El primer Cristo 2.

La aceptación de que Jesús fue un personaje histórico real es fundamental para todas las formas de cristianismo[1]. Aunque el cristianismo liberal niega la divinidad de Jesús, se siente, no obstante, obligado a aceptar su historicidad, a saber, que fue un ser humano que vivió en tiempos de Poncio Pilato o en torno a aquellas fechas. El cristianis- mo ortodoxo, además de aceptar la historicidad de Jesús, admite varias hipótesis que la presuponen. La creencia en que Jesús nació de una virgen a comienws del siglo I, fue crucificado[2]  por orden de PonCio Pilato, resucitó y volverá rodeado de gloria para juzgar a vivos y muertos da por supuesta la historicidad de Jesús. En realidad, esa historicidad no la dan por sentada sólo los cristianos sino que es aceptada por la inmensa mayoría de los no cristianos y de los anticristianos. Los musulmanes, por ejemplo, aunque niegan que Jesús sea el hijo de Dios, mantienen que fue el mayor de los profetas. Al aceptar sin cuestionamiento la historicidad de Jesús, algunos críticos famosos del cristianismo, como Russell[3] y Nietzsche[4], valoraron su ejemplo moral y sus enseñanzas. Resulta raro que alguien considere, incluso, la idea de que Jesús es un mito, y mucho más que se la plantee seriamente. Según ha observado Gordon Stein, una autoridad en el terreno del librepensamiento y el racionalismo, “la gente corriente puede considerar extraño y chocante que alguien ponga en duda hoy día la existencia de Jesucristo”[5]

 Como Amnon Ben-Tor, vamos a dar por hecho que existió un hombre que se llamaba Jesús y que se convirtió en el origen de una de las religiones más importantes de nuestro planeta. Vamos a dar por hecho su existencia no porque en el Nuevo Testamento aparezcan sus hechos, sino porque también aparecen en los manuscritos de Nag Hammadi[6], manuscritos que nos ofrecen otra versión más seria, rigu- rosa y menos infantilizada que la del Nuevo Testamento. En cualquier caso analizaremos las dos versiones y veremos que sus contenidos difieren profundamente, pero que siempre nos hablan de un personaje muy peculiar. Forzosamente tenemos que creer[7] en la existencia del personaje de Jesús, de lo contrario este libro no tendría ninguna finalidad, seria absurdo dedicar cientos de páginas a las palabras de un personaje que no ha existido y que ha sido un mito. Así que inicialmente admitiremos su existencia, no sin otorgarle la duda de que toda su historia sea una magistral composición hecha por una serie de escritores que se basaron en leyendas egipcias. Un relato como los hechos aparecidos en las tablillas mesopotámicas donde se relata la epopeya de Gilgamesh y que son coincidentes con las historias que se relatan en el Antiguo Testamento, especialmente en el Pentateuco[8]. Indudablemente la aceptación de la existencia de Jesús no implica aceptar que sea hijo de Dios. Así, a lo largo del libro, será tratado como un personaje excepcional, un hombre o profeta que nos legó un importante mensaje que aún interpretamos con dificultad. Que Jesús sea hijo de Dios es una cuestión de fe, y no depende de la historia que abordaremos durante su tránsito por una época lejana de nuestra civilización. Su divinidad es un tema en el cual este autor no piensa entrar, ya que forma parte de un debate teológico mucho más profundo, pero no por ello se trataran aspectos sobre esta divinidad, interpretaciones y versiones que aparecen en los evangelios gnósticos y en los llamados ortodoxos. Estas versiones y otras interpretaciones bíblicas, nos llevarán a comprender que existen muchos misterios y muchos errores. Buscar estas explicaciones no debe interpretarse como una irrespetuosidad, sino como una necesidad de desinfantilizar ciertas versiones y enfrentamos a la realidad de un personaje cuyas palabras fueron recogidas de forma diferente e implican también versiones distintas. Creo que en el comienzo del siglo XXI, más que nunca es preciso clarificar, polemizar, dialogar, hacer transparente los hechos de la vida de Jesús, escuchando todas las tendencias y buscando en sus palabras una espiritualidad que pueda dar respuesta a los creyentes ya los escépticos. A veces plantear estos temas puede significar un sacrilegio, por tanto me remito a lo que escribe Rom Landau en el prefacio de su libro Dios es mi aventura: «El significado de mi aventura es una búsqueda de Dios. Que el lector decida si semejante búsqueda puede ser un sacrilegio.»[9]


[1] Ver, A. FIERRO, El hecho religioso, Barcelona 1981. 

[2] Cfr., J. BLASCHKE, Jesucristo o la historia falsificada, Barcelona 2005, pág. 95 ss. 

[3] Ver, B. RUSSELL, “Por qué no soy cristiano”, en Por qué no soy cristiano, recopilación de ensayos, Barcelona 2006, pág. 34 ss. 

[4] Cfr., H. KÜNG, ¿Existe Dios?, Madrid 2005, pág. 385 ss. 

[5] M. MARTIN, Alegato contra el cristianismo, Pamplona 2007, pág. 47. 

[6] Ver, J. BLASCHKE, Las mentiras del cristianismo. Contradicciones y falsedades de la Biblia, Barcelona 2006, pág. 44 ss.

[7] Ver, SAN AGUSTÍN, ¿Por qué creer?, 3ª edición, Navarra. 

[8] Ver, j. R. PORTER, La Biblia. Las Sagradas Escrituras hebreas, los Libros Apócrifos, la llegada de Roma (Palestina en tienpos de Cristo) y el Nuevo Testamento, Barcelona 2007, pág. 9 ss.

[9] J. BLASCHKE, Jesucristo o la historia falsificada, Barcelona 2005, pág. 27 – 28. 

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