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El primer Cristo 2.
4. Diciembre 2009 by admin.
La aceptación de que Jesús fue un personaje histórico real es fundamental para todas las formas de cristianismo[1]. Aunque el cristianismo liberal niega la divinidad de Jesús, se siente, no obstante, obligado a aceptar su historicidad, a saber, que fue un ser humano que vivió en tiempos de Poncio Pilato o en torno a aquellas fechas. El cristianis- mo ortodoxo, además de aceptar la historicidad de Jesús, admite varias hipótesis que la presuponen. La creencia en que Jesús nació de una virgen a comienws del siglo I, fue crucificado[2] por orden de PonCio Pilato, resucitó y volverá rodeado de gloria para juzgar a vivos y muertos da por supuesta la historicidad de Jesús. En realidad, esa historicidad no la dan por sentada sólo los cristianos sino que es aceptada por la inmensa mayoría de los no cristianos y de los anticristianos. Los musulmanes, por ejemplo, aunque niegan que Jesús sea el hijo de Dios, mantienen que fue el mayor de los profetas. Al aceptar sin cuestionamiento la historicidad de Jesús, algunos críticos famosos del cristianismo, como Russell[3] y Nietzsche[4], valoraron su ejemplo moral y sus enseñanzas. Resulta raro que alguien considere, incluso, la idea de que Jesús es un mito, y mucho más que se la plantee seriamente. Según ha observado Gordon Stein, una autoridad en el terreno del librepensamiento y el racionalismo, “la gente corriente puede considerar extraño y chocante que alguien ponga en duda hoy día la existencia de Jesucristo”[5].
Como Amnon Ben-Tor, vamos a dar por hecho que existió un hombre que se llamaba Jesús y que se convirtió en el origen de una de las religiones más importantes de nuestro planeta. Vamos a dar por hecho su existencia no porque en el Nuevo Testamento aparezcan sus hechos, sino porque también aparecen en los manuscritos de Nag Hammadi[6], manuscritos que nos ofrecen otra versión más seria, rigu- rosa y menos infantilizada que la del Nuevo Testamento. En cualquier caso analizaremos las dos versiones y veremos que sus contenidos difieren profundamente, pero que siempre nos hablan de un personaje muy peculiar. Forzosamente tenemos que creer[7] en la existencia del personaje de Jesús, de lo contrario este libro no tendría ninguna finalidad, seria absurdo dedicar cientos de páginas a las palabras de un personaje que no ha existido y que ha sido un mito. Así que inicialmente admitiremos su existencia, no sin otorgarle la duda de que toda su historia sea una magistral composición hecha por una serie de escritores que se basaron en leyendas egipcias. Un relato como los hechos aparecidos en las tablillas mesopotámicas donde se relata la epopeya de Gilgamesh y que son coincidentes con las historias que se relatan en el Antiguo Testamento, especialmente en el Pentateuco[8]. Indudablemente la aceptación de la existencia de Jesús no implica aceptar que sea hijo de Dios. Así, a lo largo del libro, será tratado como un personaje excepcional, un hombre o profeta que nos legó un importante mensaje que aún interpretamos con dificultad. Que Jesús sea hijo de Dios es una cuestión de fe, y no depende de la historia que abordaremos durante su tránsito por una época lejana de nuestra civilización. Su divinidad es un tema en el cual este autor no piensa entrar, ya que forma parte de un debate teológico mucho más profundo, pero no por ello se trataran aspectos sobre esta divinidad, interpretaciones y versiones que aparecen en los evangelios gnósticos y en los llamados ortodoxos. Estas versiones y otras interpretaciones bíblicas, nos llevarán a comprender que existen muchos misterios y muchos errores. Buscar estas explicaciones no debe interpretarse como una irrespetuosidad, sino como una necesidad de desinfantilizar ciertas versiones y enfrentamos a la realidad de un personaje cuyas palabras fueron recogidas de forma diferente e implican también versiones distintas. Creo que en el comienzo del siglo XXI, más que nunca es preciso clarificar, polemizar, dialogar, hacer transparente los hechos de la vida de Jesús, escuchando todas las tendencias y buscando en sus palabras una espiritualidad que pueda dar respuesta a los creyentes ya los escépticos. A veces plantear estos temas puede significar un sacrilegio, por tanto me remito a lo que escribe Rom Landau en el prefacio de su libro Dios es mi aventura: «El significado de mi aventura es una búsqueda de Dios. Que el lector decida si semejante búsqueda puede ser un sacrilegio.»[9]
[1] Ver, A. FIERRO, El hecho religioso, Barcelona 1981.
[2] Cfr., J. BLASCHKE, Jesucristo o la historia falsificada, Barcelona 2005, pág. 95 ss.
[3] Ver, B. RUSSELL, “Por qué no soy cristiano”, en Por qué no soy cristiano, recopilación de ensayos, Barcelona 2006, pág. 34 ss.
[4] Cfr., H. KÜNG, ¿Existe Dios?, Madrid 2005, pág. 385 ss.
[5] M. MARTIN, Alegato contra el cristianismo, Pamplona 2007, pág. 47.
[6] Ver, J. BLASCHKE, Las mentiras del cristianismo. Contradicciones y falsedades de la Biblia, Barcelona 2006, pág. 44 ss.
[7] Ver, SAN AGUSTÍN, ¿Por qué creer?, 3ª edición, Navarra.
[8] Ver, j. R. PORTER, La Biblia. Las Sagradas Escrituras hebreas, los Libros Apócrifos, la llegada de Roma (Palestina en tienpos de Cristo) y el Nuevo Testamento, Barcelona 2007, pág. 9 ss.
[9] J. BLASCHKE, Jesucristo o la historia falsificada, Barcelona 2005, pág. 27 – 28.
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El primer Cristo.
1. Diciembre 2009 by admin.
Vamos a partir de la base de la posible existencia de Cristo, y vamos a desarrollar un poco lo que hemos visto hasta ahora, intentando comprender hacia donde van las ideas cristianas, tal como ya hemos visto.
Para muchos investigadores Jesús[1] es un simple mito, una leyenda, que a través de los evangelios del Nuevo Testamento[2] cobra una realidad y por motivos sociológicos del momento histórico se convierte en realidad. Los mitólogos Albert Chuchward y Joseph Whelles, consideran que la existencia de Jesús es un mito construido con elementos de la escatología egipcia, especialmente Horus como ya explicaremos más adelante; pero también está la posibilidad de que su existencia estuviera basada en mitologías como la de Mitra[3], en Persia, o Krishna en la India, dos personajes que también nacen de una madre virgen. Los dos investigadores citados recuerdan que Horus y Mitra nacen el 25 de diciembre, y que en ambos casos se rodearon de doce discípulos que, más tarde, se convirtieron en los doce signos del zodiaco. Para más analogías ambos personajes resucitan, suben a los cielos y fueron llamados por sus contemporáneos hijos de Dios. Krishna, concretamente, fue la segunda persona de una trinidad y, curiosamente, fue perseguido por un tirano que también hizo asesinar a numerosos niños. Timothy Freke y Peter Gandy, en The Jesús Mysteríes, localizaron una medalla griega en la que aparece un hombre cru- cificado; se trata de una imagen muy anterior a la época de Cristo. La inscripción griega hace referencia a un dios pagano que también nació de una virgen un 25 de diciembre y fue crucificado[4]. Indudablemente se trata de analogías muy importantes y destacables para no considerarlas seriamente, y no sospechar que la historia de Jesús fue elaborada en base a todas estas leyendas o, como mínimo, aceptando su existencia, hay que creer en la posibilidad que muchos de sus hechos -nacimiento virginal, resurrección, apariciones, milagros, etc.- se basaron en leyendas del pasado y que se le atribuyeron hechos de dichas leyendas para divinizar su historia y confeccionarla dentro de una mayor majestuosidad. Consecuencia que nos lleva a admitir la existencia de Jesús como personaje singular[5].
[1] Ver, F. BLASI BIRBE, Los nombres de Cristo en la Biblia, Navarra.
[2] Ver, J. ARIAS, Jesús, ese gran desconocido, Madrid 2007, pág. 36 ss.
[3] Ver, L. ANTEQUERA, El cristianismo desvelado, Madrid 2007, pág. 61 ss.
[4] Cfr., J. BLASCHKE, Jesucristo o la historia falsificada, Barcelona 2005, pág. 95 ss.
[5] J. BLASCHKE, Jesucristo o la historia falsificada, Barcelona 2005, pág. 24 – 26.
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La fe cristiana 5.
26. Noviembre 2009 by admin.
Los gnósticos[1] paganos y cristianos imaginaban que el camino de iniciación trataba de despertar al rey que el iniciado llevaba dentro. En los Misterios paganos, se «entronizaba» al iniciado como rey, formando parte de las ceremonias de iniciación. Los gnósticos paganos de la escuela cínica llamaban «rey» en el «reino de Dios» al iniciado que comprendía. Del mismo modo, los gnósticos cristianos enseñaban que, cuando comprendamos la gnosis, nos convertiremos en reyes «autogobernados» del reino de Dios y «reinaremos sobre Todo”. Imaginaban al iniciado cristiano triunfante coronado con un halo de luz y declarando: “
[2].La historia de la salvación[3] consistirá en la restauración progresiva de la creación espiritual en su estado primitivo. La consumación de las cosas tendrá lugar cuando todo sea sometido al Hijo: «El final, en efecto, es siempre semejante al comienzo. Y así, como el fin de todo es uno, también el comienzo de todos debe ser considerado como uno, y del mismo modo que hay un final que afecta a una multitud, también, a partir de un único comienzo, ha habido numerosas variantes y diversidades, que de nuevo, por la bondad de Dios, por la sumisión a Cristo y por la unidad del Espíritu Santo[4], son llevadas a un fin único semejante al comienzo, quiero decir la variedad de todos los que están en el cielo, en la tierra y en los infiernos. En estas tres categorías, que a partir de un comienzo único han sido dispuestas en órdenes diversos conforme a sus méritos, queda comprendido todo el universo» (i,6,2; cf. i,8,4). Esta restauración abarca la totalidad de las criaturas espirituales. Todas cayeron de su condición primera de espíritus puros y todas deben ser restablecidas en esta condición. La redención concierne por tanto no sólo a los hombres, sino también a los ángeles, los cuerpos celestes y los demonios[5].
Todo esto nos lleva a que el final es el nuevo principio, y siendo en nuevo principio, el avance no existe, el futuro no existe, ni siquiera existe el pasado, es una constante vuelta al mismo concepto de existencia en la que el hombre debe someterse a las mismas reglas que son las originales y que, de hecho, se alejan de la realidad social actual y de la propia moral objetiva de cualquier hombre.
[1] Ver, J. ARIAS, Jesús, ese gran desconocido, Madrid 2007, pág. 151 ss.
[2] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 33.
[3] Ver, B. RUSSELL, “Lo que creo”, en Por qué no soy cristiano, recopilación de ensayos, Barcelona 2006, pág. 107 ss.
[4] Ver, L. ANTEQUERA, El cristianismo desvelado, Madrid 2007, pág. 383 ss.
[5] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 407.
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La fe cristiana 4.
20. Noviembre 2009 by admin.
Negar los parecidos razonables de ciertas historias[1], incluido el Génesis[2] o el diluvio universal[3], es negar que la humanidad tiende a un mismo patrón religiosos cuando va avanzando en la sociabilidad y se van mezclando las ideas, porque las ideas de unos, aunque rechazadas al principio, siempre acabarán en la fe de los otros, porque toda la estructura de la religión, con su ansia de poder absoluto sobre el hombre, no puede permitirse el lujo de perder una herramienta del sistema por que provenga de otro, es mucho más sencillo robar la idea, copiarla, y decir que es sólo suya.
Renunciar así a la riqueza de los pensamientos es contraproducente para
El propio Justino destaca las semejanzas entre ciertos mitos griegos y los misterios de Cristo. En unos y en otros aparecen los nacimientos virginales, las pasiones, las ascensiones. Él lo explica por el hecho de que los misterios de Cristo fueron anunciados por los profetas, a través de los cuales llegaron a conocerlos los griegos[4].
Es un golpe en toda la línea de flotación de la lógica, pues las historias griegas nacieron con anterioridad a las judías, aunque hay que reconocer que ámbas tenían fuentes comunes, pero la judía no era la fuente de la griega, sino que, al contrario, sería más simple advertir las semejanzas viendo como se copia funestamente de la mitología griega y egipcia para conseguir dar forma a un nuevo mito judío, un mito que se lanza, en absoluta tromba, a la construcción de una tradición cristiana basada en los otros pero independiente por extraño designio propio.
De esta forma, al decir que Cristo, Verbo de Dios, nació de Dios por un modo particular de generación, se trata de una denominación que le es común con Hermes, al que los griegos llaman Verbo, mensajero de Dios[5].
[1] Ver, J. BLASCHKE, Las mentiras del cristianismo. Contradicciones y falsedades de
[2] Ver, P. RODRIGUEZ, Mentiras fundamentales de
[3] Ver, M. F. URRESTI, Los pecados de
[4] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 85.
[5] JUSTINO, I Apología, xxii,2.
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La fe cristiana.
5. Noviembre 2009 by admin.
A pesar de la utilidad de la filosofía para explicar las cosas, para reforzar las tesis creadas por los propios cristianos, a pesar de ello, se considera que la misma fue robada, y que provine del diablo[1], como si todo aquello que es más complejo que una castaña fuera malo por naturaleza, y el conocimiento no sirviera para nada, o, tal vez, sirviera para demasiado, porque liberaba al hombre de las ataduras de una religión inconsciente y que dejaba perplejo a los más sabios con sus estúpidas reglas.
Ante ese hecho, y teniendo en cuenta que la filosofía era un instrumento esencial de conquista emocional, el fundamento de su mantenimiento no puede ser más radical, el bien no puede brotar del mal, por lo que, si la filosofía es buena para el hombre, ha debido venir del demiurgo que creen que es Dios.
De todas formas, no se le caén los anillos cuando selala que, “En su Providencia, el Señor de todos, griegos y bárbaros, busca el modo de persuadir a los que le quieren. Es él quien da a los griegos la filosofía `por mediación de los ángeles inferiores. Los ángeles, en efecto, están repartidos en virtud de una ordenanza divina antigua según las naciones”[2]. Después, en una inspiración totalmente delirante, concreta que “las invenciones de los hombres eminentes proceden de una inspiración divina; cuando el alma está bien dispuesta, la voluntad divina se comunica a las almas y los servidores de Dios cooperan en parte en estos servicios. En efecto, las presidencias de los ángeles están repartidas según las naciones y las ciudades y hasta puede que algunos de los que están asignados a las cosas particulares estén reservados a determinados individuos”[3].
Esto lo dice sin el menor pudor una persona que ha luchado por destruir las ideas más cercanas al conocimiento filosófico griego dentro de la fe, que son las ideas gnósticas cristianas, que proliferaban en aquellos momentos por doquier. Es una verdadera pesadilla ver como un ser tan poco preparado es capaz de utilizar silogismos y argumentos sin fortaleza intelectual para convecer de lo eterno de un nuevo mensaje, un mensaje que, se dicho de paso, fue copiado de otros muchos más antiguos.
De la religión revelada que contienen los libros sagrados de los Veda en
[1] Cfr., C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, i,16,80,5.
[2] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, vi,2,6,3-4.
[3] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, vi,17,157,4-5.
[4] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 33.
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Ataque contra los distintos.
29. Octubre 2009 by admin.
Los propios padres de la iglesia[1], entre los que podemos destacar a Clemente de Alejandría, estaban dispuestos a considerar que “la filosofía, esta cosa tan útil, floreció por tanto en épocas antiguas entre los bárbaros, manifestándose según las razas, y sólo más tarde llegó a los griegos. Los que la presiden son los profetas de Egipto y los caldeos de Asiria y los druidas de la Galia y los filósofos de los celtas y los magos de los persas y gimnosofistas de la India, y aún añadiría otros filósofos bárbaros que formas dos familias, los sármatas y los brahamanes. Entre los indios están también los que obedecen los preceptos de Buda”[2].
Ahora bien, se cuidaban muy mucho de considerar que dichas visiones fueran anteriores a la de los profetas judíos, por lo que rompían el continuo histórico sin ningún pudor. Es una situación absolutamente Kafkiana pero real, porque sólo se utiliza el arma concreta que conviene, pero se niega la contemplación de lo que no encaja, lo que supone que nunca se va a llegar a la verdad, porque la explicación necesita de todos los datos, no sólo de los que son adecuados a nuestras ideas.
En un ejercicio de bastante cinismo, se señala que[3], “si bien es cierto que ha de haber enseñanza, preciso es que haya también un maestro. Cleantes reconoce a Zenón, Teofrasto a Aristóteles y Platón a Sócrates. Pero si me remonto a Pitágoras., a Ferecicles y a Tales y a los primeros sabios, busco incesantemente a su mestro. Y si tú dices que son los egipcios y los indios y los babilonios y los magos, no dejaré de buscar al maestro de éstos. De este modo te hag;o remontarte hasta la creación del hombre. Y entonces empIezo de nuevo a buscar quién es el maestro, y no será un hombre, y no habrán sido todavía instruidos; ni siquiera es un ángel, pues hemas recibido que los ángeles mismos han sido instruidos en la verdad. Sólo nos queda, después de habernos elevado sobre nosotros mismos, desear el maestro de éstos”[4].
[1] Ver, J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 62 ss.
[2] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, i,15,71,3-6.
[3] Ver, J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 68.
[4] C. DE ALEJANDRÍA, Los Stromata, vi,7,57,2-3.
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Ataques contra los distintos.
26. Octubre 2009 by admin.
Los literalistas, por el contrario, querían ampliar la extensión de poder religioso y se empeñaban en mantener al rebaño bien seguro en su redil. A pesar de que en el evangelio según san Lucas Jesús dice: «Todo discípulo será perfecto cuando sea semejante a su maestro», la idea gnóstica de que el cristianismo consistía en que cada individuo se convirtiera en un Jesucristo se etiquetó de herejía blasfema[1].
Durante los tres primeros siglos de la era cristiana florecieron en el Mediterráneo varias escuelas de espiritualidad que tuvieron en muy alta consideración el potencial creativo y revelador del alma. Es interesante observar, en este sentido, que Jung nunca afirmó haber sido él quien descubriera el concepto de los arquetipos, sino que siempre estuvo dispuesto a admitir que había descubierto esta idea en las enseñanzas filosófico-religiosas del mundo helenista[2]:
“En toda psique hay formas que son inconscientes, pero que no por ello dejan de ser activas: disposiciones de vida, ideas en el sentido platónico, que realizan e influyen continuamente sobre nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. El término arquetipo surge ya en Filón de Alejandría, para referirse a la imago Dei (imagen de Dios) en el hombre. También se encuentra en Ireneo, quien dice [citando una fuente gnóstica, S. A H.]: «El creador del mundo no forjó estas cosas directamente desde sí mismo, sino que las copi6 de los arquetipos existentes fuera de sí mismo». En el Corpus Hermeticum, a Dios se le llama [. ..] «luz arquetípica» [. ..], para nuestros propositos, este término [. ..] nos dice que [. ..] estamos tratando con tipos arcaicos o yo más bien diría que primordiales, con imágenes universales que han existido desde los tiempos más remotos!”.
Lamentablemente, la postura interiorista de la primera sabiduría alejandrina fue sustituida por un externalismo institucionalizado, en el que a Dios, ya otras imágenes arquetípicas de carácter trascendental, se le concibió como a un ser situado «fuera de todo». Lo que podríamos denominar la espiritualidad psicológica de los primeros siglos de la era cristiana se hizo clandestina y se declararon como heréticos los movimientos interioristas compensadores que todavía subsistían dentro de la estructura del cristianismo[3].
[1] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 60 – 61.
[2] S. A. HOELLER, Jung y los evangelios perdidos, Barcelona 2005, pág. 23 – 24.
[3] Ibidem., pág. 24.
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Ataques contra los distintos. La Fe cristiana.
21. Octubre 2009 by admin.
Justino[1], como no puede serde otro modo, ve en los misterios paganos una deformación de las profecías[2] bajo la influencia de los demonios que disuelve en los mitos lo que en realidad tenía una significación histórica que se ha cumplido con Jesús. De esta forma Justino se convierte en el testigo mismo del estado de la demostración evangélica a mediados del siglo II[3].
Con este sistema, ignorando de forma absoluta la antigüedad de cada una de las historias que se superponen, que determina la primacía de los misterios paganos sobre los misterios judíos y cristianos, convence a los iletrados y convierte toda demostración de la existencia de un espíritu común de fe en algo irrisorio, porque lo transforma en una añagaza de los demonios.
La fe cristiana se presenta ante todo como la transmisión oral del depósito revelado[4]. Sin comprender este particular punto de partida no se puede entender ni explicar los sucesivos cambios que ha sufrido la fe y la doctrina, porque sólo a través de la historia desmitificada sabemos lo que se ha cambiado y lo que se ha mantenido. No obstante, existe un problema, cuando los literalistas asumieron el poder cambiaron todo, destruyenron textos, modificarón párrafos enteros, por eso resulta tan complicado llegar a conclusiones de importancia en esta materia, porque ha sido manipulada.
Es perentorio que entendamos este primer principio, todo lo que nos ha venido de la historia que estamos tratando o fue escondido para que nadie lo viera y ha aparecido posteriormente, o ha sido destruido, o ha sido manipulado. Sólo después de descubrimientos como los de Nag Hamadi o Qumram se ha podido desentrañar la madeja que se había tejido con el fin de permitir la visión de una sola perspectiva de la historia, que, como suele suceder habitualmente, es la historia de los vencedores, nunca de los vencidos, que acaban olvidados en fosas comunes.
Yo, como estudioso amater en estos temas, no es que me importe demasiado lo que sucedió, porque es normal, es la regla esencial de la supervivencia, no dejar nada detrás que pueda atacarte más tarde, pero dicha regla no ha sido buena para los buscadores de verdades en nuestro occidentalizado mundo civilizado, pues se han encontrado con tantas travas que muchos han desistido antes de empezar. Es una pena.
[1] Ver, X MUSQUERA, El triunfo del paganismo, Madrid 2007, pág. 47 ss.
[2] Ver, J. BLASCHKE, Las mentiras del cristianismo. Contradicciones y falsedades de
[3] J. DANIÉLOU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglos I y III, Madrid 2002, pág. 210.
[4] Ver J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 141.
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Cristianos no Cristianos VIII. Los terapeutas.
7. Octubre 2009 by admin.
El primer historiador de la Iglesia cristiana vivió en el siglo IV de nuestra Era y se llamó Eusebio de Cesárea. En su Historia eclesiástica (libro 2 capítulo XVII), Eusebio menciona a los terapeutas y narra lo que de ellos escribió en su día un filósofo judío llamado Filón de Alejandría en su obra De la vida contemplativa o Suplicantes. Según Filón, se trataba de una comunidad cuyos varones se llamaban terapeutas y, sus mujeres, terapeutisas, su nombre procedía de su dedicación, que consistía en sanar las almas de los que a ellos acudían. Al sentir la vocación religiosa, los terapeutas se despojaban de todo cuanto de valor tuvieran y lo entregaban a sus parientes o a los necesitados, marchando a vivir en jardines, parajes solitarios o huertos apartados, buscando siempre la soledad, como los eremitas. En sus habitáculos había siempre una pieza llamada oratorio o monasterio, donde llevaban a cabo, a solas, los misterios religiosos de una vida santa. En esa pieza no entraban alimentos ni nada necesario para el cuerpo, sino leyes, revelaciones de los profetas, himnos y todo cuanto fuera preciso para el perfeccionamiento espiritual. Escribían nuevos salmos e himnos a Dios y aprendían de evangelios escritos por santos antiguos fundadores de su secta[1].
Vivían una vida ascética, con grandes ansias de conocimiento, celebrando verdaderos banquetes intelectuales. La mayoría de las mujeres se mantenían vírgenes por decisión voluntaria, no por imposición como las sacerdotisas griegas, y todos vivían despreocupados de placeres temporales. Los terapeutas se habían extendido por todo el mundo porque consideraban que todo el mundo necesitaba su curación, pero donde más abundaban era en Egipto, especialmente en Alejandría. Su comunidad estaba estructurada con cargos eclesiásticos y episcopado, lo cual indujo a Eusebio de Cesárea y también al obispo de Salamina, Epifanio[2], a pensar que se trataba de los primeros cristianos que vivieron en Egipto. Eusebio los tomó por cristianos señalando que se les denomi- naba terapeutas porque aún no se había generado el nombre de cristianos (XVII, 4). Filón de Alejandría dijo de ellos que vivían la expresión más elevada del judaísmo. Otros estudiosos de nuestro tiempo están de acuerdo en que eran pitagóricos. Lo cierto es que tenían su evangelio y sus apóstoles y que la comunidad más importante residía en Alejandría. y Eusebio comenta que quizá los escritos que estudiaban «fueran los evangelios, los escritos de los apóstoles y algunos comentarios de los profetas, como los que se encuentran en la Epístola a los Hebreos y en otras cartas de Pablo» (XVII, 12)[3].
Vestían de blanco, el color sacerdotal judío, rezaban al amanecer y al anochecer, pasando el día en ejercicio espiritual, leyendo escritos santos y buscando el sentido oculto de las palabras, componiendo cánticos a Dios y no salían de la casa durante seis días. Al séptimo día se reunían en asamblea por orden no de edad, sino de antigüedad, y jerarquía. El mayor de ellos pronunciaba un discurso sin adornos retóricos, que los demás escuchaban en silencio. Después, oraban mirando al sol. El séptimo día era para ellos sagrado, se ungían con aceite y se reunían en siete periodos de siete días, pues para ellos no solamente el siete era importante, sino también su cuadrado, porque el siete era el número de la virginidad perpetúa. Utilizaban un calendario con base cincuenta, porque el cincuenta era el número más santo y el más importante de la naturaleza. Su reunión era mística y espiritual, pues compartían doctrina y enseñanzas encaminadas al conocimiento, alcanzando, según Filón, una verdadera embriaguez de saber, de himnos y de amor a Dios. Comían solamente pan sin levadura, agua de manantial y sal sin mezcla. Se abstenían totalmente del vino y de la carne de animales. No eran cristianos ni eran judíos, al menos no compartían el culto cristiano, tal como lo entendemos, ni el culto judío. Compartían, como hemos visto, la dedicación a la contemplación y al estudio de los pitagóricos. Este es un dato importante a retener, porque no hay que olvidar que Pitágoras reunió conocimientos y doctrinas religiosas de la India, China, Egipto, Babilonia, Persia y, naturalmente, de Grecia, que fue su país. Pitágoras fundó, como dijimos, su escuela en Crotona (Italia) y predicó en Italia y Grecia, pero ya vemos como, al cabo de los siglos, nos encontramos a sus seguidores en Egipto, concretamente, en Alejandría[4].
[1] A. MARTOS, Pablo de Tarso ¿Apostol o hereje?, pág. 93 – 94.
[2] Ver, A. PIÑERO, Los cristianismos derrotados, Madrid 2007, pág. 190 ss.
[3] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 94.
[4] Ibidem., pág. 95 – 96.
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Preexistencia de las almas.
26. Noviembre 2008 by admin.
Los gnósticos predicaban que, aunque parecemos seres humanos mortales, en realidad somos dioses inmortales o, utilizando el equivalente judío, ángeles celestiales. En el evangelio según san Juan, Jesús cita las escrituras judías: «Sois dioses». El sabio pagano Heráclito, de quien, según proclama Hipólito, derivan las doctrinas de los gnósticos cristianos, escribe: «Los dioses son hombres mortales y los hombres son dioses inmortales». En la circunferencia del yo, parecemos seres humanos, pero en el centro somos dioses o ángeles: psiques en estado de gnosis[2].
El Dios-hombre pagano también nació en una cueva. El motivo de la cueva era muy popular en la Antigüedad. Representa el inframundo que, para los gnósticos, es el cosmos material en el que vivimos espiritualmente muertos. Nacer en una cueva representa encarnarse como cuerpo en el cosmos[3].
[1] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 400.
[2] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 141 – 142.
[3] Ibidem., pág. 156.
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