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Archivo para Febrero 2009
¿Y sí Dios está muerto? IX.1.
20. Febrero 2009 by admin.
El tema principal era que ella no quería contagiar el SIDA a Carlos, por eso intentaba alejarse de su lado. Había tomado esa decisión un día en el que él, de forma completamente consciente, le dijo que quería hacer el amor sin preservativo, que no podía soportar estar separado de ella, que necesitaba sentirla, incluso aunque eso supusiera que él enfermara.
Con esa petición ella sintió, comprendió que tenía el amor de su vida, pero también supo que debía romper con él, porque tarde o temprano su amor sería tan inmenso que ella no podría controlarlo, entonces quizá regalara la muerte o la enfermedad eterna a la persona que más quería.
El problema era que ella no habló con nadie sobre sus pensamientos, se los guardó y los siguió cociendo, siguió pensando y pensando sin intentar entrar en la racionalidad, sin darse cuenta que las cosas nunca son tan extremas. Para ella todo era posible, incluso matar a la persona que más amaba por amor. Siendo esto así no pudo seguir aceptando su vida tal como era, una vida que debería llenarla hasta casi explotar, aunque no conseguía que fuera de esa forma, y decidió huir.
Tenía presente que su amor, que Carlos iba a perder la razón si ella desaparecía de su lado, él se había construido un mundo dentro de su mundo, un mundo que existía sólo para que ella tuviera medicinas, para que ella controlara todo lo que tenía que controlar, un mundo por y para ella en el que Marisa no quería participar.
El amor era extraño, siempre lo había sido, pero todo lo que Carlos hacía para que Marisa fuera feliz sólo era un clavo más en el sufrimiento de ella, porque ella no era capaz de dar nada, nada de lo que quería dar. Por supuesto que él estaba más que pagado con su existencia, con esa presencia maravillosa que llenaba noches y mañanas de amor infinito, de ternura y de esperanza, una esperanza, tal vez, fingida, pero esperanza al fin y al cabo, una esperanza que era demasiado bonita para ser expulsada del mundo de cualquiera y más del mundo de una persona que siempre había sufrido, una persona como Carlos.
Marisa tenía planes, unos planes llenos de dolor, de desesperación, de locura, unos planes de venganza, de sufrimiento compartido, compartido con aquellos que habían decidido que su vida no era lo suficientemente importante como para ser tenida en cuenta, porque ella pensaba que tenía derecho a la vida, pero esa vida se había escapado demasiado pronto.
A veces creía que no pensaba nada más que tonterías, pero esas tonterías la permitían seguir viva, la permitían pensar que todo se iba a solucionar, que iba a lograr ser, aunque sólo fuera durante unos segundos, unos infinitos segundos, feliz por realizar sus metas.
Ahora que sabía que no podría tener hijos, ahora que era consciente de la porquería de vida que le había tocado vivir, en esos momentos era cuando, por fin, había optado por ser ella misma y demostrar a los que la utilizaron y vejaron que tenía mucho que dar, tanto para lo bueno como para lo malo, si bien ellos habían elegido lo malo.
Su tierra estaba demasiado lejos, ella estaba demasiado cansada, demasiado perdida en su rencor, ella era sólo el poso que queda al rencor después de quemar la imaginación, la memoria y el recuerdo, todo lo que tenía estaba encerrado en un pensamiento infinitamente ruidoso, un pensamiento que la obligaba a ser cruel, no en vano ella había sufrido la crueldad del resto de los seres humanos.
Todo encajaba a la perfección, ella perdida en el basurero y los que la destruyeron vendiendo carne, siempre vendiendo carne, explotando, aprovechándose de la gente, utilizando el poder para hacer con los seres desesperados lo que les viniera en gana, nadie iba a impedir eso, nadie lo podía o lo quería impedir.
Carlos era una víctima, como ella, pero eso no le podía hacer olvidar el dolor, no podía dejar de pensar en lo que le habían hecho, en todo lo que había tenido que pasar, en todo lo que había luchado para no conseguir otra cosa que miseria, la triste miseria del que intenta ser mejor pero no es más que una basura sin importancia.
No tiene explicación la sorpresa que causa a la gente el desprecio hacia la humanidad que sienten ciertas personas, seres que no son humanos, son explotadores, represores, inquisidores, esas personas decidieron sobre la vida y la muerte de Marisa, aunque nosotros somos más culpables que ellos porque no hicimos nada para evitar el sufrimiento hasta que no fue demasiado tarde.
Marisa había decidido ser diferente, en su interior tenía la diferencia, igual que Carlos, igual que todos nosotros, pero ellos tuvieron la voluntad, el valor de hacer lo que querían, ese fue su único pecado, y eso era lo que tenía que solucionar ella, lo que tenía que hacer pagar a tanta gente que pensaba que ella no valía.
Por eso el final que pensó para su vida no era el final que todos creíamos, que sus “dueños” desearían, el final para su vida pasaba por la venganza, pasaba por el dolor ajeno, el dolor de aquellos que le habían llevado a la muerte en vida, esa muerte dolorosa que es la enfermedad eterna.
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Mis pobres ediciones.
20. Febrero 2009 by admin.
Esto es lo último de este escritor.

DERECHOS CONSTITUCIONALES DE LOS PACIENTES.
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9. Febrero 2009 by admin.
Edita en LULU.
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Cristianos no cristianos III.
9. Febrero 2009 by admin.
ZOROASTRO[1]. LA PUREZA.
El hombre debe desarrollar la conciencia positiva. Ha alcanzado su posición actual en la escala evolutiva a través de su capacidad para transformar su mente en un microscopio y concentrarse en las cosas pequeñas, pero se ha convertido en víctima de lo pequeño y lo negativo. La historia humana es la historia de las reacciones infantiles, de las peleas tontas por motivos insignificantes. Al igual que el ama de casa de Under Milk Wood, quien sentencia: «Antes de permitir que entre el sol, por favor, límpiale los zapatos», nos hemos vuelto esclavos de nuestra sorprendente capacidad para el detalle. Una mujer como ésta obviamente no disfruta de estar viva: se encuentra atrapada en su propia negatividad. y así estamos todos. Wilson conoce sólo una religión que se basa en este reconocimiento: el zoroastrismo, la fe de los antiguos persas. Las escrituras persas, llamadas Gathas, afirman que el Ser Supremo, Ahura Mazda, creó dos gemelos que producen la realidad y la irrealidad. Realidad e irrealidad constituyen los elementos esenciales a partir de los cuales se crea el mundo. Pero no son positiva y negativa, respectivamente, sino ambas igualmente positivas. Sólo mucho después se transformaron en el Bien yel Mal. (Más tarde se produjo una segunda degeneración cuando Ahura Mazda, la primera causa, fue identificado con el Bien, y su enemigo Ahriman con el Mal.) Porque la realidad es el significado -ahí fuera- y la irrealidad es la subjetividad humana, nuestra tendencia a quedar atrapados en los valores que nosotros mismos elegimos. y precisamente de esta misma subjetividad obtenemos la energía para actuar, trabajar, concentrarnos y evolucionar, así que no podemos considerarla negativa o mala. Se vuelve negativa a través de la estupidez y la tendencia al fracaso, tan típicas del humano[2].
Esa vida lenta, sin acontecimiento alguno, llegó a su fin cuando los arios descubrieron una tecnología moderna. Hacia 1500 habían empezado a comerciar con las sociedades más avanzadas del sur del Cáucaso en Mesopotamia y Armenia. Aprendieron a fabricar armas de bronce de los armenios y también encontraron nuevos métodos de transporte: primero adquirieron las carretas de madera tiradas por bueyes, y luego los carros de guerra. Una vez que aprendieron a domesticar a los caballos salvajes de las estepas ya engancharlos a sus carros, experimentaron la alegría de la movilidad. A partir de entonces pudieron viajar largas distancias a gran velocidad. Con sus armas superiores, pudieron llevar a cabo ataques relámpago en los asentamientos vecinos y robar ganado y cosechas. Aquello era mucho más emocionante y lucrativo que criar ganado. Algunos de los hombres más jóvenes empezaron a servir como mercenarios en los ejércitos de los reinos del sur y se convirtieron en expertos en el manejo de los carros. Cuando volvieron a las estepas, dieron uso a sus nuevas habilidades y empezaron a robar el ganado de sus vecinos. Mataban, saqueaban y pillaban, aterrorizando a los arios más conservadores, que se sentían asombrados, espantados y totalmente desorientados, al notar que sus vidas habían dado un vuelco. La violencia iba en aumento en las estepas, como nunca había ocurrido antes. Incluso las tribus más tradicionales, que sólo pedían que las dejaran en paz, tuvieron que aprender las nuevas técnicas militares para defenderse. La edad heroica había comenzado. La voluntad era ley; los caudillos buscaban el lucro y la gloria, y los bardos celebraban la agresión, el valor indómito y las proezas militares. La antigua religión aria predicaba la reciprocidad, el sacrificio y la amabilidad con los animales. Aquello ya no atraía a los ladrones de ganado, cuyo héroe era el dinámico Indra, el matador de dragones, que avanzaba en un carro por encima de las nubes del cielo. Indra era ahora el modelo divino al que aspiraban los asaltantes. «¡Héroes con nobles caballos, ansiosos de batalla, guerreros elegidos que me aclamáis en el combate -gritaba-, yo, el pródigo Indra, agito los conflictos, remuevo el polvo, Señor del inigualable vigor!» Cuando luchaban, mataban y robaban, los jinetes arios se sentían unidos a Indra y los agresivos devas que habían estable- cido el orden del mundo por la fuerza de las armas[3].Pero los arios avésticos, más tradicionales, se sentían horrorizados por la agresión desnuda de Indra, y empezaban a tener dudas acerca de los devas. ¿No serían violentos e inmorales? Los acontecimientos de la tierra siempre reflejaban acontecimientos cósmicos en el cielo, de modo que, razonaron, aquellos ataques terroríficos debían de tener un prototipo divino. Los ladrones de ganado, que luchaban bajo el estandarte de Indra, podían ser sus equivalentes terrestres. Pero ¿quiénes serían los devas que atacaban en el cielo? Los dioses más importantes (como Varuna, Mazda y Mitra, los guardianes del orden) recibían el título honorífico de «señor» (ahura). Quizá los pacíficos ahuras, que se identificaban con la justicia, la verdad y el respeto por la vida y la propiedad, estuviesen también siendo atacados por Indra y los devas más agresivos. Ésa fue, en cualquier caso, la explicación de un sacerdote visionario que hacia 1200 aseguró que Ahura Mazda le había encargado el restablecimiento del orden en las estepas.12 Su nombre era Zoroastro[4].
Zoroastro nació en el año 660 antes de nuestra Era, en una ciudad llamada Meda que hoy se situaría en Azerbaiján, pero que entonces pertenecía al vasto Imperio persa. Cuentan sus exegetas que nació riendo y que realizó numerosos milagros a lo largo de su vida. Permaneció siete años meditando en una cueva[5].
Cuando recibió su vocación divina, el nuevo profeta tenía unos 30 años de edad y estaba fuertemente enraizado en la fe aria. Probablemente había estudiado para el sacerdocio desde que tenía 7 años, y estaba tan avezado en la tradición que podía improvisar cánticos sagrados a los dioses durante el sacrificio. Pero Zoroastro se sentía profundamente alterado por los ataques al ganado, y después de completar su educación, pasó un cierto tiempo en consulta con otros sacerdotes, y meditó sobre los rituales para encontrar una solución al problema. Una mañana, mientras celebraba el festival de primavera, Zoroastro se levantó al amanecer y bajó al río a tomar agua para el sacrificio diario. Al ir vadeándolo, se sumergió en el puro elemento y, cuando emergió, vio a un ser resplandeciente que estaba de pie junto a la orilla. Este ser le dijo que su nombre era Vohu Manah («Buen Propósito»). Una vez que se hubo asegurado de las buenas intenciones de Zoroastro, le condujo a la presencia del mayor de los ahuras: Mazda, señor de la sabiduría y la justicia, que estaba rodeado por su séquito de siete dioses radiantes. Éste le dijo a Zoroastro que debía movilizar a su pueblo en una guerra santa contra el error y la violencia. La historia se iluminaba con las pro- mesas de un nuevo comienzo. Una nueva era había comenzado: todo el mundo debía tomar una decisión, tanto los dioses como los hombres. ¿Estaban del lado del orden o del mal? La visión de Zoroastro le convenció de que el señor Mazda no era simplemente uno de los grandes ahuras, sino que era el Dios Supremo. Para Zoroastro y sus seguidores, Mazda ya no era inmanente en el mundo natural, sino que se había convertido en trascendente, diferente de algún modo a todas las demás divinidades. No había todavía mono- teísmo, la creencia en un único dios. Los siete seres luminosos del séquito de Mazda (los Santos Inmortales) también eran divinos: cada uno de ellos expresaba uno de los atributos de Mazda, y estaba ligado, de la forma tradicional, con una de las siete creaciones originales. Sin embargo, había ya una tendencia monoteísta en la visión de Zoroastro. El señor Mazda había creado a los Santos Inmortales; todos formaban «una sola mente, una voz, una acción» con él. Mazda no era la única deidad, pero sí fue la primera en existir. Zoroastro probablemente había llegado a esa conclusión después de meditar sobre la historia de la creación, que aseguraba que en el principio había una planta, un animal y un ser humano. Era lógico asumir que originalmente había, pues, un solo dios[6].De Zarathustra, conocido también como Zoroastro su forma griega, no se sabe nada cierto, según parece vivió hacia el año
Meditando, pues, en la cueva, Zoroastro recibió la visita de Ahura Mazda rodeado de un coro de arcángeles, quien le dio a conocer algunos ritos sagrados y le enseñó una nueva doctrina de amor y piedad para los pobres y los desvalidos, tanto personas como animales. El más importante de los ritos que aprendió fue la elaboración del soma, el licor cuyos efectos místicos leemos en los Veda hindúes, que induce el éxtasis preciso para alcanzar el nivel adecuado de espiritualidad. Cuando cumplió los treinta años, Zoroastro comenzó a predicar la nueva doctrina, lo que le llevó a numerosos enfrentamientos con los malignos, hasta que al cabo de dos años consiguió convertir al rey de Bactriana, Histaspa, lo que le procuró un número muy elevado de seguidores tanto en Persia como en los países del entorno. Pero la doctrina de amor de Zoroastro no excluyó la guerra santa, por lo que murió en una de ellas, ya a los sesenta y siete años de edad[8].
El sufrimiento y la indefensión de aquel pueblo le habían conmocionado y le habían llevado a una visión desgarrada, conflictiva. El mundo parecía polarizado, dividido en dos campos irreconciliables. Como Indra y los ladrones de ganado no tenían nada en común con el señor Mazda, seguramente debían su fidelidad a un ahura distinto. Si había una sola fuente divina para todo lo que era benigno y bueno, Zoroastro concluyó que debía de existir también una deidad malvada, que había inspirado la crueldad de los asaltantes. Él creyó que aquel Espíritu Hostil (Angra Mainyu) poseía un poder igual al del señor Mazda, pero era su opuesto. Al principio hubo «dos espíritus primigenios, gemelos destinados a estar en conflicto» el uno con el otro. Cada uno había hecho una elección. El Espíritu Hostil había unido su suerte a druj, la mentira, y era el epítome de toda maldad. Era el enemigo eterno del asha, de todo lo que era justo y verdadero. Pero el señor Mazda había optado por la bondad, y había creado a los Santos Inmortales ya los seres humanos como aliados suyos. Ahora, cada hombre, mujer y niño tenía que hacer la misma elección entre asha y druj. Durante generaciones los arios habían adorado a Indra ya los otros daevas, pero ahora Zoroastro concluyó que los daevas debían de haber decidido luchar junto al Espíritu Hostil? Los ladrones de ganado eran sus equivalentes terrestres. La violencia sin precedentes en las estepas había provocado que Zoroastro dividiese el antiguo panteón ario en dos grupos beligerantes. Los hombres y mujeres buenos ya no debían realizar sacrificios a Indra y los daevas; no debían invitarles al recinto sagrado. Por el contrario, debían entregarse por completo al señor Mazda, sus Santos Inmortales y los demás ahuras, que sólo podían dar- les paz, justicia y seguridad. Los daevas y los ladrones de ganado, sus se- cuaces malvados, debían ser derrotados y destruidos?[9].
Su doctrina quedó recogida en el Avesta, que describe la oposición de las dos fuerzas en el cosmos, el bien, Ahura Mazda u Ormuz, y el mal, Arimán. Para alinearse junto a las fuerzas del bien y conseguir su ayuda, es imprescindible mantener la pureza hasta el día del fin del mundo, en que se producirá el Incendio Apocalíptico Universal que destruirá toda la impureza y toda la maldad y entonces se podrá adorar a Ahuma Mazda sin la inmiscusión ni las tentaciones de Arimán. La iniciación a la doctrina de Zoroastro se llevaba a cabo mediante el bautismo por inmersión en el río Eúfrates, que liberaba al cuerpo de la enfermedad y al alma del pecado. El final del justo, tras una vida de perfeccionamiento moral, le daba acceso al mundo celestial tras el último rito: la extremaunción[10].
Se puede considerar el mazdeísmo como la religión étnica persa y el zoroastrismo como la doctrina esotérica particular. Para Zoroastro nada agrada tanto al dios sabio y bienhechor como ver que “además de un lugar donde se le rinde culto, hubiese otro donde el hombre justo se hubiese construido una casa, donde no faltase el fuego y estuviese bien provisto de mujer, de hijos, de ganado, de campos bien cultivados y de cuanto sea necesario para una vida laboriosa y honrada” (Avesta). Sin duda el sentido práctico primaba sobre otras ideas. En el mazdeísmo se consideraban puros y sagrados el fuego, la tierra y el agua, por lo tanto en el Infierno no podía haber fuego. El hombre perfecto, como Zoroastro, transforma de tal manera su vida que influye en la creación del mundo material. Los intermediarios entre los hombres y los dioses son los siete Anesha Spentas, o “Inmortales benéficos”, que son: Buen pensamiento, Verdad perfecta, Señorío deseable, Devoción bienhechora, Plenitud e Inmortalidad[11].Las normas básicas eran: mantener el fuego sagrado, venerar a los muertos, decir la verdad, no cometer adulterio ni violaciones ni actos contra natura, no tocar objetos impuros especialmente cadáveres, ejercer la caridad y la hospitalidad, labrar la tierra, no talar árboles y cuidar de los animales útiles. Curiosamente condenan el adulterio pero alaban el incesto, al extremo de que era posible casarse con la propia madre. Por otra parte, tenían varias mujeres y muchas concubinas, se conoce que esto no se consideraba adulterio. Celebraban el Año Nuevo, los equinoccios y el día de los muertos. La enseñanza moral práctica se desarrollaba de la siguiente forma: de los cinco a los veinte años enseñaban a sus hijos tres cosas fundamentales: montar a caballo, tirar con el arco y decir la verdad. Para saludarse, si era entre personas de la misma clase se besaban en la boca; si eran de clases distintas en la mejilla, y si una de las clases era muy inferior el de ésta doblaba la rodilla ante el de clase superior. Los fieles debían recitar diariamente un versículo del Avesta. El matrimonio era un deber. La virtud de un hombre consistía, primero en su valor en la guerra y luego en el número de hijos que tenía. Cuando alguien estaba agonizando traían un perro, con el fin de detener un rato al demonio, que se llevaba el cuerpo del difunto. Siendo impuro el cadáver, por su contacto con el demonio, no podía incinerarse, ni enterrarle, ni echarle al mar o a un río, por lo que se llevaban los cadáveres a las “Torres del Silencio”, para que fueran devorados por los buitres[12].Pero ninguna batalla podía durar eternamente. En el mundo antiguo y pacífico, la vida parecía cíclica: las estaciones se sucedían unas a otras, el día sucedía a la noche, la cosecha seguía a la siembra. Pero Zoroastro no podía creer ya en esos ritmos naturales. El mundo avanzaba hacia el cataclismo. Él y sus seguidores vivían en un «tiempo limitado» de furioso conflicto cósmico, pero pronto presenciarían el triunfo final del bien y la aniquilación de las fuerzas de la oscuridad. Después de una terrible batalla, el señor Mazda y los Inmortales descen- derían al mundo de los hombres y las mujeres y ofrecerían sacrificios. Habría un gran juicio. Los malvados serían borrados de la faz de la tierra, y un río de llamas fluiría hasta el infierno y reduciría a cenizas al Espíritu Hostil. Entonces el cosmos se vería restituido a su perfec- ción original. Montañas y valles quedarían nivelados y convertidos en una gran llanura, donde dioses y humanos podrían vivir codo con codo, adorando para siempre al señor Mazda. No habría muerte. Los seres humanos serían como deidades, libres de la enfermedad, la vejez y la mortalidad. Ahora ya estamos familiarizados con este tipo de visiones apocalípticas, pero antes de Zoroastro no había existido nada semejante en el mundo antiguo; Todo ello surgió de su rebelión ante el sufrimiento de su pueblo y de su anhelo de justicia. Quería que los malvados fuesen castigados por el dolor que habían infligido a la gente buena e inocente. Pero a medida que pasaba el tiempo, empezó a darse cuenta de que él no viviría para ver aquellos Ultimos Días. Otro vendría tras él, un ser sobrehumano «mejor que un hombre bueno». Los Gathas le llamaban el Saoshyant («El que traerá beneficios»). Él y no Zoroastro conduciría las tropas del señor Mazda en la batalla final[13].
[1] Ver, F. DE ORBANEJA, Historia impía de las religiones, Madrid 2003, pág. 87 ss.
[2] C. WILSON, Lo Oculto, Madrid 2006, pág. 209.
[3] K. ARMSTRONG,
[4] Ibidem., pág. 29.
[5] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 49.85.
[6] K. ARMSTRONG,
[7] F. DE ORBANEJA, Historia impía de las religiones, Madrid 2003, pág. 89 – 90.
[8] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 49.86.
[9] K. ARMSTRONG,
[10] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 49.87.
[11] F. DE ORBANEJA, Historia impía de las religiones, Madrid 2003, pág. 90.
[12] Ibidem., pág. 91.
[13] K. ARMSTRONG,
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¿Y sí Dios está muerto? VIII.3
9. Febrero 2009 by admin.
La boda fue preciosa, al menos para mi gusto. Fue una boda civil celebrada en el Consistorio, en pleno centro de la Capital de España, aunque no fue demasiada gente, algunos nuevos amigos y clientes de Carlos, un par de médicos y enfermeras de la clínica, un pequeño grupo de “mis amigos” que ahora también eran amigos de Carlos, y yo.
Nadie de la familia de Carlos, nadie de sus antiguos amigos, ni tan siquiera Miguel, ni sus padres, nadie.
Fue una boda hermosa, algo lleno de cariño, privado, íntimo, tan íntimo que parecía una fiesta en la que todos se conocían, y quizá fuera así, quizá la vida de Carlos se había centrado en el nuevo mundo que le proporcionaron ciertas personas que no le tiraron a la calle en el momento más importante, lo cual no me parece mal.
Después de la ceremonia fuimos a un restaurante riojano que se encuentra cerca de la calle Princesa, un restaurante lleno de encanto, decorado como si de una casa antigua se tratase, donde nos dieron a comer la mejor carne que había probado en años, un vino de crianza tan perfecto que todos nos quedamos con el nombre, que no pronunciaré para que las ventas no se disparen, y un postre inolvidable.
Todos estuvimos en nuestro papel, deseamos felicidad a los enamorados, vivimos la fiesta como si fuera el preludio de algo imposible de comprender, un preludio de un desastre que queríamos que no ocurriera, aunque era algo de lo más posible.
De todas formas aquella noche maravillosa todo se convirtió en música y en luces, abrazos y besos, caricias y buenos deseos, regalos, todo lo que una b oda significa, todo lo que la vida puede significar.
Obviamente este escritor bailó con la novia en segundo baile, no en vano era el padrino de la boda. En un momento determinado me dijo al oído que todo iba a salir bien, que ahora sabía que todo iba a salir bien, como si hubiera leído el pensamiento general y temiera lo que todos temíamos.
Al final, acabado ese baile, yo me uní a un grupo que estaba charlando amigablemente, un grupo formado por dos médicos y tres enfermeras, convirtiendo la boda en un lugar ideal para encontrar algo más. Teniendo en cuanto el número que formábamos no fue extraño que acabáramos cada uno en una casa alargando la fiesta, disfrutando de cuerpos propios y ajenos. A mí me tocó una enfermera morena y pequeña, pero con un cuerpo impresionante, impensablemente atractiva, ese fue mi regalo, pues con el tiempo empezamos a tener relaciones, pero esa es otra historia que no viene al caso.
Los novios hicieron un viaje a Palma de Mallorca, donde yo había trabajado hacía un tiempo y donde poseía un chalet muy cerca de la playa, allí pasaron quince días de descanso, quince días en los que sólo tuvieron que pensar en ellos mismos, sólo nadaron y se amaron, sonrieron, olvidaron todo porque la felicidad, demasiado frecuentemente, está donde menos se la espera, y ellos descubrieron la felicidad en las islas.
Por una vez en la v ida algo les salió bien a la primera, sin ensayos, sin problemas, ni tan siquiera los aeropuertos españoles o las compañías aéreas que utilizaron se atrevieron a cometer fallos por lo que pudieron tomar el vuelo a la hora y recoger sus maletas sin que fueran extraviadas, la gente que yo conocía en Palma y que les recibió y les preparó todo fueron estupendos y les proporcionaron unos días llenos de todo lo que uno espera de una luna de miel, incluso mucho más.
Para mi gusto, sobre todo después de las cosas que me contaron los novios y la gente que yo conozco del lugar, esa luna de miel fue la mejor luna de miel que una pareja disfrutó jamás, y espero que mi enfermera y yo, al final, tengamos la mitad de la felicidad que ellos tuvieron en esos momentos.
Fue todo tan perfecto que la enfermedad de Marisa no supuso ningún problema, parecía como si la muerte que destruía su organismo se hubiera aliado con la vida en esos instantes para que la mujer pudiera disfrutar de algunos días de descanso. Lo malo es que la realidad siempre acaba llegando, las lunas de miel se acaban, la felicidad se pasa, y el dolor siempre esta ahí, esperando, sonriendo, viendo pasar el mundo.
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