La fe cristiana 4.

Negar los parecidos razonables de ciertas historias[1], incluido el Génesis[2] o el diluvio universal[3], es negar que la humanidad tiende a un mismo patrón religiosos cuando va avanzando en la sociabilidad y se van mezclando las ideas, porque las ideas de unos, aunque rechazadas al principio, siempre acabarán  en la fe de los otros, porque toda la estructura de la religión, con su ansia de poder absoluto sobre el hombre, no puede permitirse el lujo de perder una herramienta del sistema por que provenga de otro, es mucho más sencillo robar la idea, copiarla, y decir que es sólo suya.

 

            Renunciar así a la riqueza de los pensamientos es contraproducente para

la Iglesia, aunque algunas ideas de mayor calado, que chocaban frontralmente con la propia base de la concepción religiosa, no sólo tuvieron que ser olvidadas, sino que sus sacerdotes y creyentes tuvieron que ser destruidos por completo, al igual que sus textos, porque esos textos suponían un pensamiento diferente que podría llevar a la gente a pensar que las ideas contrarias eran mejores que las propias.

 

            El propio Justino destaca las semejanzas entre ciertos mitos griegos y los misterios de Cristo. En unos y en otros aparecen los nacimientos virginales, las pasiones, las ascensiones. Él lo explica por el hecho de que los misterios de Cristo fueron anunciados por los profetas, a través de los cuales llegaron a conocerlos los griegos[4].

 

            Es un golpe en toda la línea de flotación de la lógica, pues las historias griegas nacieron con anterioridad a las judías, aunque hay que reconocer que ámbas tenían fuentes comunes, pero la judía no era la fuente de la griega, sino que, al contrario, sería más simple advertir las semejanzas viendo como se copia funestamente de la mitología griega y egipcia para conseguir dar forma a un nuevo mito judío, un mito que se lanza, en absoluta tromba, a la construcción de una tradición cristiana basada en los otros pero independiente por extraño designio propio.

             De esta forma, al decir que Cristo, Verbo de Dios, nació de Dios por un modo particular de generación, se trata de una denominación que le es común con Hermes, al que los griegos llaman Verbo, mensajero de Dios[5].


[1] Ver, J. BLASCHKE, Las mentiras del cristianismo. Contradicciones y falsedades de

la Biblia, Barcelona 2006, pág. 22 ss. 

[2] Ver, P. RODRIGUEZ, Mentiras fundamentales de

la Iglesia católica, Sabadell 2000, pág. 24 ss. 

[3] Ver, M. F. URRESTI, Los pecados de

la Biblia, Madrid 2006, pág. 115 ss. 

[4] J. DANIÉLEU, Mensaje evangélico y cultura helenística. Siglo II y III, pág. 85. 

[5] JUSTINO, I Apología, xxii,2. 

Dejar una respuesta

Para poder enviar un comentario, ha de iniciar la sesión.