Archivo para Mayo 2009

Cristianos no cristianos V. Confucio.

CONFUCIO.

Confucio fue el moralista chino más conocido de la Antigüedad. Nació en 551 antes de nuestra Era y cuenta la leyenda que, tras darle a luz, su madre escuchó una voz celestial que le aseguraba que sus súplicas habían sido escuchadas por los dioses y que el hijo que acababa de nacer sería santo. Leyendas aparte, Confucio fue un maestro que creó su propia escuela. Una escuela encaminada a formar un nuevo orden social en que el estudio fuera aparejado a la práctica de la virtud, de manera que China llegase un día a ser gobernada por hombres virtuosos, sus discípulos, príncipes capaces de ofrecer a sus súbditos un ejemplo de honestidad y de bien hacer[1].

Confucio se sentía horrorizado por la guerra constante que amenazaba con destruir por completo los pequeños principados. Sin embargo, para su consternación, éstos no parecían conscientes de ese peligro. Lu no podía competir militarmente con un Estado grande como Qi, pero en lugar de dedicar todos sus recursos a enfrentarse a esa amenaza externa, las familias nobles {motivadas solamente por la codicia y la vanagloria) luchaban en una guerra civil autodestructiva. Si las «tres familias» hubiesen observado elli correctamente, ese estado de cosas nunca habría llegado a darse. En el pasado, los ritos habían ayudado a evitar el peligro de violencia y venganza, y habían mitigado el horror de la batalla. Debían hacerlo de nuevo. Como ritualista, Confucio había pasado mucho más tiempo estudiando las ceremonias y los clásicos que el arte principesco de la arquería y la conducción de carros. Ahora redefinía el papel de los junzi: el verdadero caballero debía ser un estu- dioso, y no un guerrero. En lugar de luchar por el poder, eljunzi debía estudiar las normas de la conducta correcta, tal y como las prescribía elli tradicional de la vida familiar, política, militar y social. Confucio nunca pretendió ser un pensador original. «yo he transmitido lo que me fue enseñado sin añadir nada de mi cosecha -dijo una vez-. He sido fiel a los antiguos y los he amado.» Sólo un sabio que hubiese recibido la bendición de la iluminación divina podía romper la tradición. «yo soy, sencillamente, uno que ama el pasado, y que es diligente investigándolo», y sin embargo, a pesar de todas sus protestas, la verdad es que Confucio sí que era innovador. Se sentía inclinado a «reanimar lo Antiguo para conseguir conocimientos de lo Nuevo». El mundo había cambiado, pero no habría ningún perfeccionamiento provechoso si no había una cierta medida de continuidad[2].

Confucio[3] fue una de las primeras personas que dejó meridianamente claro que la santidad era inseparable del altruismo. Solía decir: «Mi Camino tiene un hilo que corre recto por todo él». No había metafísica abstrusa ni complicadas especulaciones litúrgicas; todo volvía siempre a la importancia de tratar a las demás personas con un respeto absolu- tamente sagrado. «El Camino de nuestro Maestro -decía uno de sus discípulos- no es más que esto: hacer todo lo que puedas por los demás [zhong] y consideración [shu].» El Camino no era más que un esfuerzo constante y entregado por nutrir la santidad de los demás, que a su vez extraería la santidad inherente en uno mismo. «¿Hay algún dicho sobre el cual se pueda actuar todos los días, y todo el tiempo?», preguntó Zigong a su maestro. «Quizá el dicho de la consideración [shu] -dijo Confucio-. No hagas a los demás lo que no querrías que te hicieran a ti.» El shu realmente debería traducirse como «compararse consigo mismo». Otros lo han llamado la Regla de Oro; era la práctica religiosa esencial, y era mucho más difícil de lo que parecía. Zigong aseguró una vez que dominaba esa virtud: «Lo que no quiero que otros me hagan, no tengo deseo alguno de hacérselo a otros», anunció, orgullosamente. Uno casi puede ver la sarcástica, aunque afectuosa sonrisa de Confucio mientras meneaba la cabeza. «jAh, no! Todavía no has llegado a ese punto.»[4].

Mencio[5], nombre latinizado de Meng-tsé, vivió un siglo después de Confucio, siendo discípulo de un nieto de éste, fue de familia humilde, con su tesón y trabajo llegó a ser maestro y alcanzó cargos públicos. Propagó las ideas de Confucio tan activamente que se le considera equivalente a Pablo en el cristianismo[6].

El confucianismo no tiene dogmas, cree que el universo es uno en el que la sociedad y el hombre no son más que una parte. Es una doctrina animista con residuos del totemismo y de prácticas chamánicas, unida a la creencia de que el emperador, el “Hijo del Cielo”, es el intermediario entre el cielo y los hombres. El objetivo final es el Amor Universal entre todos los hombres por medio del perfeccionamiento de uno mismo. Para Confucio y Mencio, el hombre debe de estar en armonía con el Cosmos, para lo que es necesario conocerse a sí mismo mediante el estudio y la introspección. De esta forma se desarrolla el Li, un concepto que incluye los ritos y las ceremonias, lo que es de suma importancia para los chinos. Con el Li se desarrolla el Ren, que es la benevolencia, acompañada por la lealtad y la compasión o piedad. El que posee el Ren practicará la justicia, la generosidad y los buenos principios, es lo que se llama un Junzi, es decir, un hombre superior moderado en todo, hasta en lo bueno. La mayoría son Xiaorén, o sea hombres vulgares, “hombrecitos”[7].



 


[1] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 88.  

[2] K. ARMSTRONG, La Gran Transformación, Barcelona 2007, pág. 286. 

[3] Cfr., P. RODRIGUEZ, Mentiras fundamentales de la Iglesia católica, Sabadell 2000, pág. 122 ss. 

[4] K. ARMSTRONG, La Gean Transformación, Barcelona 2007, pág. 291. 

[5] Ver, K. ARMSTRONG, La Gean Transformación, Barcelona 2007, pág. 416 ss. En este punto, señala el autor en un momento dado:“Mencio no estaba de acuerdo en que las normas del ren eran arti- ficiales, sino que creía que era natural que la gente respondiese de forma compasiva al sufrimiento. Recordó al rey Xuan que él había perdonado recientemente la vida a un buey que iba a ser sacrificado. Cuando vio al pobre animal cruzando su salón y oyó su lastimero gri- to, llamó al encargado: «jDéjalo vivir! No puedo soportar ver cómo se encoge de miedo, como un hombre inocente que se dirige al lugar de su ejecución».52 Aquél había sido un buen impulso, pero no fue más que el principio. A continuación, el rey aplicaría su simpatía ins- tintiva a sus súbditos y les trataría de una forma más amable, y al fi- nal, extendería su preocupación a otros Estados. Mencio creía que la naturaleza humana básicamente era buena: que se inclinaba al ren de forma espontánea. Los mozistas creían que la gente solamente se podía mover por el interés propio, y que había que introducir la bondad en su interior desde fuera, pero Mencio aseguraba que para nosotros era normal comportarse moralmente, igual que para nuestros cuerpos era normal desarrollarse con una forma humana madura. Podíamos detener nuestro crecimiento tanto físico como moral mediante los malos hábitos, pero la tendencia instintiva hacia la bondad seguía existiendo”. 

[6] F. DE ORBANEJA, Historia impía de las religiones, Madrid 2003, pág. 160. 

[7] Ibidem., pág. 160. 

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