Archivo para Marzo 2009

Cristianos no cristianos IV

BUDA[1].

Un siglo después de Zoroastro, en 563 antes de nuestra Era, nació en la India Siddharta Gautama. De familia principesca, renunció al mundo ya su pompa después de una infancia dorada, para dedicarse a la meditación ya la vida ascética en busca de la respuesta a su pregunta: ¿cuál es el significado del sufrimiento? Al cabo de seis años de privaciones místicas en las que llegó a alimentarse con un solo grano de arroz al día, abandonó el ascetismo, porque comprendió que es una actitud extremista que a menudo conduce a una sobrevaloración de uno mismo que puede ocasionar la pérdida de la virtud[2].

 

El budismo[3] es una rama desgajada del hinduismo en la «edad axial». Su fundador, el noble hindú Siddharta Gautama, nació a mediados del siglo VI a.C. (hacia el 558 a.C.) en Kapilavastu, capital del estado shakya (en el actual Nepal) y fue educado de acuerdo con su rango principesco. Sus biógrafos destacarán su extraordinaria personalidad: apuesto, fuerte, equilibrado, inteligente, lúcido, bondadoso, asequible, fácil de conversación y de sonrisa. Decepcionado de la vida palaciega, abandonó en secreto, a sus 29 años, su palacio y su familia para iniciar “la gran marcha” como asceta mendicante. Seis años más tarde, decepcionado también de las posibilidades de la vida rigurosa, despertó, tras profunda meditación nocturna bajo una «higuera religiosa» cercana a Patna, transformado en Buda, el Iluminado. Siete semanas más tarde inició su vida pública, «poniendo en marcha la rueda del Dharma», mediante el «sermón de Benarés» expuesto en el parque de los ciervos ante sus primeros compañeros[4].

Se podría definir el budismo como una religión tolerante, atea o más bien no teísta. Su origen no se conoce con exactitud, se sitúa a mediados del siglo VI a.E.C. Su fundador no fue ni encarnación divina ni enviado de dios, sino un hombre, realmente extraordinario, que expuso una disciplina mental y una enseñanza fruto del desarrollo de su capacidad interior. Buda quiere decir “iluminado” o “despierto”. Es difícil separar en su biografía la realidad de la leyenda, incluso existían dudas sobre su existencia, como ha ocurrido con todos los fundadores de religiones que no han dejado nada escrito, pero hoy se puede asegurar que nació cerca de Benarés y se ha encontrado la urna en que estuvieron sus cenizas[5].  

Mientras meditaba sentado bajo una higuera, hubo de rechazar las tentaciones del demonio Mara, pero finalmente comprendió la Verdad y recibió la Iluminación, que es el significado de su nombre, Buda[6]. La virtud está en el medio, no en los extremos y el camino que conduce a la Verdad es el de la pureza en la fe, en la palabra, en los actos y en la voluntad. El dolor que acompaña a toda la vida humana es producto del deseo del hombre que se aferra a la vida y está sujeto al ciclo de la reencarnación[7], viviendo vida tras vida para lograr purificarse. Pero es posible ser puro liberándose del ciclo, eliminando el deseo de la vida que encadena al hombre a la existencia[8].


[1] I. M. SANS, “Síntesis de historia de las religiones”, en M. FRAIJÓ (ed.), Filosofía de la religión, Madrid 2005, pág. 52 ss.

[2] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 86.

[3] J. LÓPEZ-GAY, La mística del Budismo, Madrid 1974.

[4] I. M. SANS, “Síntesis de historia de las religiones”, en M. FRAIJÓ (ed.), Filosofía de la religión, Madrid 2005, pág. 52.

[5] F. DE ORBANEJA, Historia impía de las religiones, Madrid 2003, pág. 142.

[6] Creo de interes para el lector los libros de traducción de los pensamientos de Buda tales como:

Los Sermones Medios del Buddha, Barcelona 2006; o Las palabras del Buda. Dhammapada, Madrid 2007.

[7] Cfr., C. G. JUNG, Los arquetipos y lo inconsciente colectivo, Madrid 2002, pág. 106 ss.

[8] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 86.

Preexistencia de las almas II.

Los antiguos veían la imagen de la virgen María dando a luz a Jesús en una cueva como una alusión mítica a la diosa virgen de la Justicia, que se representa sentada a la entrada de la cueva del cosmos, enviando psiques a la encarnación física. Parménides dice: «La diosa envía las psiques de lo invisible a lo visible y viceversa»[1].
Para los gnósticos, los dos caminos representaban recordar y olvidar. El camino de la derecha es recordar nuestra verdadera naturaleza y nos lleva al cielo. El camino de la izquierda es olvidar nuestra verdadera naturaleza y nos lleva de vuelta a la cueva del cosmos. Los gnósticos paganos imaginaban que a los que tomaban el camino de la izquierda se les daba de beber un «brebaje para olvidar», tras lo cual se encontraban reencarnados en un cuerpo físico. Los gnósticos cristianos también comparaban nuestro estado presente con el olvido, el sueño, la borrachera y la muerte, estados de los que debe- mos despertar a través de la gnosis. En la mitología pagana, el Dios-hombre preside el camino de la derecha hacia la liberación y la diosa preside el de la izquierda, hacia la reencarnación[2].
Aunque todos los gnósticos admitían tres principios: el Dios extraño, el Demiurgo creador del mundo, y el Cosmocrator que reinaba sobre los demonios, Mani no reconocía más que dos: la Luz y las Tinieblas, que precedieron a la existencia del cielo y de la tierra. El Padre de la Grandeza habita el País de Luz, que se escalona en cinco moradas que corresponden a su inteligencia, su razón, su pensamiento, su reflexión y su voluntad. «El rey de las Tinieblas reside en su tierra tenebrosa, en sus cinco mundos, el mundo del humo, el mundo del fuego, el mundo del viento, el mundo de las aguas yel mundo de las tinieblas». Los dos reinos no tenían sino una única frontera común, y se extendían sin límite hacia los otros lados. El rey de las Tinieblas subió al asalto del País de Luz, cuyo resplandor codiciaba; el Padre de la Grandeza lo combatió con ayuda del Hombre Primordial, dotado de cinco elementos bienhechores, pero que fue engullido por las tinieblas. Para salvarlo y para rechazar la invasión, el Padre de la Grandeza invocó una nueva fuerza: el Espíritu vivo, cuyos cinco hijos se llaman el Ornamento de Esplendor, el Rey de Honor, Adamas-Luz, el Rey de Gloria y el Portador. Crearon el universo a fin de hacer de él una muralla que separase el País de Luz del reino de las Tinieblas, pero tomaron como materiales los cuerpos de sus enemigos capturados; así, el cielo y la tierra estuvieron constituidos por la carne de los demo- nios encadenados, y los astros por parcelas luminosas que ellos se habían tragado y que se les forzó a regurgitar. El Mensajero, que habitaba en el sol con doce vírgenes que representaban doce virtudes (la Sabiduría, la Pureza, la Paciencia, etc.), recibió el encargo de regular los movimientos cósmicos. Cuando el Hombre Primordial fue rescatado finalmente de las tinieblas, dejó allí una parte de su luz, que los demonios recuperaron y dieron a Ashaqloun, hijo del rey de las Tinieblas, el cual, uniéndose con su mujer Namrael, engendró a Adán ya Eva, en los que encerró este depósito luminoso. La raza humana ha nacido pues del Príncipe de las Tinieblas, deseoso de mantener cautiva en la tierra la sustancia radiante perdida por el Hombre Primordial[3].
Se habla a menudo del maniqueísmo como de un sistema que pone a los buenos a un lado ya los malos en otro: ésa es una interpretación equivocada de su dogma. Todo el mundo es malo en el maniqueísmo: hombres, animales, plantas, parajes, todos han sido creados con materia tenebrosa, ya por el propio Ashqloun, ya por sus arcontes. La única posibilidad de salvación es oír una “llamada” del Mensajero de la Luz. No hay buenos, sólo hay “llamados” que toman conciencia de lo trágico de la condi- ción humana, y que saben expulsar de sí mismos las tinieblas por medio de una conducta ascética que implica la abstinencia de carne y de vino, la renuncia a la propiedad individual, el rechazo del matrimonio. Los maniqueos se dividían en dos clases de iniciados: los Elegidos, que se imponían duras pruebas y llevaban una vida monacal «que ha ejercido, sin la menor duda, una vigo- rosa influencia en la vida monástica de los cristianos», según Hans Jonas, y los Oyentes o Soldados, que podían casarse y poseer bienes, pero observaban también determinadas prohibiciones (no matar ningún animal, no perjurar, etc.) y cincuenta días de ayuno al año. Un Oyente se santificaba ocupándose de un Elegido, que no se concedía siquiera el derecho a partir el pan. Los misioneros del maniqueísmo, entre los que había mujeres, se desplazaban lejos a enseñar su religión; ésta fue su otra diferencia con el gnosticismo, que sólo quería constituir una élite de iniciados, y no pretendía que su moral pasase a dominio público[4].
Nosotros nos basamos en una idea clara, el hombre, junto a todo lo que existe, forma parte de Dios, que es el Todo. Así, ya se ha planteado en la Edad Media que Dios es una esfera infinita cuyo centro se halla en todas partes y su circunferencia en ninguna[5].
[1] T. FREKE y P. GANDY, Jesús y la Diosa Perdida, Barcelona 2006, pág. 157.

[2] Ibidem., pág. 158.

[3] S. ALEXANDRIAN, Historia de la Filosofía oculta, Madrid 2003, pág. 97 – 98.

[4] Ibidem., pág. 98.

[5] El libro de los veinticuatro filósofos, Barcelona 2000, pág. 47. En latín podemos reflejarlo como:
“Deus est sphaera infinita cuios centrum est ubique, circumferentia nusqual”.

Una Luz distinta 54

17-3-02 Domingo.
Me siento de una forma extraña. Hace tiempo que no puedo escribir ningún relato, estoy perdido en una vana ilusión de escritor, pero en estos momentos no llego a ser sino alguien con un sueño demasiado grande para poder alcanzarlo.
Hoy he visitado a una vieja en un edificio perdido, en una cuarta planta sin ascensor en un lugar donde nadie podía vivir de una forma digna. Ha sido un ejercicio de autocomplacencia para descubrir hasta donde puedo llegar en mi pobre camino. La anciana no era capaz de moverse de casa y yo he cumplido mi misión y he acabado con su vida de una forma digna, consciente de mi situación de poder en un lugar como aquél.
Luego he recorrido la casa, vieja, cansada, tan cansada como su dueña. En una ventana había una pequeña figura, puesta en un lugar bien visible para que los pájaros no se comieran sus plantas. No era agradable ver el final de la escalera, el último sitio donde uno podía llegar, con el cuerpo que quedaba después de intentarlo todo para llegar a ser feliz sin alcanzar la felicidad. Mi acción fue concreta, absoluta, justa.

|