más rápido que los bancos y las deudas, único medio de conseguir alimentar sus ilusiones y la de los demás.
No debemos ser demasiado hipócritas, todos hemos buscado la mejor forma de “engañar” sin engañar, mostrando los beneficios reales sin entrar en otras consideraciones, y Carlos se gastaba su buen dinero en el revelado y en el material, por ello necesitaba tener un poco de picardía.
Hasta aquí su trabajo normal, pero un fotógrafo de sus características no podía dedicarse sólo a estos eventos, sobre todo porque muy poca gente se casa entre semana y porque hay fechas donde las bodas se reducen. Por eso por las mañanas se dedicaba a temas menos románticos, de esta forma hacía fotos para empresas constructoras –edificios para la venta, permisos,…- catálogos para empresas de producción o de servicios, álbumes para chicas que querían ser modelos, incluso se dedicaba en algunos momentos a las revistas del corazón, cuando alguien le daba un buen soplo, claro está.
No importaba nada lo que fuera, siempre que se necesitaba su presencia allí estaba Carlos con su bolsa y sus cámaras, llenando de imágenes los negativos, alcanzando la perfección en su trabajo a través de la práctica, única forma de llegar a hacer las cosas medianamente bien.
Con todo ese trabajo sacaba su dinero, el suficiente como para alquilar un apartamento pequeño y amueblarlo parcamente, el suficiente como para mantener de una forma digna a la extraña familia que pretendía formar, e incluso ahorrar un poco de dinero, algo que no hubiera soñado en ningún momento hacía unos meses.
En cuanto a la infraestructura, al principio trabajaba con un amigo que le proporcionaba la máquina de revelado a un buen precio, pero con el tiempo pudo hacerse con un pequeño local donde colocar su material y adquirir a través de un leasing una máquina de revelar de esas prácticamente automáticas, aunque siempre procuraba participar él activamente en el revelado para dar mayor calidad a sus clientes.
Lo tenía todo pensado, sabía lo que debía hacer y como tenía que hacerlo, había aprendido de los mejores, de todos aquellos que habían logrado salir de la nada, con un puñado de billetes y una ilusión, y él no iba a ser menos, nuca lo sería.
Era la voluntad, voluntad absoluta, voluntad férrea, una voluntad que llenaba su mundo desde la mañana hasta la noche, porque no se podía permitir el lujo de perder unos instantes de su sueño por la necesidad de dormir, por eso seguía y seguía, sabía hacia donde iba, sabía lo que necesitaba, lo que quería, y sabía que lo podía conseguir.
Así pues era perfectamente factible que en la vida de Carlos el éxito entrara por la puerta y pudiera cumplir sus sueños. Ya no había nada que le pudiera impedir tener un trozo de lo que deseaba, no demasiado, no hay que ser egoísta, sólo una pequeña porción de felicidad donde meter la nariz cuando el mundo se ponía demasiado duro.

Una Luz distinta 50.

13-3-02 Miércoles.
Estoy hasta los “cojones” de mis compañeros de trabajo. Son los seres más despreciables y rastreros que existen en el mundo, lo más nauseabundo que hay en toda la faz de la tierra. Si por mi fuera los mataría a todos ahora mismo, sin contemplaciones, sin remordimientos. Su muerte supondría mi mayor placer.
A veces pienso, como soñando, en como voy destruyendo su inhumanidad uno a uno, disfrutando de mis instintos más básicos y rompiendo su resistencia, hundiendo mi daga de dolor en su alma. Mis esperanzas son acabar con todo y con todos y llenar de padecimiento su miserable espíritu.
Algo dentro de mí exige que llene mi saco con el aborrecimiento que siento por esos miserables que disfrutan destruyendo la poca humanidad y la poca paciencia que tengo. Son lo peor, lo que más odio, lo que más detesto, su existencia refuerza mi actitud hacia la humanidad.
Hoy he tenido que soportar varias nuevas humillaciones. Esas mujeres completamente “eficientes” que consideran que mis aportaciones no merecen la pena, que mi vida es un error, una estafa hacia la naturaleza de la condición humana, han conseguido, de nuevo, exasperarme.
Una de esas putas ha hecho todo lo posible por demostrarme que mi condición de “Técnico superior” es, simplemente, circunstancial, y que nada ni nadie va a evitar que mi tiempo de trabajo se convierta en un infierno sin la menor colaboración. Aquí cada uno sabe lo que no tiene que hacer, pero nunca hay nadie que haga lo que debe hacer. Todo es muy bonito, pero nadie ayuda a nadie, todo el mundo pretende escapar de su realidad a base de mentir, de encañar, de ser un poco más pillo que los demás.
Ella me ha dicho, muy amigablemente, que lo único que puedo esperar de mi estancia en ese maldito lugar es luchar individualmente por mi mismo, sin la menor posibilidad de éxito, intentando encontrar un hueco para mi y para mis ideas.
Obviamente tengo perfectamente claro que para todo este grupo informe de cuasiseres no valgo nada, ni siquiera el tiempo de una mirada, de un pensamiento. Mi condición de paria me resuelve más en mi intención de acabar con la hipocresía que supone continuar siendo vegetales podridos, ahítos de alimento y de autocomplacencia.

¿Y sí Dios está muerto? VII.5.

Después de mi pequeña conversación con Marisa tuve otra con los médicos, estaban contentos, sabían que habían hecho un buen trabajo, un trabajo tan perfecto como lo podían hacer seres humanos imperfectos como somos todos, pero también sabían que ese no era el final de su camino, ese era el principio, el principio del sufrimiento, porque el cuerpo de ella sufriría incontables daños y sufrimientos como consecuencia de la batería de fármacos que tendría que tomar, por eso hablaron conmigo, como única cabeza visible a la que acudir quisieron dejar claro que la recuperación debería ir acompañada de una férrea disciplina, una disciplina que debía permanecer del lado de Marisa durante toda su vida.
En ese caso concreto mi misión sólo fue convencer a Carlos de la necesidad de tratamiento constante, aunque ese tratamiento fuera doloroso, cosa que fue muy sencilla después de haber visto lo maravillosa que estaba Marisa después de pasar por la clínica, y así terminó la soledad de ambos y comenzó una pareja.