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El primer Cristo 2.

La aceptación de que Jesús fue un personaje histórico real es fundamental para todas las formas de cristianismo[1]. Aunque el cristianismo liberal niega la divinidad de Jesús, se siente, no obstante, obligado a aceptar su historicidad, a saber, que fue un ser humano que vivió en tiempos de Poncio Pilato o en torno a aquellas fechas. El cristianis- mo ortodoxo, además de aceptar la historicidad de Jesús, admite varias hipótesis que la presuponen. La creencia en que Jesús nació de una virgen a comienws del siglo I, fue crucificado[2]  por orden de PonCio Pilato, resucitó y volverá rodeado de gloria para juzgar a vivos y muertos da por supuesta la historicidad de Jesús. En realidad, esa historicidad no la dan por sentada sólo los cristianos sino que es aceptada por la inmensa mayoría de los no cristianos y de los anticristianos. Los musulmanes, por ejemplo, aunque niegan que Jesús sea el hijo de Dios, mantienen que fue el mayor de los profetas. Al aceptar sin cuestionamiento la historicidad de Jesús, algunos críticos famosos del cristianismo, como Russell[3] y Nietzsche[4], valoraron su ejemplo moral y sus enseñanzas. Resulta raro que alguien considere, incluso, la idea de que Jesús es un mito, y mucho más que se la plantee seriamente. Según ha observado Gordon Stein, una autoridad en el terreno del librepensamiento y el racionalismo, “la gente corriente puede considerar extraño y chocante que alguien ponga en duda hoy día la existencia de Jesucristo”[5]

 Como Amnon Ben-Tor, vamos a dar por hecho que existió un hombre que se llamaba Jesús y que se convirtió en el origen de una de las religiones más importantes de nuestro planeta. Vamos a dar por hecho su existencia no porque en el Nuevo Testamento aparezcan sus hechos, sino porque también aparecen en los manuscritos de Nag Hammadi[6], manuscritos que nos ofrecen otra versión más seria, rigu- rosa y menos infantilizada que la del Nuevo Testamento. En cualquier caso analizaremos las dos versiones y veremos que sus contenidos difieren profundamente, pero que siempre nos hablan de un personaje muy peculiar. Forzosamente tenemos que creer[7] en la existencia del personaje de Jesús, de lo contrario este libro no tendría ninguna finalidad, seria absurdo dedicar cientos de páginas a las palabras de un personaje que no ha existido y que ha sido un mito. Así que inicialmente admitiremos su existencia, no sin otorgarle la duda de que toda su historia sea una magistral composición hecha por una serie de escritores que se basaron en leyendas egipcias. Un relato como los hechos aparecidos en las tablillas mesopotámicas donde se relata la epopeya de Gilgamesh y que son coincidentes con las historias que se relatan en el Antiguo Testamento, especialmente en el Pentateuco[8]. Indudablemente la aceptación de la existencia de Jesús no implica aceptar que sea hijo de Dios. Así, a lo largo del libro, será tratado como un personaje excepcional, un hombre o profeta que nos legó un importante mensaje que aún interpretamos con dificultad. Que Jesús sea hijo de Dios es una cuestión de fe, y no depende de la historia que abordaremos durante su tránsito por una época lejana de nuestra civilización. Su divinidad es un tema en el cual este autor no piensa entrar, ya que forma parte de un debate teológico mucho más profundo, pero no por ello se trataran aspectos sobre esta divinidad, interpretaciones y versiones que aparecen en los evangelios gnósticos y en los llamados ortodoxos. Estas versiones y otras interpretaciones bíblicas, nos llevarán a comprender que existen muchos misterios y muchos errores. Buscar estas explicaciones no debe interpretarse como una irrespetuosidad, sino como una necesidad de desinfantilizar ciertas versiones y enfrentamos a la realidad de un personaje cuyas palabras fueron recogidas de forma diferente e implican también versiones distintas. Creo que en el comienzo del siglo XXI, más que nunca es preciso clarificar, polemizar, dialogar, hacer transparente los hechos de la vida de Jesús, escuchando todas las tendencias y buscando en sus palabras una espiritualidad que pueda dar respuesta a los creyentes ya los escépticos. A veces plantear estos temas puede significar un sacrilegio, por tanto me remito a lo que escribe Rom Landau en el prefacio de su libro Dios es mi aventura: «El significado de mi aventura es una búsqueda de Dios. Que el lector decida si semejante búsqueda puede ser un sacrilegio.»[9]


[1] Ver, A. FIERRO, El hecho religioso, Barcelona 1981. 

[2] Cfr., J. BLASCHKE, Jesucristo o la historia falsificada, Barcelona 2005, pág. 95 ss. 

[3] Ver, B. RUSSELL, “Por qué no soy cristiano”, en Por qué no soy cristiano, recopilación de ensayos, Barcelona 2006, pág. 34 ss. 

[4] Cfr., H. KÜNG, ¿Existe Dios?, Madrid 2005, pág. 385 ss. 

[5] M. MARTIN, Alegato contra el cristianismo, Pamplona 2007, pág. 47. 

[6] Ver, J. BLASCHKE, Las mentiras del cristianismo. Contradicciones y falsedades de la Biblia, Barcelona 2006, pág. 44 ss.

[7] Ver, SAN AGUSTÍN, ¿Por qué creer?, 3ª edición, Navarra. 

[8] Ver, j. R. PORTER, La Biblia. Las Sagradas Escrituras hebreas, los Libros Apócrifos, la llegada de Roma (Palestina en tienpos de Cristo) y el Nuevo Testamento, Barcelona 2007, pág. 9 ss.

[9] J. BLASCHKE, Jesucristo o la historia falsificada, Barcelona 2005, pág. 27 – 28. 

La fe cristiana 4.

Negar los parecidos razonables de ciertas historias[1], incluido el Génesis[2] o el diluvio universal[3], es negar que la humanidad tiende a un mismo patrón religiosos cuando va avanzando en la sociabilidad y se van mezclando las ideas, porque las ideas de unos, aunque rechazadas al principio, siempre acabarán  en la fe de los otros, porque toda la estructura de la religión, con su ansia de poder absoluto sobre el hombre, no puede permitirse el lujo de perder una herramienta del sistema por que provenga de otro, es mucho más sencillo robar la idea, copiarla, y decir que es sólo suya.

 

            Renunciar así a la riqueza de los pensamientos es contraproducente para

la Iglesia, aunque algunas ideas de mayor calado, que chocaban frontralmente con la propia base de la concepción religiosa, no sólo tuvieron que ser olvidadas, sino que sus sacerdotes y creyentes tuvieron que ser destruidos por completo, al igual que sus textos, porque esos textos suponían un pensamiento diferente que podría llevar a la gente a pensar que las ideas contrarias eran mejores que las propias.

 

            El propio Justino destaca las semejanzas entre ciertos mitos griegos y los misterios de Cristo. En unos y en otros aparecen los nacimientos virginales, las pasiones, las ascensiones. Él lo explica por el hecho de que los misterios de Cristo fueron anunciados por los profetas, a través de los cuales llegaron a conocerlos los griegos[4].

 

            Es un golpe en toda la línea de flotación de la lógica, pues las historias griegas nacieron con anterioridad a las judías, aunque hay que reconocer que ámbas tenían fuentes comunes, pero la judía no era la fuente de la griega, sino que, al contrario, sería más simple advertir las semejanzas viendo como se copia funestamente de la mitología griega y egipcia para conseguir dar forma a un nuevo mito judío, un mito que se lanza, en absoluta tromba, a la construcción de una tradición cristiana basada en los otros pero independiente por extraño designio propio.

             De esta forma, al decir que Cristo, Verbo de Dios, nació de Dios por un modo particular de generación, se trata de una denominación que le es común con Hermes, al que los griegos llaman Verbo, mensajero de Dios[5].


[1] Ver, J. BLASCHKE, Las mentiras del cristianismo. Contradicciones y falsedades de

la Biblia, Barcelona 2006, pág. 22 ss. 

[2] Ver, P. RODRIGUEZ, Mentiras fundamentales de

la Iglesia católica, Sabadell 2000, pág. 24 ss. 

[3] Ver, M. F. URRESTI, Los pecados de

la Biblia, Madrid 2006, pág. 115 ss. 

[4] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 85. 

[5] JUSTINO, I Apología, xxii,2. 

La fe cristiana 3.

Si verdaderamente vemos las comparaciones, descubrimos que, en el fondo, el espíritu es el mismo, incluso mejor, porque reconoce que ninguna religión es la única verdadera, que todas sirven para mostrar el camino, con lo que se crea un diálogo perpetuo entre religiones que permite la perfección del hombre.

            Ese es el gran problema. La negación del otro, del contrario, del considerado oponente, porque eso es lo que se pretende, evitar que el que piensa diferente pueda conseguir convencer a los demás de que, en el fondo, tiene razón. El temor de las religiones se fundamenta en la inseguridad que sienten sobre su propia verdad, dado que temen que no sea del todo cierta, por eso evitan que otros vayan en otras direcciones, que cojan otros caminos, porque puede que encuentren lo que ellos buscaban. A ese nivel, la fe en Shiva está por encima de muchas otras corrientes, porque admiten directamente la posibilidad de que todas las demás religiones puedan llevar al mismo sitio.

            El poder, la sola verdad inamovible, ha matado a mas personas que cualquier enfermedad. Por eso creo que es conveniente dar una nueva vuelta de tuerca a lo que creemos o pensamos, y llegar a una conclusión lógica, la verdad es multidireccional, es un caleidoscopio, y no se puede poseer toda la verdad. Una sola persona no puede tener la verdad del universo en su mente y creerse superior a los demás. 

En nuestra cultura, el mejor ejemplo de este tipo de representación es el Antiguo Testamento, que narra situaciones históricas como si se tratara de situaciones concretas de personajes de carne y hueso. Las demás culturas tienen también sus mitos y sus historias sagradas, muchas de las cuales coinciden con la Biblia[1].           

 No podemos ni debemos olvidar que, en el fondo, la Biblia es la recopilación de historias propias mezcladas con historias ajenas y con mitología de todos los lugares donde los judíos se asentaron, ya voluntariamente, ya obligatoriamente, por haber sido convertidos en esclavos después de perder la guerra.


[1] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 35. 

La fe cristiana 2

            No resulta, cuanto menos, sorprendente, que la imaginación de los mortales sea tan escasa que no hayan sido capaces de concebir una historia diferente para los diferentes pueblos. Aquí tenemos dos opciones, o aceptamos la historia como un mito universal, por lo que el Dios que creemos ser único no es más que una forma de llamar al Dios de los otros, o partimos de la base de que el Dios que tenemos en los altares no es más que un advenedizo que ha eliminado a un Dios más antiguo y anterior.

 

            Eso, o creer, como algunos creen, que la creación así revelada es una historia real, lo que no deja de ser curioso, porque si aceptamos esto como una historia real estaríamos proviniendo de los genes únicos de dos seres específicos, lo que supondría, científicamente, que nuestra raza se estaría degenerando generación tras generación por la mezcla de los mismos esquemas genéticos. Estamos ante un callejón sin salida, porque la cegazón de algunos impide, incluso, buscar una respuesta más objetiva a los problemas que su propia ignorancia a provocado.

 

            Siguiendo el esquema establecido, en la religión persa, Ormuz, espíritu sin cuerpo y principio del bien, prometió felicidad al primer hombre y a la primera mujer si se comportaban conforme a sus preceptos, Pero vino Arimán, el principio del mal, a tentarles con frutos deliciosos. Finalmente, la pareja terminó expulsada del lugar feliz y se vio obligada a matar animales para alimentarse y cubrirse. Y no solo ellos, sino también las siguientes generaciones fueron malditos[1].

 

            A que nos suena. Estamos ante la misma historia, una y otra vez, porque todos tenemos, al final, un inicio igual, un principio de miedo[2] que genera seres superiores que puedan controlar el destino de los hombres, abandonados a sus necesidades dentro de la tierra, salvaje y cruel.

 

            Si nos fijamos en los principios de los shivaítas[3]:

 

            1.- Los Veda son escrituras sagradas, las más antiguas del mundo. Estos himnos son la pa.labra divina y la base del hinduismo.

 

            2.- Existe un Ser Supremo inmanente y trascendente, que es a la vez creador y creación y que es todo lo que existe.

 

            3.- El universo está sujeto a ciclos infinitos de creación, preservación y disolución.

 

            4.- Todo en el universo está sujeto al karma, a la ley de causa y efecto mediante la cual cada ser individual crea su propio destino a través de su pensamiento, sus palabras y sus acciones.

 

            5.- Las almas encarnan en diferentes nacimientos hasta que todos los seres han cumplido su karma y han conseguido el conocimiento espiritual y la liberación del ciclo de existencias.

 

            6.- Los seres divinos existen en mundos que no conocemos y podemos entrar en contacto con ellos mediante la adoración en los templos, los ritmos y los sacramentos y la devoción personal.

 

            7.- Para la evolución espiritual son esenciales las directrices de un maestro, asi coma la disciplina personal, la buena conducta, la puriflcación, los ritos y la meditación.

 

            8.- Toda la vida en todas sus formas es sagrada y ha de ser respetada y reverenciada.

             9.- Ninguna religión es la única verdadera. Todas sirven para mostrar el camino y todas merecen respeto y reverencia.


[1] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 33. 

[2] Ver, B. RUSSELL, “Por qué no soy cristiano”, en Por qué no soy cristiano, recopilación de ensayos, Barcelona 2006, pág. 40 ss. 

[3] E. GALLUD JARDIEL, Shiva, el Dios de los mil nombres, Madrid 2001, pág. 155. 

La fe cristiana.

A pesar de la utilidad de la filosofía para explicar las cosas, para reforzar las tesis creadas por los propios cristianos, a pesar de ello, se considera que la misma fue robada, y que provine del diablo[1], como si todo aquello que es más complejo que una castaña fuera malo por naturaleza, y el conocimiento no sirviera para nada, o, tal vez, sirviera para demasiado, porque liberaba al hombre de las ataduras de una religión inconsciente y que dejaba perplejo a los más sabios con sus estúpidas reglas.

 

            Ante ese hecho, y teniendo en cuenta que la filosofía era un instrumento esencial de conquista emocional, el fundamento de su mantenimiento no puede ser más radical, el bien no puede brotar del mal, por lo que, si la filosofía es buena para el hombre, ha debido venir del demiurgo que creen que es Dios.

            De todas formas, no se le caén los anillos cuando selala que, “En su Providencia, el Señor de todos, griegos y bárbaros, busca el modo de persuadir a los que le quieren. Es él quien da a los griegos la filosofía `por mediación de los ángeles inferiores. Los ángeles, en efecto, están repartidos en virtud de una ordenanza divina antigua según las naciones”[2]. Después, en una inspiración totalmente delirante, concreta que “las invenciones de los hombres eminentes proceden de una inspiración divina; cuando el alma está bien dispuesta, la voluntad divina se comunica a las almas y los servidores de Dios cooperan en parte en estos servicios. En efecto, las presidencias de los ángeles están repartidas según las naciones y las ciudades y hasta puede que algunos de los que están asignados a las cosas particulares estén reservados a determinados individuos”[3].

 

            Esto lo dice sin el menor pudor una persona que ha luchado por destruir las ideas más cercanas al conocimiento filosófico griego dentro de la fe, que son las ideas gnósticas cristianas, que proliferaban en aquellos momentos por doquier. Es una verdadera pesadilla ver como un ser tan poco preparado es capaz de utilizar silogismos y argumentos sin fortaleza intelectual para convecer de lo eterno de un nuevo mensaje, un mensaje que, se dicho de paso, fue copiado de otros muchos más antiguos.

 

De la religión revelada que contienen los libros sagrados de los Veda en

la India, aprendemos que Brahma, después de crear el universo y el mundo, creó un hombre y una mujer y los hizo superiores al resto de la creación. Les llamó Adima y Heva y los alojó en un lugar privilegiado de espléndida vegetación, un paraíso terrenal situado en Ceilán, del que no debían salir y donde debían adorarle eternamente. Pero ellos, como era de esperar desobedecieron, por lo que el encanto natural que les rodeaba desapareció y se transformó en tierra inculta que tuvieron que trabajar para siempre, ellos y sus descendientes[4].

 


[1] Cfr., C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, i,16,80,5. 

[2] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, vi,2,6,3-4. 

[3] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, vi,17,157,4-5. 

[4] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 33. 

Ataque contra los distintos.

Los propios padres de la iglesia[1], entre los que podemos destacar a Clemente de Alejandría, estaban dispuestos a considerar que “la filosofía, esta cosa tan útil, floreció por tanto en épocas antiguas entre los bárbaros, manifestándose según las razas, y sólo más tarde llegó a los griegos. Los que la presiden son los profetas de Egipto y los caldeos de Asiria y los druidas de la Galia y los filósofos de los celtas y los magos de los persas y gimnosofistas de la India, y aún añadiría otros filósofos bárbaros que formas dos familias, los sármatas y los brahamanes. Entre los indios están también los que obedecen los preceptos de Buda”[2].

            Ahora bien, se cuidaban muy mucho de considerar que dichas visiones fueran anteriores a la de los profetas judíos, por lo que rompían el continuo histórico sin ningún pudor. Es una situación absolutamente Kafkiana pero real, porque sólo se utiliza el arma concreta que conviene, pero se niega la contemplación de lo que no encaja, lo que supone que nunca se va a llegar a la verdad, porque la explicación necesita de todos los datos, no sólo de los que son adecuados a nuestras ideas. 

En  un ejercicio de bastante cinismo, se señala que[3], “si bien es cierto que ha de haber enseñanza, preciso es que haya también un maestro. Cleantes reconoce a Zenón, Teofrasto a Aristóteles y Platón a Sócrates. Pero si me remonto a Pitágoras., a Ferecicles y a Tales y a los primeros sabios, busco incesantemente a su mestro. Y si tú dices que son los egipcios y los indios y los babilonios y los magos, no dejaré de buscar al maestro de éstos. De este modo te hag;o remontarte hasta la creación del hombre. Y entonces empIezo de nuevo a buscar quién es el maestro, y no será un hombre, y no habrán sido todavía instruidos; ni siquiera es un ángel, pues hemas recibido que los ángeles mismos han sido instruidos en la verdad. Sólo nos queda, después de habernos elevado sobre nosotros mismos, desear el maestro de éstos”[4].


[1] Ver, J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 62 ss. 

[2] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, i,15,71,3-6. 

[3] Ver, J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 68. 

[4] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, vi,7,57,2-3. 

Ataque contra los distintos.

La rama judío-esenia dio paso al gnóstico cristiano, cuya progenie espiritual fueron los místicos cristianos monásticos que hubo en el seno de la Iglesia, así como los alquimistas, los magos ceremoniales, los cátaros, los rosacruces, los cabalistas y, ya en los tiempos modernos, los teosofistas y otros movimientos relacionados de espiritualidad alternativa. La corriente alternativa nunca dejó de existir, pero sus manifestaciones externas fueron espasmódicas y jamás tuvieron fuerza suficiente para desafiar seriamente las ortodoxias de la corriente principal (autodeclaradas como tales)[1].  

 

Como dice Wheless, cuando los cristianos eran débiles y no tenían poder y estaban sometidos a persecuciones ocasionales como «enemigos de la especia humana», eran clamorosos e insistentes abogados de la libertad de conciencia y de culto para adorar al dios que uno eligiera; las «Apologías» cristianas a los emperadores abundan en elocuentes argumentaciones a favor de la tolerancia religiosa; y ésta les fue garantizada, a ellos ya todos, por el edicto de Milán y otros decretos imperiales. Pero cuando, por el favor de Constantino, entraron en las posiciones de mando del Estado, tomaron de una vez por todas la espada y empezaron a asesinar y robar a todos los que no querían creer lo que los sacerdotes católicos les ordenaban creer[2].

 

En un momento dado, a alguien se le ocurre una idea genial. ¿Por qué no personificamos la idea y creamos al hijo del Creador? Obviamente dicha solución es mucho más sencilla de explicar a los demás, siendo una forma de acercar Dios a los hombres, que, en algunos casos, no se identificaban adecuadamente con la historia que se les quería explicar, por lo que cualquier insturmento de comprensión era bueno.

        Justino, forzado a presentar el acontecimiento de Cristo a la vez ante el mundo pagano y ante el mundo judío, demuestra que no es extraño ni al uno ni al otro, sino que representa el momento decisivo de un designio de Dios que abarca la totalidad de la historia. Nunca ha existido sino una sola verdad que tiene su mente en el Verbo de Dios. Pero esta verdad se despliega conforme a un orden determinado. Nunca fue conocida sino parcialmente por griegos y judios hasta manifestarse plenamente en Cristo. La Iglesia la difunde por todo el mundo, hasta que tenga cumplimiento con la parusía[3].

[1] . S. A. HOELLER, Jung y los evangelios perdidos, Barcelona 2005, pág. 24.

[2] ACHARYA S., La conspiración de Cristo, Madrid 2005, pág. 32. 

[3] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 157 – 158.

Ataques contra los distintos. La Fe cristiana.

Justino[1], como no puede serde otro modo, ve en los misterios paganos una deformación de las profecías[2] bajo la influencia de los demonios que disuelve en los mitos lo que en realidad tenía una significación histórica que se ha cumplido con Jesús. De esta forma Justino se convierte en el testigo mismo del estado de la demostración evangélica a mediados del siglo II[3].

 

Con este sistema, ignorando de forma absoluta la antigüedad de cada una de las historias que se superponen, que determina la primacía de los misterios paganos sobre los misterios judíos y cristianos, convence a los iletrados y convierte toda demostración de la existencia de un espíritu común de fe en algo irrisorio, porque lo transforma en una añagaza de los demonios.

 

La fe cristiana se presenta ante todo como la transmisión oral del depósito revelado[4]. Sin comprender este particular punto de partida no se puede entender ni explicar los sucesivos cambios que ha sufrido la fe y la doctrina, porque sólo a través de la historia desmitificada sabemos lo que se ha cambiado y lo que se ha mantenido. No obstante, existe un problema, cuando los literalistas asumieron el poder cambiaron todo, destruyenron textos, modificarón párrafos enteros, por eso resulta tan complicado llegar a conclusiones de importancia en esta materia, porque ha sido manipulada.

 

            Es perentorio que entendamos este primer principio, todo lo que nos ha venido de la historia que estamos tratando o fue escondido para que nadie lo viera y ha aparecido posteriormente, o ha sido destruido, o ha sido manipulado. Sólo después de descubrimientos como los de Nag Hamadi o Qumram se ha podido desentrañar la madeja que se había tejido con el fin de permitir la visión de una sola perspectiva de la historia, que, como suele suceder habitualmente, es la historia de los vencedores, nunca de los vencidos, que acaban olvidados en fosas comunes.

             Yo, como estudioso amater en estos temas, no es que me importe demasiado lo que sucedió, porque es normal, es la regla esencial de la supervivencia, no dejar nada detrás que pueda atacarte más tarde, pero dicha regla no ha sido buena para los buscadores de verdades en nuestro occidentalizado mundo civilizado, pues se han encontrado con tantas travas que muchos han desistido antes de empezar. Es una pena.


[1] Ver, X MUSQUERA, El triunfo del paganismo, Madrid 2007, pág. 47 ss. 

[2] Ver, J. BLASCHKE, Las mentiras del cristianismo. Contradicciones y falsedades de

la Biblia, Barcelona 2006, pág. 113 ss. 

[3] J. DANIÉLOU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglos I y III, Madrid 2002, pág. 210. 

[4] Ver J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 141. 

La Comunidad del mar Muerto.

El Maestro de Justicia predicó la humildad, la penitencia, la pobreza, la castidad y el amor al prójimo; prescribe, además, la observancia de la Ley, pero una vez perfeccionada. Esta sí que es, al menos en parte, la doctrina cristiana que leemos en los Evangelios[1]. Por otro lado, el Maestro de Justicia no se libró de las persecuciones de los sacerdotes, profetizó la destrucción de Jerusalén a causa de su muerte, se presentó como el Juez Supremo que volvería al final de los tiempos y fundó una Iglesia cuyos seguidores le esperarían siempre, celebrando el ritual de una comida sacralizada, un banquete místico al que acudían con una banda de tela blanca. Ahora sí que habríamos encontrado el principio del cristianismo, si no fuera porque el Maestro de Justicia, fundador de la comunidad de Qumram, murió entre los años 63 y 65 antes de nuestra Era[2].

 

Sabían que de lo incognoscible no puede salir sino lo desconocido. Sabían que jamás podría el hombre conocer a Dios, y por eso, renunciando a buscar ya por el lado donde toda esperanza estaba vedada, se van derechos al hombre, que es lo único que conocen. Dicen: nos es imposible saber qué es Dios, dónde está, ni qué quiere; pero sabemos que, estando en todas partes y siéndolo todo, se halla necesariamente en el hombre y es el hombre; así que en el hombre y por el hombre sólo podemos descubrir su voluntad. Bajo el símbolo de la encarnación[3] ocultan, pues, la gran verdad de que todas las leyes divinas son humanas; y esta verdad no es sino el reverso de otra verdad igualmente grande, a saber; que en el hombre reside el único Dios que nos sea dado conocer. Dios se manifiesta en la naturaleza; pero jamás nos habló sino por boca del hombre. No busquéis en otra parte, en los espaciosinfmitos e inaccesibles, al Dios que os trae desasosegados e inquietos; dentro de vosotros es donde se oculta; en vuestro interior es donde habéis de descubrirle. Reside en vosotros no menos que en aquellos seres en quienes parece haberse encarnado por manera más señalada. Todo hombre es Krishna, todo hombre es Buda; entre el Dios que éstos encarnan y el que se encarna en vosotros no hay diferencia alguna; sólo que ellos acertaron a encontrarle mejor que vosotros. Imitadles y seréis iguales a ellos; y si no podéis seguirlos, escuchad, al menos, lo que os dicen, pues no pueden deciros sino lo que os diría el Dios que en vosotros reside, si hubiérais atinado a escucharle como ellos lo escucharon[4].


[1] Ver, J. ARIAS, Jesús, ese gran desconocido, Madrid 2007, pág. 36 ss. 

[2] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág4. 10. 

[3] Ver C. S. LEWIS, Dios en el banquillo, 4ª edición, Madrid 2006, pág. 46 ss. 

[4] M. MAETERLINCK, El gran secreto. Inquietudes filosóficas, Barcelona 2006, pág. 51. 

Filón de Alejandría

FILON DE ALEJANDRÍA, UN CRISTIANO SIN CRISTO.

 Filón fue judío, fue contemporáneo de Jesús de Nazaret, su doctrina idealo fue la de los esenios[1] y su filosofía, aunque él dijo no considerarse filósofo, fue la judia adaptada a la cultura griega. Pero nunca conoció a Cristo. Nació hacia el año 30 antes de nuestra era en Alejandría, de padres judíos, su lengua materna fue el griego y fue rabino en su ciudad, pero su pensamiento fue helenístico y, por tanto, universal. Hay autores  que aseguran que su patria no fue Alejandría, ni Egipto ni Palestina, ni Grecia, sino el Imperio romano[2].


[1] Ver, L. ANTEQUERA, El cristianismo desvelado, Madrid 2007, pág. 112 ss. 

[2] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 96 – 100.