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El primer Cristo.

Vamos a partir de la base de la posible existencia de Cristo, y vamos a desarrollar un poco lo que hemos visto hasta ahora, intentando comprender hacia donde van las ideas cristianas, tal como ya hemos visto.

 Para muchos investigadores Jesús[1] es un simple mito, una leyenda, que a través de los evangelios del Nuevo Testamento[2] cobra una realidad y por motivos sociológicos del momento histórico se convierte en realidad. Los mitólogos Albert Chuchward y Joseph Whelles, consideran que la existencia de Jesús es un mito construido con elementos de la escatología egipcia, especialmente Horus como ya explicaremos más adelante; pero también está la posibilidad de que su existencia estuviera basada en mitologías como la de Mitra[3], en Persia, o Krishna en la India, dos personajes que también nacen de una madre virgen. Los dos investigadores citados recuerdan que Horus y Mitra nacen el 25 de diciembre, y que en ambos casos se rodearon de doce discípulos que, más tarde, se convirtieron en los doce signos del zodiaco. Para más analogías ambos personajes resucitan, suben a los cielos y fueron llamados por sus contemporáneos hijos de Dios. Krishna, concretamente, fue la segunda persona de una trinidad y, curiosamente, fue perseguido por un tirano que también hizo asesinar a numerosos niños. Timothy Freke y Peter Gandy, en The Jesús Mysteríes, localizaron una medalla griega en la que aparece un hombre cru- cificado; se trata de una imagen muy anterior a la época de Cristo. La inscripción griega hace referencia a un dios pagano que también nació de una virgen un 25 de diciembre y fue crucificado[4]. Indudablemente se trata de analogías muy importantes y destacables para no considerarlas seriamente, y no sospechar que la historia de Jesús fue elaborada en base a todas estas leyendas o, como mínimo, aceptando su existencia, hay que creer en la posibilidad que muchos de sus hechos -nacimiento virginal, resurrección, apariciones, milagros, etc.- se basaron en leyendas del pasado y que se le atribuyeron hechos de dichas leyendas para divinizar su historia y confeccionarla dentro de una mayor majestuosidad. Consecuencia que nos lleva a admitir la existencia de Jesús como personaje singular[5].


[1] Ver, F. BLASI BIRBE, Los nombres de Cristo en la Biblia, Navarra. 

[2] Ver, J. ARIAS, Jesús, ese gran desconocido, Madrid 2007, pág. 36 ss. 

[3] Ver, L. ANTEQUERA, El cristianismo desvelado, Madrid 2007, pág. 61 ss. 

[4] Cfr., J. BLASCHKE, Jesucristo o la historia falsificada, Barcelona 2005, pág. 95 ss. 

[5] J. BLASCHKE, Jesucristo o la historia falsificada, Barcelona 2005, pág. 24 – 26. 

La fe cristiana 5.

Los gnósticos[1] paganos y cristianos imaginaban que el camino de iniciación trataba de despertar al rey que el iniciado llevaba dentro. En los Misterios paganos, se «entronizaba» al iniciado como rey, formando parte de las ceremonias de iniciación. Los gnósticos paganos de la escuela cínica llamaban «rey» en el «reino de Dios» al iniciado que comprendía. Del mismo modo, los gnósticos cristianos enseñaban que, cuando comprendamos la gnosis, nos convertiremos en reyes «autogobernados» del reino de Dios y «reinaremos sobre Todo”. Imaginaban al iniciado cristiano triunfante coronado con un halo de luz y declarando: “

la Luz se ha convertido en una corona sobre mi cabeza”

[2].La historia de la salvación[3] consistirá en la restauración progresiva de la creación espiritual en su estado primitivo. La consumación de las cosas tendrá lugar cuando todo sea sometido al Hijo: «El final, en efecto, es siempre semejante al comienzo. Y así, como el fin de todo es uno, también el comienzo de todos debe ser considerado como uno, y del mismo modo que hay un final que afecta a una multitud, también, a partir de un único comienzo, ha habido numerosas variantes y diversidades, que de nuevo, por la bondad de Dios, por la sumisión a Cristo y por la unidad del Espíritu Santo[4], son llevadas a un fin único semejante al comienzo, quiero decir la variedad de todos los que están en el cielo, en la tierra y en los infiernos. En estas tres categorías, que a partir de un comienzo único han sido dispuestas en órdenes diversos conforme a sus méritos, queda comprendido todo el universo» (i,6,2; cf. i,8,4). Esta restauración abarca la totalidad de las criaturas espirituales. Todas cayeron de su condición primera de espíritus puros y todas deben ser restablecidas en esta condición. La redención concierne por tanto no sólo a los hombres, sino también a los ángeles, los cuerpos celestes y los demonios[5].

 Todo esto nos lleva a que el final es el nuevo principio, y siendo en nuevo principio, el avance no existe, el futuro no existe, ni siquiera existe el pasado, es una constante vuelta al mismo concepto de existencia en la que el hombre debe someterse a las mismas reglas que son las originales y que, de hecho, se alejan de la realidad social actual y de la propia moral objetiva de cualquier hombre.


[1] Ver, J. ARIAS, Jesús, ese gran desconocido, Madrid 2007, pág. 151 ss. 

[2] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 33. 

[3] Ver, B. RUSSELL, “Lo que creo”, en Por qué no soy cristiano, recopilación de ensayos, Barcelona 2006, pág. 107 ss. 

[4] Ver, L. ANTEQUERA, El cristianismo desvelado, Madrid 2007, pág. 383 ss. 

[5] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 407. 

La fe cristiana 3.

Si verdaderamente vemos las comparaciones, descubrimos que, en el fondo, el espíritu es el mismo, incluso mejor, porque reconoce que ninguna religión es la única verdadera, que todas sirven para mostrar el camino, con lo que se crea un diálogo perpetuo entre religiones que permite la perfección del hombre.

            Ese es el gran problema. La negación del otro, del contrario, del considerado oponente, porque eso es lo que se pretende, evitar que el que piensa diferente pueda conseguir convencer a los demás de que, en el fondo, tiene razón. El temor de las religiones se fundamenta en la inseguridad que sienten sobre su propia verdad, dado que temen que no sea del todo cierta, por eso evitan que otros vayan en otras direcciones, que cojan otros caminos, porque puede que encuentren lo que ellos buscaban. A ese nivel, la fe en Shiva está por encima de muchas otras corrientes, porque admiten directamente la posibilidad de que todas las demás religiones puedan llevar al mismo sitio.

            El poder, la sola verdad inamovible, ha matado a mas personas que cualquier enfermedad. Por eso creo que es conveniente dar una nueva vuelta de tuerca a lo que creemos o pensamos, y llegar a una conclusión lógica, la verdad es multidireccional, es un caleidoscopio, y no se puede poseer toda la verdad. Una sola persona no puede tener la verdad del universo en su mente y creerse superior a los demás. 

En nuestra cultura, el mejor ejemplo de este tipo de representación es el Antiguo Testamento, que narra situaciones históricas como si se tratara de situaciones concretas de personajes de carne y hueso. Las demás culturas tienen también sus mitos y sus historias sagradas, muchas de las cuales coinciden con la Biblia[1].           

 No podemos ni debemos olvidar que, en el fondo, la Biblia es la recopilación de historias propias mezcladas con historias ajenas y con mitología de todos los lugares donde los judíos se asentaron, ya voluntariamente, ya obligatoriamente, por haber sido convertidos en esclavos después de perder la guerra.


[1] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 35. 

La fe cristiana 2

            No resulta, cuanto menos, sorprendente, que la imaginación de los mortales sea tan escasa que no hayan sido capaces de concebir una historia diferente para los diferentes pueblos. Aquí tenemos dos opciones, o aceptamos la historia como un mito universal, por lo que el Dios que creemos ser único no es más que una forma de llamar al Dios de los otros, o partimos de la base de que el Dios que tenemos en los altares no es más que un advenedizo que ha eliminado a un Dios más antiguo y anterior.

 

            Eso, o creer, como algunos creen, que la creación así revelada es una historia real, lo que no deja de ser curioso, porque si aceptamos esto como una historia real estaríamos proviniendo de los genes únicos de dos seres específicos, lo que supondría, científicamente, que nuestra raza se estaría degenerando generación tras generación por la mezcla de los mismos esquemas genéticos. Estamos ante un callejón sin salida, porque la cegazón de algunos impide, incluso, buscar una respuesta más objetiva a los problemas que su propia ignorancia a provocado.

 

            Siguiendo el esquema establecido, en la religión persa, Ormuz, espíritu sin cuerpo y principio del bien, prometió felicidad al primer hombre y a la primera mujer si se comportaban conforme a sus preceptos, Pero vino Arimán, el principio del mal, a tentarles con frutos deliciosos. Finalmente, la pareja terminó expulsada del lugar feliz y se vio obligada a matar animales para alimentarse y cubrirse. Y no solo ellos, sino también las siguientes generaciones fueron malditos[1].

 

            A que nos suena. Estamos ante la misma historia, una y otra vez, porque todos tenemos, al final, un inicio igual, un principio de miedo[2] que genera seres superiores que puedan controlar el destino de los hombres, abandonados a sus necesidades dentro de la tierra, salvaje y cruel.

 

            Si nos fijamos en los principios de los shivaítas[3]:

 

            1.- Los Veda son escrituras sagradas, las más antiguas del mundo. Estos himnos son la pa.labra divina y la base del hinduismo.

 

            2.- Existe un Ser Supremo inmanente y trascendente, que es a la vez creador y creación y que es todo lo que existe.

 

            3.- El universo está sujeto a ciclos infinitos de creación, preservación y disolución.

 

            4.- Todo en el universo está sujeto al karma, a la ley de causa y efecto mediante la cual cada ser individual crea su propio destino a través de su pensamiento, sus palabras y sus acciones.

 

            5.- Las almas encarnan en diferentes nacimientos hasta que todos los seres han cumplido su karma y han conseguido el conocimiento espiritual y la liberación del ciclo de existencias.

 

            6.- Los seres divinos existen en mundos que no conocemos y podemos entrar en contacto con ellos mediante la adoración en los templos, los ritmos y los sacramentos y la devoción personal.

 

            7.- Para la evolución espiritual son esenciales las directrices de un maestro, asi coma la disciplina personal, la buena conducta, la puriflcación, los ritos y la meditación.

 

            8.- Toda la vida en todas sus formas es sagrada y ha de ser respetada y reverenciada.

             9.- Ninguna religión es la única verdadera. Todas sirven para mostrar el camino y todas merecen respeto y reverencia.


[1] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 33. 

[2] Ver, B. RUSSELL, “Por qué no soy cristiano”, en Por qué no soy cristiano, recopilación de ensayos, Barcelona 2006, pág. 40 ss. 

[3] E. GALLUD JARDIEL, Shiva, el Dios de los mil nombres, Madrid 2001, pág. 155. 

Ataque contra los distintos.

Los propios padres de la iglesia[1], entre los que podemos destacar a Clemente de Alejandría, estaban dispuestos a considerar que “la filosofía, esta cosa tan útil, floreció por tanto en épocas antiguas entre los bárbaros, manifestándose según las razas, y sólo más tarde llegó a los griegos. Los que la presiden son los profetas de Egipto y los caldeos de Asiria y los druidas de la Galia y los filósofos de los celtas y los magos de los persas y gimnosofistas de la India, y aún añadiría otros filósofos bárbaros que formas dos familias, los sármatas y los brahamanes. Entre los indios están también los que obedecen los preceptos de Buda”[2].

            Ahora bien, se cuidaban muy mucho de considerar que dichas visiones fueran anteriores a la de los profetas judíos, por lo que rompían el continuo histórico sin ningún pudor. Es una situación absolutamente Kafkiana pero real, porque sólo se utiliza el arma concreta que conviene, pero se niega la contemplación de lo que no encaja, lo que supone que nunca se va a llegar a la verdad, porque la explicación necesita de todos los datos, no sólo de los que son adecuados a nuestras ideas. 

En  un ejercicio de bastante cinismo, se señala que[3], “si bien es cierto que ha de haber enseñanza, preciso es que haya también un maestro. Cleantes reconoce a Zenón, Teofrasto a Aristóteles y Platón a Sócrates. Pero si me remonto a Pitágoras., a Ferecicles y a Tales y a los primeros sabios, busco incesantemente a su mestro. Y si tú dices que son los egipcios y los indios y los babilonios y los magos, no dejaré de buscar al maestro de éstos. De este modo te hag;o remontarte hasta la creación del hombre. Y entonces empIezo de nuevo a buscar quién es el maestro, y no será un hombre, y no habrán sido todavía instruidos; ni siquiera es un ángel, pues hemas recibido que los ángeles mismos han sido instruidos en la verdad. Sólo nos queda, después de habernos elevado sobre nosotros mismos, desear el maestro de éstos”[4].


[1] Ver, J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 62 ss. 

[2] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, i,15,71,3-6. 

[3] Ver, J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 68. 

[4] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, vi,7,57,2-3. 

La Comunidad del mar Muerto.

El Maestro de Justicia predicó la humildad, la penitencia, la pobreza, la castidad y el amor al prójimo; prescribe, además, la observancia de la Ley, pero una vez perfeccionada. Esta sí que es, al menos en parte, la doctrina cristiana que leemos en los Evangelios[1]. Por otro lado, el Maestro de Justicia no se libró de las persecuciones de los sacerdotes, profetizó la destrucción de Jerusalén a causa de su muerte, se presentó como el Juez Supremo que volvería al final de los tiempos y fundó una Iglesia cuyos seguidores le esperarían siempre, celebrando el ritual de una comida sacralizada, un banquete místico al que acudían con una banda de tela blanca. Ahora sí que habríamos encontrado el principio del cristianismo, si no fuera porque el Maestro de Justicia, fundador de la comunidad de Qumram, murió entre los años 63 y 65 antes de nuestra Era[2].

 

Sabían que de lo incognoscible no puede salir sino lo desconocido. Sabían que jamás podría el hombre conocer a Dios, y por eso, renunciando a buscar ya por el lado donde toda esperanza estaba vedada, se van derechos al hombre, que es lo único que conocen. Dicen: nos es imposible saber qué es Dios, dónde está, ni qué quiere; pero sabemos que, estando en todas partes y siéndolo todo, se halla necesariamente en el hombre y es el hombre; así que en el hombre y por el hombre sólo podemos descubrir su voluntad. Bajo el símbolo de la encarnación[3] ocultan, pues, la gran verdad de que todas las leyes divinas son humanas; y esta verdad no es sino el reverso de otra verdad igualmente grande, a saber; que en el hombre reside el único Dios que nos sea dado conocer. Dios se manifiesta en la naturaleza; pero jamás nos habló sino por boca del hombre. No busquéis en otra parte, en los espaciosinfmitos e inaccesibles, al Dios que os trae desasosegados e inquietos; dentro de vosotros es donde se oculta; en vuestro interior es donde habéis de descubrirle. Reside en vosotros no menos que en aquellos seres en quienes parece haberse encarnado por manera más señalada. Todo hombre es Krishna, todo hombre es Buda; entre el Dios que éstos encarnan y el que se encarna en vosotros no hay diferencia alguna; sólo que ellos acertaron a encontrarle mejor que vosotros. Imitadles y seréis iguales a ellos; y si no podéis seguirlos, escuchad, al menos, lo que os dicen, pues no pueden deciros sino lo que os diría el Dios que en vosotros reside, si hubiérais atinado a escucharle como ellos lo escucharon[4].


[1] Ver, J. ARIAS, Jesús, ese gran desconocido, Madrid 2007, pág. 36 ss. 

[2] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág4. 10. 

[3] Ver C. S. LEWIS, Dios en el banquillo, 4ª edición, Madrid 2006, pág. 46 ss. 

[4] M. MAETERLINCK, El gran secreto. Inquietudes filosóficas, Barcelona 2006, pág. 51. 

Preexistencia de las almas II.

Los antiguos veían la imagen de la virgen María dando a luz a Jesús en una cueva como una alusión mítica a la diosa virgen de la Justicia, que se representa sentada a la entrada de la cueva del cosmos, enviando psiques a la encarnación física. Parménides dice: «La diosa envía las psiques de lo invisible a lo visible y viceversa»[1].
Para los gnósticos, los dos caminos representaban recordar y olvidar. El camino de la derecha es recordar nuestra verdadera naturaleza y nos lleva al cielo. El camino de la izquierda es olvidar nuestra verdadera naturaleza y nos lleva de vuelta a la cueva del cosmos. Los gnósticos paganos imaginaban que a los que tomaban el camino de la izquierda se les daba de beber un «brebaje para olvidar», tras lo cual se encontraban reencarnados en un cuerpo físico. Los gnósticos cristianos también comparaban nuestro estado presente con el olvido, el sueño, la borrachera y la muerte, estados de los que debe- mos despertar a través de la gnosis. En la mitología pagana, el Dios-hombre preside el camino de la derecha hacia la liberación y la diosa preside el de la izquierda, hacia la reencarnación[2].
Aunque todos los gnósticos admitían tres principios: el Dios extraño, el Demiurgo creador del mundo, y el Cosmocrator que reinaba sobre los demonios, Mani no reconocía más que dos: la Luz y las Tinieblas, que precedieron a la existencia del cielo y de la tierra. El Padre de la Grandeza habita el País de Luz, que se escalona en cinco moradas que corresponden a su inteligencia, su razón, su pensamiento, su reflexión y su voluntad. «El rey de las Tinieblas reside en su tierra tenebrosa, en sus cinco mundos, el mundo del humo, el mundo del fuego, el mundo del viento, el mundo de las aguas yel mundo de las tinieblas». Los dos reinos no tenían sino una única frontera común, y se extendían sin límite hacia los otros lados. El rey de las Tinieblas subió al asalto del País de Luz, cuyo resplandor codiciaba; el Padre de la Grandeza lo combatió con ayuda del Hombre Primordial, dotado de cinco elementos bienhechores, pero que fue engullido por las tinieblas. Para salvarlo y para rechazar la invasión, el Padre de la Grandeza invocó una nueva fuerza: el Espíritu vivo, cuyos cinco hijos se llaman el Ornamento de Esplendor, el Rey de Honor, Adamas-Luz, el Rey de Gloria y el Portador. Crearon el universo a fin de hacer de él una muralla que separase el País de Luz del reino de las Tinieblas, pero tomaron como materiales los cuerpos de sus enemigos capturados; así, el cielo y la tierra estuvieron constituidos por la carne de los demo- nios encadenados, y los astros por parcelas luminosas que ellos se habían tragado y que se les forzó a regurgitar. El Mensajero, que habitaba en el sol con doce vírgenes que representaban doce virtudes (la Sabiduría, la Pureza, la Paciencia, etc.), recibió el encargo de regular los movimientos cósmicos. Cuando el Hombre Primordial fue rescatado finalmente de las tinieblas, dejó allí una parte de su luz, que los demonios recuperaron y dieron a Ashaqloun, hijo del rey de las Tinieblas, el cual, uniéndose con su mujer Namrael, engendró a Adán ya Eva, en los que encerró este depósito luminoso. La raza humana ha nacido pues del Príncipe de las Tinieblas, deseoso de mantener cautiva en la tierra la sustancia radiante perdida por el Hombre Primordial[3].
Se habla a menudo del maniqueísmo como de un sistema que pone a los buenos a un lado ya los malos en otro: ésa es una interpretación equivocada de su dogma. Todo el mundo es malo en el maniqueísmo: hombres, animales, plantas, parajes, todos han sido creados con materia tenebrosa, ya por el propio Ashqloun, ya por sus arcontes. La única posibilidad de salvación es oír una “llamada” del Mensajero de la Luz. No hay buenos, sólo hay “llamados” que toman conciencia de lo trágico de la condi- ción humana, y que saben expulsar de sí mismos las tinieblas por medio de una conducta ascética que implica la abstinencia de carne y de vino, la renuncia a la propiedad individual, el rechazo del matrimonio. Los maniqueos se dividían en dos clases de iniciados: los Elegidos, que se imponían duras pruebas y llevaban una vida monacal «que ha ejercido, sin la menor duda, una vigo- rosa influencia en la vida monástica de los cristianos», según Hans Jonas, y los Oyentes o Soldados, que podían casarse y poseer bienes, pero observaban también determinadas prohibiciones (no matar ningún animal, no perjurar, etc.) y cincuenta días de ayuno al año. Un Oyente se santificaba ocupándose de un Elegido, que no se concedía siquiera el derecho a partir el pan. Los misioneros del maniqueísmo, entre los que había mujeres, se desplazaban lejos a enseñar su religión; ésta fue su otra diferencia con el gnosticismo, que sólo quería constituir una élite de iniciados, y no pretendía que su moral pasase a dominio público[4].
Nosotros nos basamos en una idea clara, el hombre, junto a todo lo que existe, forma parte de Dios, que es el Todo. Así, ya se ha planteado en la Edad Media que Dios es una esfera infinita cuyo centro se halla en todas partes y su circunferencia en ninguna[5].
[1] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 157.

[2] Ibidem., pág. 158.

[3] S. ALEXANDRIAN, Historia de la Filosofía oculta, Madrid 2003, pág. 97 – 98.

[4] Ibidem., pág. 98.

[5] El libro de los veinticuatro filósofos, Barcelona 2000, pág. 47. En latín podemos reflejarlo como:
“Deus est sphaera infinita cuios centrum est ubique, circumferentia nusqual”.

La Encarnación del Poder VIII.

IBLIS.
Sa´di cuenta en su Bustan, la siguiente historia en verso sobre Iblis[1]:
“No sé en que libro leí
que alguien vio a Iblis en un sueño.
Su aspesto era angelical como el de un majestuoso pino,
una luz como la del sol iluminadaba su rostro.
El soñador se acercó a él y exclamó:
¡Sorprendente!, ¿eres tú? ¡ningún ángel posee tal belleza!
Con un rostro así, bello como la luna,
¿por qué te conoce el mundo como un ser horrendo?
¿Por qué el pintor del destino, en el palacio del Rey, el mundo,
te ha dibujado un rostro tan sombrío, grotesco y repulsivo?”
Cuando el desdichado demonio escuchó estas palabras,
Gritando, exclamó entre sollozos:
“¡Oh, afortunado! ¿Este no es mi aspecto real!
¿Pero la pluma está en manos de mi enemigo!”.

Me ha parecido interesante comenzar la historia de Iblis con este poema, sobre todo porque es esencial comprender cual es la teoría de Iblis dentro del sufismo. Lo que a todo el mundo le parece ilógico es que un ser creado se enfrente a su creador por motivos extraños, sabiendo que nunca tendrá el poder para vencer al que está por encima de todo.
Ese concepto es el que no cuadra en ningún momento en la religión cristiana, el hecho de admitir que el Diablo, Satanás o quien quieras, creado por Dios, sabiendo que no puede vencer a su propio creador, sigue una lucha insostenible que no lleva a ninguna parte, porque el final parece claro.
Es, por lo tanto, obligatorio, entender que el sistema no cuadra desde el principio. Tenemos tres ideas claras:
1.- O es creado por Dios, y entonces sólo una actitud negativa hacia Dios le aparta de él, pero no supone un enfrentamiento entre iguales y una lucha entre el bien y el mal.
2.- El Dios al que se enfrenta es el Demiurgo, y en ese sistema estan igualados, por lo que se puede permitir el lujo de luchar.
3.- Existe un dualismo, bien / mal, donde los dioses están en las mismas circunstancias y cada uno tiene un poder similar.
Lo que nos lleva, al fondo de la cuestión. Tal como acontece dentro del propio sistema interior del hombre, existe una doble opción de vida, elegir una vía moral general y determinada por otros, o una propia, y dentro de ello una vía para el bien relativo y otra para el mal relativo. Es aquí donde debemos elegir.
Por encima de cualquier otra consideración, el ser humano, desde el punto de vista del pensamiento antiguo (helenístico) era un individuo de una especie sin compromisos éticos con sus semejantes, viviendo una sociedad radicalmente individualizada[2].
Esta idea, que se contrapone con la ética social del cristianismo, que nos lleva a pensar en los demás antes que en nosotros, es la idea básica de cualquier sociedad que contemple al hombre como el fin y la esencia. Ningún hombre que pierde la condición de tal y acaba siendo esclavizado por la cultura de la sumisión, puede alcanzar una libertad suficiente como para ser capaz de vivir su vida con dignidad y poder seguir existiendo sin necesidad de someterse.
No queremos seguir viviendo en una situación en la que nos obligan a trabajar para los demás sin que los demás se dignen trabajar para nosotros, colocándonos en posición de esclavitud o de sumisión. Aceptamos la moral del otro, de la ayuda, y acabamos sin anda, sólo dando, nunca recibiendo, nunca siendo, nunca vivos. Eso no es el sistema que queremos los que vemos en nuestra existencia algo importante, tan importante como la existencia del resto de los hombres.

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[1] J. NURBAKHHSH, El gran Satán. Una visión sufí del ángel caido, Madrid 2006, pág. 15 – 16.

[2] F. SUÁREZ BILBAO, De Jerusalén a Roma. La historia del judaísmo al cristianismo (de 272 a. C. A 392 d. C.), Barcelona 2006, pág. 22.

La encarnación del Poder VI.

¿Es el Mal una cuestión de ausencia de bien, al igual que elfrío es ausencia de calor o la oscuridad ausencia de luz? O, por el contrario, ¿se trata de una fuerza activa, de una entidad que se rebela contra la bondad divina, como el Satanás de Milton? Un debate muy antiguo, desde Sócrates, para quien la maldad es una «privación» del bien moral, hasta los maniqueos y neoplatónicos, para quienes se trataba de una fuerza en constante antagonismo con la bondad[1].
En el fondo la cuestión es dilucidar si hacemos el mal porque no conocemos el bien o lo hacemos porque aún conociendo el bien pensamos que nuestra posición quedará más fortalecida con esta actuación. El final, que puede ser el mismo, no nos debe importar, lo que nos importa aquí es la intención, y dentro de la intención, existe una clara tendencia dolosa del hombre, pues suele gustar de hacer el mal como forma de obtener beneficios o simplemente para disfrutar.
El mal es una cuestión de voluntad, pero no sólo de voluntad, sino de definición, de concepción. El mal es un concepto prácticamente relativo que lo único que significa es establecer limitaciones específicas a personas concretas con lo que se busca que los objetivos de otros sean obtenidos antes que los propios. El mal no es otra cosa que lo que a otro no le parece bien. Excepto conceptos determinados de forma general que todos aceptan, el resto es una forma de dominación que impide al hombre ser libre.
De esta forma, el mal es un simple producto, a veces de consumo, que determina el uso de la vida y de los tiempos de las personas. El mal se convierte en un esquema específico que no debe ser tocado, pero que resulta tan atractivo que, al final, se entra en el camino, de esta forma el que considera el mal puede controlar al que lo comete, utilizando la culpa, o, simplemente, utilizando la fe misma del pobre que acaba de realizar lo que verdaderamente desea, pero que no puede hacer porque lo tiene prohibido por unas reglas inútiles e incomprensibles.
Hay una idea en el principio del cristianismo que siempre me ha dejado asombrado, y que todavía me deja sin palabras, sobre todo porque parece que es el sistema adecuado para determinar la evolución humana. En este sentido, Ireneo lo expresa perfectamente cuando señala: “Dios pudo perfectamente dar desde el principio la perfección al hombre, pero éste, recién creado, no podía soportarla. y de ahí que el Hijo de Dios, que era perfecto, se hiciera niño con el hombre, no por conveniencia suya, sino a causa del hombre, para que el hombre pudiera recibirle… Segun el plan de Dios, el hombre ha sido creado para que exista a imagen y semejanza del Dios increado; el Padre aprobaba y ordenaba; el Hijo servía y creaba; el Espíritu nutría y el hombre progresaba poco a poco hasta alcanzar la perfección… Era preciso que primero fuera creado el hombre, que luego creciera, se fortaleciera, se multiplicara, fuero vivificado, después glorificado y, una vez glorificado, contemplara a Dios… No tienen razón, por tanto, los que no saben esperar el tiempo del progreso y atribuyen a Dios la debilidad de su propia naturaleza. Ignorando a Dios ya sí mismos, inquietos e ingratos, negándose a ser ante todo aquello que han sido hechos, es decir hombres capaces de pasión, y desbordando en cambio la ley de la naturaleza humana y antes de hacerse hombres, ya quieren ser iguales que el Dios creador» (iv,38,2-4)[2]
Sí lo pudo hacer, por qué no lo hizo. Estamos locos o qué. Debemos saber que la perfección es un camino, y el camino debe ser lógico, pero absolutamente lógico. Si pretendemos que la vida humana tienda a la existencia de la felicidad, lo que no podemos admitir es que el Creador, todo perfección, nos coloque en una posición inadecuada para cumplir con nuestros objetivos esenciales.
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[1] M. CUETO, “Dramaturgias del mal”, en V. DOMÍNGUEZ (Coord.), Imágenes del mal, Madrid 2003, pág. 86.

[2] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 389164.

La encarnación del Poder V.

La humanidad es mala y corrupta, un mentiroso cegado por sus propios engaños, pero astuto dentro de los confines de su ignorancia. Y la humanidad es débil, aunque fuerte en su debilidad, pues la humanidad por su astucia puede absorber la fuerza de los verdaderamente fuertes y derribarlos con ella. Y la humanidad engendra muerte, la muerte del alma, y da vida a los tortuosos conflictos de la mente en los cuales el alma ha quedado atrapada. Y la humanidad sostiene a quien quiera que mantenga la corrupción y la decadencia que son su sangre vital. Y la hurnanidad destruye todo lo que promete traer el espíritu de la pureza y expulsar la corrupción, Y la humanidad encandila con una fachada dulce que oculta un corazón traicionero. Y la humanidad habla de amor, y deja las cicatrices del aborrecimiento a su paso. Y la humanidad grita paz, y trae la guerra. Y la humanidad habla de gloria y de un destino magnífico, y conduce cada vez mas hacia las profundidades de la muerte y la degradación. y la humanidad está rebosante de promesas y de las llamadas buenas intenciones, pero detrás de eso hay un rastro de fracasos abyectos y de traiciones. Y la humanidad tiene miedo por eso y está empapada de maldad[1].
No hay nada más maligno en el universo que el hombre. Su mundo es el Infierno, y él mismo es el Diablo[2].
Total, más de lo mismo. En los conceptos demonológicos que se implantan desde el nacimiento del cristianismo se identifica el demonio no sólo con el ser que engaña al hombre y le expulsa del paraiso, sino con todos aquellos dioses adorados por otras religiones que, de pronto, se convierten en la imagen misma del mal, única forma de establecer un sistema de control unificado de creencias y de concretar el centro de atención de los hombres, la existencia de un único Dios, siendo los demás seres que engañan a los hombres y, por lo tanto, diablos.
………….
[1] R. DE GRIMSTON, “La humanidad es el Diablo”, en Cultura del Apocalipsis, Madrid 2002, pág. 66.

[2] Ibidem.