Archivo para Mayo 2008

Los Bancos.

¿Cómo puede un Banco anular un seguro sin el consentimiento de su cliente?
La pregunta, sin respuesta, puede suponer uno de los hitos en el abuso de posición dominante más ecandaloso que existe.
Buscar un poco.

Los paraisos perdidos.

YO soy Alfa y Omega, el principio y el fin, a aquél que este sediento, yo le daré en abundancia agua de la fuente de la vida.
El universo entero era infinito, yermo.
El se mueve y no se mueve, está lejos y aún cerca, está dentro de todo y fuera de todo.
El que no tiene nombre es el principio, y el principio del principio, que es infinito. Él no tiene base, ni interior ni exterior; es la sustancia primigenia que no tiene fin ni intelecto que la capte, ni la comprenda, ni la escrute ni la describa.
El incluye todo; es resplandeciente, incorpóreo, libre de defectos, sin órganos, puro y libre del mal, pensador, omnipresente, omniscente, autoexistente. Ha dispuesto todas las cosas conforme a la verdad por la totalidad del tiempo que ha de venir.
Él estaba sobre lo que había, con lo que había y bajo lo que había. La sustancia creadora, la luz esplendente que no conoce la penumbra, la luz que habita en el fulgor que no pueden captar las miradas.
Él es el principio de la creación, pues Él es el creador de lo creado, cuya gloria procede de Él y está en Él pues Él mismo es el creador.
El primer espíritu, el espíritu simple de la creación hizo un gesto imperceptible, y con dicho gesto surgieron de la nada, como los gusanos del queso, Yavé y Lucifer, hermanos de sangre, hermanos de poder.
La luz y la oscuridad, la vida y la muerte, la derecha y la izquierda, son hermanos entre sí. No es posible separar los unos de los otros. A causa de esto, ni es bueno lo bueno, ni es malo lo mamo, ni es vida la vida, ni es muerte la muerte. Así, cada individuo será disuelto hasta su propio origen desde el principio.
Dos seres en la nada, en el vacío de su propio Padre, buscaron encontrar algo con lo que sentirse vivos, algo con lo que poder ser el acto de su potencia, la realidad de su futuro.

¿Y sí Dios está muerto? VI.3.

Una tarde, no importa el mes, los dueños del local decidieron que era el momento de analizar la sangre de su puta más “internacional”, pues suponían, con toda razón, que estaba contagiando a muchos clientes de enfermedades venéreas, y, quizá, de algo más. Hicieron todas las pruebas, comprobaron todo hasta el último detalle, y salió lo peor, no sólo tenía sífilis, también tenía anticuerpos del SIDA. De una forma instantánea fue obligada a dejar el trabajo, aunque no se le proporcionó tratamiento alguno para sus enfermedades.
Así se planteó el problema de su futuro. Algunos pensaron que sería provechoso mandarla a su país, a Colombia, donde podría morir de una forma conveniente, allí no había tantos escrúpulos como aquí y la vida tenía un valor relativo, otros pensaban matarla allí mismo y deshacerse del cadáver en cualquier horno industrial de los que tenían controlados. El caso era que como puta no podía seguir trabajando, era un peligro para el negocio, y como “drogadicta” era un enorme gasto que no podía ser sustentado por aquella gente que la había enganchado.
En esos momentos Marisa estaba mas cerca de la muerte que de la vida, pero tuvo suerte, si es que se puede hablar de suerte en esas circunstancias, resulta que mis “amigos” ya habían dado con ella y entraron en conversaciones con sus “dueños”, estos estuvieron encantados de venderla por un módico precio, un precio simbólico que nadie me comentó nunca y entregarla para que el “grupo” se encargara de ella.
Marisa se transformó en res, tal como Jesús transformó el agua en vino, y todos pudieron discutir sobre su vida y su muerte, sobre el precio a pagar por tenerla o por dejarla. Lógicamente también se habló del silencio, un silencio que era más caro que la propia Marisa, pero el silencio es fácil de conseguir –esta obra es consecuencia de un pacto de silencio olvidado por los “dueños” y por los protagonistas, pacto que se rompió hace un tiempo, ya se verá como; pero también es una necesidad, un tributo, pero todo esto lo veremos después.
Después de varios días de conversaciones para atar cabos la cosa quedó en un envío a través de autocar de la mercancía, previo pago a través de giro postal, y el intercambio definitivo se señaló en lunes, un día especialmente malo para todos, por lo que fue un día especialmente bueno para acabar con una situación insostenible.

La encarnación del poder I.

Quiero comenzar este punto con unas declaraciones efectuadas por un pobre hombre, condenado por la Santa Inquisición en el siglo XVI. Su nombre era Domenico Scandella, y le llamaban Menocchio. Después de muchos testimonios contrarios y favorables, ya que era, ante todo, buena persona, dijo cosas que quedaron reflejadas en las actas, y de esas actas me parece interesante ver el siguiente texto:
“Yo he dicho que por lo que yo pienso y creo, todo era un caos, es decir, tierra, aire, agua y fuego juntos; y aquél volumen poco a poco formó una masa, como se hace el queso con la leche y en él se forman gusanos, y éstos fueron los ángeles; y la santísima majestad quiso que aquello fuese Dios y los ángeles; y entre aquel número de ángeles también estaba Dios creado también él de aquella masa y al mismo tiempo, y fue hecho señor con cuatro capitanes, Luzbel, Miguel, Gabriel y Rafael. Aquel Luzbel quiso hacerse señor comparándose al rey, que era la majestad de Dios, y por su soberbia Dios mandó que fuera echado del cielo con todos sus órdenes y compañía; y así Dios hizo después a Adán y Eva, y al pueblo, en gran multitud, para llenar los sitios de los ángeles echados. Y como dicha multitud no cumplía los mandamientos de Dios, mandó a su hijo, al cual prendieron los judíos y fue crucificado”. “Yo he dicho simplemente que se dejó crucificar, y aquel que fue crucificado era uno de los hijos de Dios, porque todos somos hijos de Dios, y de la misma naturaleza que el crucificado; y era hombre con nosotros, pero de mayor dignidad, como si dijéramos hoy día el Papa, que es hombre como nosotros, pero con más dignidad que nosotros porque tiene poder; y el que fue crucificado nació de san José y la Virgen María”[1].

No me negarán ustedes que para ser un simple molinero el amigo era bastante inteligente. Como podemos observar, nos saca a todos de la misma masa cósmica, admitiendo la existencia de un Dios (demiurgo) que está frente a los demás porque es el primero en salir, no porque haya hecho nada más. Luego, eso sí, crea a los hombres, pero, y eso es lo importante, no es el ser esencial creador, es el segundo creador.
Esta hipótesis es, en todo momento, correlativa con las ideas de los gnósticos de todos los tiempos, y lo curioso, lo enormemente curios es que una persona alejada tantos siglos de esos hombres fuera capáz de aceptar por si misma dicha realidad y la utilizara para enseñar a los demás en un momento especialmente peligroso para la vida de los librepensadores. Ese hombre, todo un valiente, fue condenado, como otros muchos, pero mantuvo la ideá de una creación especial, una creación como la que cualquier científico puede defender ahora con sus teorías referidas a la formación del universo.

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[1] Ver, C. GINZBURG, El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI, Barcelona 2001.

Una Luz distinta 41.

4-3-02 Lunes.
Hoy he viajado a Madrid. Ha sido un viaje deseado, pero cuando tengo que coger un avión mis nervios se disparan, no lo puedo evitar. La espera en los aviones es una situación curiosa y inquietante a la vez. En mi condición de insular padezco las exigencias de las compañías aéreas, su inconcebible sistema de venta de más billetes de la capacidad del avión, y eso que a nosotros, los residentes no nos permiten anular el vuelo en las tarifas más reducidas, sus continuos retrasos, su desprecio hacia el viajero. Aún así debo utilizar ese terrible medio de transporte. No obstante ese vuelo concreto no ha sido especialmente malo, antes al contrario, la puntualidad fue superior a la media, sólo media hora de retraso dentro del avión.
En Madrid he cogido inmediatamente el metro, otro medio de transporte que me parece de lo más extraño, dado que no puedo entender como millones de seres utilizan un medio que les obliga, indefectiblemente, a subsistir bajo tierra, sin sol que ilumine las pocas ilusiones de los tristes viajeros. No obstante suele ser un instrumento enormemente útil, en el que no influye el tráfico, por lo que te permite recorrer distancias aceptables en poco tiempo.
En el concreto vagón donde me encontraba mi pensamiento viajaba fuera de mí, por encima de mí. En esos momentos el tren paraba en una estación intermedia, concretamente en la Estación de Avenida de América. Fue allí donde entraron un grupo de tres hombres armados fuertemente con guitarras, decididos a perpetrar un atraco musical en grado consumado. Sonrientes se presentaron como cantantes de Venezuela y comenzaron su lúgubre concierto.
Aprovechando que no se habían cerrado todavía las puertas me escabullí sigilosamente. Una vez que el tren se largó tuve que decidir si quedarme a esperar el siguiente o salir de los claustrofóbicos túneles que roían las entrañas de esa ciudad. Al final me decidí por salir, al ver como una solitaria viajera, como yo, había descendido de su vagón y se dirigía a la salida, hacia la boca de metro que estaba situada en Príncipe de Vergara. En esos momentos me fijé en su falda, de cuero, bastante corta, y en sus hermosas piernas, largas y musculosas, que conducían de forma irremediable a un hermoso trasero que se vislumbraba tras la estrecha y fuerte tela.
Decidí seguir a la mujer, a la que ni siquiera había visto la cara, pero que me había enamorado por sus rotundas piernas y su forma de andar. Ver como subía las escaleras era un ejercicio de autocontrol verdaderamente agradable. Ella pereció darse cuenta de mi presencia y aceleró el paso, lo que me condujo a una erección involuntaria. Yo mantuve el mío sabiendo que no se podría escapar de esa forma. Inmediatamente ella se tranquilizó un poco, pues redujo el paso a un ritmo más normal, sintiendo que era la casualidad la que nos dirigía al mismo sitio.
Al salir a la calle se dirigió, de forma inmediata, a un portal cercano, en el número 112. Desde luego era mi día de suerte. La puerta no estaba cerrada, pues parece que era una finca con portero, pero en la entrada no había nadie. Sólo tuve que fijarme donde paraba el ascensor y dirigirme con el mismo al piso en cuestión.
Resulta curioso lo sencillo que es saber donde vive la gente y lo insegura que es la vida. Los buzones se habían llenado de revistas de propaganda que ocupaban todo el espacio y sobresalían de la boca del mismo, solo existiendo tres huecos donde los confiados propietarios habían sacado su correo y habían vaciado el buzón. Sólo tuve que contrastar el piso del ascensor con uno de los buzones vacíos para determinar que mi víctima habitaba en el piso 9-A.
Lo siguiente fue sencillo. Resulta frustrante lo fácil que se pone todo en esos momentos. La mujer me abrió la puerta sin comprobar quien era, puesto que allí había un portero y se sentía segura. La sorpresa inicial la impidió gritar, luego fue sencillo atarla en la cama y amordazarla para que ningún grito saliera de su garganta. Después me puse mis guantes de goma y recorrí el pequeño apartamento buscando signos de otra presencia. Abrí la nevera y pude comprobar que en aquella casa sólo vivía la mujer.
En ese momento encendí la televisión y me dediqué a buscar un programa aceptable. Al menos ya tenía un lugar donde dormir. Finalmente me decanté por el fútbol que ponían en el canal plus, más que nada porque así pondría nerviosa a mi obligada anfitriona.
Cuando acabó el partido consideré que era hora de empezar a trabajar. La pobre mujer no tuvo la menor oportunidad, fue una masacre. Por primera vez he violado a alguien sin preservativo, lo que me ha generado no poco placer. En estos casos el morbo de poseer un cuerpo de una forma plena sin tapujos, llena más que cualquier otra cosa.
Mientras eyaculaba miré sus ojos, ojos verdes cargados de lágrimas y miedo. Ese hecho me excitó completamente. Me levanté dejando su cuerpo tembloroso descansar y me dirigí a la cocina, donde cogí un cuchillo jamonero, luego me dediqué a jugar, por dos horas con su maltrecho cuerpo, hasta que en un gesto de compasión que me sorprendió a mi mismo clavé el cuchillo en su corazón.
Hay veces que la vida tiene hermosos regalos que ofrecer al durmiente.

Historias reales II.

La intervención divina que relata el Popol Vuh no es una circunstancia única ni extraordinaria. La práctica totalidad de tradiciones del planeta poseen mitos y aventuras legendarias parecidos, con independencia de las diferencias culturales concretas. Así lo comprobaron para su sorpresa los misioneros católicos, que convirtieron con gran facilidad a los pueblos célticos bajo el control de la casta druídica en Irlanda. O aquellos otros que en América descubrieron cómo algunos conceptos concretos de su religión (entre ellos la consideración de la cruz cual símbolo sagrado o la existencia de un dios redentor que se sacrificaba por los hombres) eran ya conocidos y respetados por los nativos. Uno de los iconos religiosos fundamentales del cristianismo, la Virgen con el Niño, no es más que una reinterpretación medieval de las antiguas figuras egipcias de Isis con Horus niño. Y así todo[1].

Pero no solo hubo profecías[2] de su venida al mundo, sino que la concepción de su propia madre estuvo ya marcada por lo divino. Vischnú se apareció en sueños a una mujer justa y buena llamada Lakmy, que esperaba un hijo, advirtiéndole que daría a luz a una hija, pero a una hija elegida por Dios para ser madre del futuro redentor del mundo. La niña debía llamarse Devanaguy y no debería conocer varón, sino permanecer virgen y entregada a la oración. Devanaguy era, por cierto, sobrina de Rausa, tirano de Madura, una región de la India oriental[3].

 

Los reyes chinos de la dinastía Shang, que habían gobernado el valle del río Amarillo desde el siglo XVI, creían que eran hijos de Dios. Se decía que Di, una deidad sumamente poderosa que no solía tener contacto alguno con los seres humanos, había enviado un pájaro negro a la gran llanura de China. El ave había puesto un huevo, que se comió una mujer. Al cabo del tiempo, ella dio a luz al primer antepasado de los monarcas Shang A causa de su relación especial con Di, el rey era la única persona en el mundo a la que se permitía acercarse directamente al Gran Dios[4]

Egipto, la India, Caldea, China, México, Perú, todos tienen el mito del niño Dios, nacido de una virgen; y el primer misionero jesuita que visitó la China se encontró con que al nacimiento milagroso de Cristo se había adelantado Fuh-Ke, nacido tres mil cuatrocientos sesenta y ocho años antes de Jesucristo. Con mucha justicia se ha hecho notar que si un sacerdote de la antigua Tebas o Heliópolis volviese al mundo, reconocería en el cuadro de la Virgen con el Niño, de Rafael, la imagen de Horus en los brazos de Isis. A la Isis egipcia, como a nuestra Virgen Inmaculada, la representaban de pie, sobre una media luna y coronada de luceros. También Devaki se nos muestra teniendo en su regazo al divino Krishna, de igual modo que Ishtar[5], en Babilonia, tiene al niño Tarnrnuz en sus rodillas. El mito de la encarnación[6], que es también un mito solar, se repite así de época en época con nombres diferentes. Pero es casi indudable que en la India fue donde tuvo su origen y donde la encontramos en su forma más pura, elevada y significativa[7].


[1] P. H. KOCH, La Historia oculta del mundo, Barcelona 2007. pág. 84.

[2] Ver, J. BLASCHKE, Las mentiras del cristianismo. Contradicciones y falsedades de la Biblia, Barcelona 2006, pág. 113 ss.

[3] A. MARTOS. Pablo de Tarso ¿Apóstol o hereje?, Madrid 2007, pág. 65.

[4] K. ARMSTRONG, La Grean Transformación, Barcelona 2007, pág. 52 – 53.

[5] Ver, M. F. URRESTI, Los pecados de la Biblia, Madrid 2006, pág. 111 ss.

[6] Ver C. S. LEWIS, Dios en el banquillo, 4ª edición, Madrid 2006, pág. 46 ss.

[7] M. MAETERLINCK, El gran secreto. Inquietudes filosóficas, Barcelona 2006, pág. 49.

¿Y sí Dios está muerto? VI.2.

En un primer momento el médico que las revisaba cada 15 días sólo descubrió que tenía tricomonas, una enfermedad de lo más normal entre las profesionales, sobre todo entre las que no usaban el preservativo de forma habitual, pero eso sólo fue el principio.

Con el tiempo la sífilis apareció de forma virulenta, pero nadie se preocupó demasiado de ello. Como no se hacían análisis de sangre de forma continuada, sobre todo a mujeres como Marisa que eran putas de segunda categoría, nadie se dio cuenta de la grave enfermedad que empezaba a hacer estragos en el organismo de la mujer, en este punto hay que tener en cuenta que la droga hacía bastante trabajo del que se supone debería hacer el SIDA.

En ese mundo, como en todos, siempre hay clases, siempre hay personas que merecen lo mejor o lo peor, aunque esa decisión habitualmente se encuentra en manos de personas equivocadas. La eterna cuestión es el motivo de tal distribución de funciones, funciones erróneas, posiciones erróneas, cada cual en su casa y dios en la de todos, pero algunos más “puteados” y pateados que otros, para eso estamos aquí.

Pasa en los colegios, pasa en las universidades, en los trabajos, en todo lugar donde el ser humano introduce su enorme pie de animal irracional, al final hay preferidos y odiados, y los preferidos lo hacen todo de forma perfecta mientras que los odiados asumen unas funciones perversamente estudiadas para convertir su existencia en una ruina, en una ruina absolutamente calculada y preparada para amargar.

Nadie está libre de pecado, yo mismo, al escribir estas líneas, estoy prejuzgando a unas personas que, quizá, si que tenían motivos para comportarse como lo han hecho, porque nadie a escuchado a los “malos”, presumiblemente porque ellos son los malos y no se puede aceptar una versión de la historia que se aparte de la “bondad”. Aunque puede ser que esa bondad no sea nada más que una mentira inventada por personas como yo, como el lector, como mi jefe o el suyo.

Centrándonos en Marisa, el caso es que acabó con dos enfermedades terribles, las dos contagiadas por sus queridos clientes, además contagiadas conscientemente, la sífilis y el SIDA; a esto había que añadir su dependencia del “caballo”, con lo que tenía todas las papeletas para morir en poco tiempo, sobre todo porque no la proporcionaban ningún tratamiento para sus “tres” enfermedades.

La evolución de sus enfermedades “no adictivas” no se estaba desarrollando de forma muy acelerada, por eso se podía permitir el lujo de seguir vendiendo su cuerpo. En cuanto a la droga, Marisa tenía la costumbre de inyectarse de una forma rítmica hasta terminar la dosis, para ella la sensación de la droga en su organismo era similar a la de la masturbación pero multiplicada por cien, por mil, por un millón de veces.

El viaje era alucinantemente real, tanto o más que la triste existencia de la que huía, porque, al menos en los instantes de evasión, su mundo era el que ella siempre había querido tener, estaba enganchada a una ficción, un camino sin retorno donde podía devolver el dolor que sentía con un simple gesto, uno de esos gestos admitidos en los sueños de los justos y pensativos “zombies” de la nueva ola.

Vivía constantes escenas en las que se descubría tendida en el inmundo suelo del cuarto de su “prisión”, enferma como un perro, demasiado débil como para poder enfrentarse a la vida, demasiado débil, incluso, para que la importara lo más mínimo. Estaba en ese estado en el que, efectiva y realmente, ni te lavas ni te vistes, porque no tienes la fuerza suficiente para hacerlo.

En esos instantes de necesidad, de pura necesidad de algo que llevarse a las venas, contenía las arcadas el tiempo suficiente como para poder ponerse algo de ropa y bajar a que su salvador la diera un poco de la llave maravillosa que abría el país de los sueños.

El camino, horriblemente largo y sinuoso, la hacía agonizar, pero seguía construyendo su fuerza a través de su debilidad, seguía andando, seguía el camino, el camino que le llevaba al arriba y afuera del mundo que había sido obligada a morar.

Siempre bajaba las escaleras tambaleándose, perdiendo el equilibrio por los temblores del “mono”, oyendo voces inexistentes creadas por su mente gravemente enferma, enferma de ella misma, de su forma de ser, enferma por intoxicación y por desnutrición, era su camino, un camino que le hacía sentirse mejor porque el final era siempre el mismo.

Un día, una tarde cualquiera, descubrió que los zapatos que llevaba estaban destrozados, que no valían para nada, pero aquello no le importó en absoluto, nada le importaba, ese día era domingo y no tenía suficiente droga para pasar la noche.

El trabajo de conseguir la droga y el actor de inyectársela se convirtió para Marisa en un medio y en un fin en sí mismo, en un medio y un fin para su propia vida; incluso había convertido el ritual de la administración de la droga en un mundo en si mismo, un mundo particular donde podía disfrutar de su propio cuerpo y de las sensaciones anteriores y posteriores a cualquier dosis. En esa angustiosa vida, mejor dicho, en esa angustiosa muerte Marisa vivía la felicidad de la persona que no sabe que se está destruyendo, de la persona que ha perdido tantas cosas que ni tan siquiera es consciente de la posibilidad de otra vida.

Tanto la sífilis como la droga actuaban en su sistema nervioso provocando verdaderos destrozos, unos destrozos irreparables, si bien lo importante no era lo que olvidaba, lo importante era que el cuerpo que contenía su espíritu estaba perdiendo la humanidad, estaba perdiendo todo lo que distingue al hombre de la bestia, ya nada era como antes, las formas se difuminaban en una figura cada vez más delgada y cadavérica.

La literatura como forma de vida.

Arriesgar un momento por una ilusión es fundamental para el escritor. Todo escritor tiene algo que contar, pero debe comprender que la forma de contar es lo que diferencia el éxito del fracaso, la verdadera vida de escritor con la vida potencial.

Las historias reales I.

En realidad, como intentaremos demostrar en las próximas páginas, son varios los caladeros mitológicos y religiosos en los que echaron las redes los redactores del Libro[1], aunque tampoco es novedosa esa idea de un dios anterior a todo lo creado, tal y como veremos en Egipto. No obstante, como se presume que la idea de un Ser único es aportación bíblica, pues el editor del Libro trata de marcar esa diferencia respecto a todo lo existente, y en el primer versículo del primer capítulo del Génesis subraya que Dios ya estaba antes de cualquier otra cosa: «Al principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis I, I). Como no había nada, y Dios fue quien dispuso el tapete donde se jugará la partida de la vida, parece lógico pensar que hubiera una confusión tremebunda. Los redactores de la Biblia así lo indican en el segundo versículo del relato: «La tierra estaba confusa y vada y las tinieblas cubrían con el haz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas» Observemos con atención ese párrafo, porque nos disponemos a succionar la información que contiene hasta su mismísima médula. Ciertamente la tierra estaba «confusa», como nosotros lo estaremos unas líneas más abajo. Tal vez tuviera razón Hobbes cuando afirmó en su Leviatán que este pasaje «está por encima de nuestro entendimiento». Seguramente, sí. Ojalá sea así, porque si nos acercamos a la tentación de interrogarnos sobre qué diablos hacía Dios en medio del caos sobrevolando en espíritu las aguas negras, nos asomamos a la barandilla de la locura. No obstante, esa misma cuestión se la plantea Alejandro Gándara en Las primeras palabras de la Creación de este modo: «¿Es osado preguntarse qué hacía el personaje en tal ambiente y; de resultas, quién es el personaje que habita las umbrías latitudes?»[2].

La primera obra importante aparecida con el nombre de «fenomenología de la religión» es el estudio introductorio de P. O. Chantepie de la Saussaye a la primera edición de su manual de historia de las religiones. Los datos acumulados por la moderna ciencia de las religiones mostraron, en efecto, junto a la enorme variedad de sus formas, la existencia entre ellas de un cierto parentesco, un «aire de familia» que permitía clasificarlas como formas de un hecho único. Esto último suscitó la búsqueda de los rasgos comunes, del fundamento sobre el que se apoya la convicción de que se trata de manifestaciones de un mismo hecho. Esta búsqueda originó una forma de estudio diferente de las consideraciones parciales propias de las ciencias particulares: historia, sociología, psicología aplicada al estudio de las religiones[3].

 

En la religión primitiva ya vimos cómo en un momento determinado, tomado de lo infinito de los tiempos, la causa ignota, volviendo a hacer lo que de toda eternidad hizo, se despierta, se desdobla, se objetiva, se refleja en la pasividad universal y se convierte, hasta su próximo sueño, en nuestro universo visible. De esa causa ignota que existe de por sí y se divide en dos partes para volver visible lo que contenía en estado latente, nacen Brahma o Nara, el padre; Nari, la madre universal, y de ambos a su vez Viradj, el hijo, el universo. En esa tríada primitiva toma al punto una forma más antropomorfa y ya tenemos a Brahma, el creador; Vishnú, el conservador, y Shiva, el destructor y regenerador. En Egipto tenemos a Nun, Tum y Ra, que se convierten luego en Phtah, Horus y Tot[4], que paran, finalmente, en Osiris, Isis y Horus. .A consecuencia de esas primeras subdivisiones de la causa ignota, se precipita luego en apiñados tropeles en los panteones primitivos, la muchedumbre de dioses que no son sino emanaciones intermitentes, delegaciones transitorias, vástagos efimeros de la causa primera, personificaciones cada vez más humanas de sus manifestaciones, voluntades, atributos o facultades[5].

 

El error básico, inducido desde detrás del escenario, consiste en pensar que el hombre sólo ha conseguido crear una única civilización desde que apareció en este planeta y que esa civilización que hoy dispone de luz eléctrica yagua corriente, ordenadores personales y sondas estelares arrancó hace seis o siete mil años. Antes, durante millones de años, sólo habría hombres barbudos vestidos con pieles y cachiporras que arrastraban a las mujeres por el pelo… Teniendo en cuenta el horizonte de la evolución humana que abarca semejante lapso de tiempo, un lapso del que no sabemos prácticamente nada, seguir manteniendo semejante hipótesis de trabajo hoy por hoy se antoja, como mínimo, arriesgado. Sobre todo, cuando las mitologías de todas las antiguas culturas nos hablan de la existencia de civilizaciones anteriores, de las que apenas queda nada más que el recuerdo de una sombra. En el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas quichés, se cuenta por ejemplo la historia de la creación del hombre en tres intentos. Según la leyenda, los dioses decidieron crearle «a su imagen y semejanza» para que les sirviera. Curiosamente, los mitos mesopotámicos, en el otro extremo del mundo, defienden lo mismo: que nuestra especie no es libre e independiente, sino un mero instrumento creado a propósito para realizar una serie de tareas rutinarias que las divinidades se cansaron de hacer personalmente. En el caso de los mayas, y tras mucho dilucidar, el Creador y el Formador como principales deidades construyeron al primer ser humano a partir del barro, pero el resultado no fue muy satisfactorio; este robot biológico carecía de iniciativa, no veía ni escuchaba bien, no tenía capacidad suficiente para enfrentarse al mundo y, lo peor, no reconocía a sus creadores ni los adoraba. En consecuencia, los dioses enviaron unos rayos de fuego que le destruyeron y se sentaron de nuevo a deliberar. El segundo intento se llevó a cabo con madera. El hombre de madera demostró ser bastante más listo que el de barro. Procreó a gran velocidad y en seguida progresó en todas las artes y las ciencias, construyó grandes culturas y se adueñó de buena parte de América, pero en su soberbia tampoco adoraba a los dioses. Irritados, éstos le enviarori un diluvio colosal que destruyó su mundo y ahogó a casi todos sus representantes (el Diluvio Universal es, como su apellido indica, un mito que encontramos en todos los pueblos del planeta[6]). Sólo se salvaron aquellos hombres de madera más ágiles y fuertes que lograron trepar a unos gigantescos árboles, donde sobrevivieron como pudieron durante el largo tiempo que duró la inundación. Sometidos al instinto y la barbarie, degeneraron hacia la animalidad y se convirtieron en los primeros monos (una teoría interesante: no es que el ser humano sea pariente de los simios, sino que los simios lo son del ser humano, anterior en el tiempo). Por fin, los dioses acertaron a la tercera con el material adecuado para construir a sus criaturas: el maíz. Los hombres creados con maíz se mostraron igual de capacitados para progresar que los hombres de madera, pero al mismo tiempo actuaban con mayor docilidad y reverencia hacia las divinidades: levantaron templos en su honor y les presentaron sacrificios. Satisfechas, ellas los dejaron crecer y prosperar, y así nacieron los mayas quichés[7].




[1] Cfr., P. RODRIGUEZ, Mentiras fundamentales de la Iglesia católica, Sabadell 2000, pág. 117 ss.

 

[2] M. F. URRESTI, Los pecados de la Biblia, Madrid 2006, pág. 22.

 

[3] J. MARTÍN VELASCO, “Fenomenología de la religión”, en M. FRAIJÓ (ed.), Filosofía de la religión, Madrid 2005, pág. 67 – 68.

 

[4] Ver, M. FERNÁNDEZ URRESTI, La cara oculta de Jesús, Madrid 2007, pág. 57 ss.

 

[5] M. MAETERLINCK, El gran secreto. Inquietudes filosóficas, Barcelona 2006, pág. 33.

 

[6] Ver, M. F. URRESTI, Los pecados de la Biblia, Madrid 2006, pág. 115 ss.

 

[7] P. H. KOCH, La Historia oculta del mundo, Barcelona 2007, pág. 82 – 84.

 

Ya está en el horno mi ensayo; Confrontación. La nueva moral del siglo XXI.